Tanques y botellines

**FOR USE WITH AP LIFESTYLES** **FILE*** This Sept. 13, 1988 file photo shows Democratic Presidential candidate Michael Dukakis as he gets a free ride in one of General Dynamics' new M1-A-1 battle tanks at its land systems division in Sterling Heights, Mich. (AP Photo/Michael E. Samojeden, FILE)

**FOR USE WITH AP LIFESTYLES** **FILE*** This Sept. 13, 1988 file photo shows Democratic Presidential candidate Michael Dukakis as he gets a free ride in one of General Dynamics’ new M1-A-1 battle tanks at its land systems division in Sterling Heights, Mich. (AP Photo/Michael E. Samojeden, FILE)

Ya sabían que al candidato demócrata Mike Dukakis no le quedaban bien los sombreros, pero en 1988 apareció subido en un tanque Abrams M1A1, vestido con un casco, sonriente, levantando el dedo. Quería mostrar su capacidad militar frente a Bush, su rival, y quedó como un imbécil. El asesor de Clinton Josh King recuerda en un artículo delicioso (‘Político’) que, al verlo aparecer sobre el carro blindado, alguien en la tribuna de periodistas soltó una carcajada y en adelante la prensa lo pasó en grande. Bernard Weinraub, escribió esto en ‘The New York Times’: «Olviden a John Wayne, a Clint Eastwood, y a Rambo. Conozcan al ‘macho’ Mike Dukakis». Bush le ganó por 426 a 111 electores. Bennet guarda el uniforme gris que vestía Dukakis y se lo puso en una fiesta de Halloween. Aprendieron la lección. A Barack Obama le pidieron ponerse un casco de fútbol y dijo que un presidente no se pone nada en la cabeza, que eso es de «primero de política». Si algún político estadounidense quiere vestirse de algo, le advierten sus asesores de que corre el peligro de «hacerse un Dukakis».

En Estados Unidos todo resulta más cinematográfico. El mismísimo Trump, que es de los pocos humanos que tendría menos peligro si solo fuera idiota, dio un discurso con un águila imperial en la mesa del despacho y el pajarón por poco le lleva el dedo. Rajoy, que montó en un helicóptero ante la prensa y saben ustedes cómo acabó, en 2006 se subió a dar un mitin en un banco de Benavente y en 2015 se volvió a encaramar en el mismo banco; Rajoy no es de esos que cambia de banco así como así.

El Dukakis español es Antonio Miguel Carmona, que se hace fotos haciendo tantas cosas -andar en bici, cavar una zanja, levantar una pesa, circular en silla de ruedas-que alguien le ha abierto un blog que se llama ‘Carmoa haciendo cosas’. Tenemos una resaca pastosa de cosas que significan algo. Vivimos en un enorme plató de cine. La última la firman Pablo Iglesias, que se cree J.J. Abrams, y Alberto Garzón. Han sellado su confluencia con unos tercios de cerveza y en la foto del pacto del botellín, querían aparentar ser gente (TM), pero parecía que estaban allí porque se habían olvidado las llaves dentro de casa. No tenían a mano un tanque. Hay mucha gente deseando ver a Iglesias subido a un tanque, pero aún no sé si de los suyos o de los contrarios.

Publicado en Diario Sur el 12 de mayo de 2016.

 

Rodolfo Rodríguez El Pana

pana puro
Rodolfo Rodríguez le llaman ‘El Pana’ porque se ganaba la vida de panadero en las tahonas de Apizaco (México). Tuvo un amo torerillo que lo metió a la cuadrilla de niños y así, creciendo entre vacas misioneras que cogían hasta los chistes, entre hambre y revolcones se hizo matador. También fue paracaidista y sepulturero. A medio camino entre el galán de cine y el portero de tugurio, Rodolfo siempre me recordó al grandioso perdedor Gilbert Roland. Viene de un espacio que ya no existe. Quizás él mismo no haya existido nunca. Se hizo torero y ese fue para él el día más alegre de su vida y también el más triste. Después se tiró a las tabernas y hubo plazas en las que no lo dejaban salir por cómo llegaba. En su despedida en La México en 2007 dejó un trincherazo tan enloquecido, que tiró la muleta al suelo y al mundo entero le jalaron los pelos. Cree Rodolfo que las putas y los toros están tan cerca porque cuando triunfas «se acercan ellas solitas» y cuando fracasas, «ahí vas tú a buscarlas». Ese toro se lo brindó «a las damitas, damiselas, princesas, vagas, salinas, zurrapas, suripantas, vulpejas, las de tacón dorado y pico colorado, las putas, las buñis, pues mitigaron mi sed y saciaron mi hambre y me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, y acompañaron mi soledad. Que Dios las bendiga por haber amado tanto». Tan contento estaba que no se cortó la coleta.Se considera un emisario del pasado, pero yo creo que viene del mañana. En una entrevista de marzo en ‘Banderillas negras’ argumentaba que si no había palmado aún era porque tenía que cumplir una misión en esta tierra. «Si el día de mañana me agarra un torillo sería como quebrar un jarrón de la dinastía Ming», respondió. Ahora, El Brujo de Apizaco, que tiene lindo hasta el mote, anda en una clínica con el cuello medio quebrado después de que un toro lo pusiera en órbita esta semana. Temen los médicos que no vuelva a andar, que para un torero es quedarse preso entre dos mundos. Se han lanzado algunos a decirle que se tenía que haber retirado de esto, que si era una locura, que si qué horror, y no sé qué otra moralina. No se dan cuenta de que dar lecciones de vida al Pana es como pretender enseñar a escribir a Shakespeare. Los imprudentes son ellos.
Publicado el 5 de mayo de 2016 en Diario Sur . La foto es de Toros y Faenas.

Zaid ya habla español

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Zaid tiene 7 años, un dinosaurio de plástico blanco, un balón y una consola que no funciona. Esas son las cosas propias de un niño, y no ese salvavidas de nailon que le colocó su padre cuando se montaron en una zódiac atestada de gente en la costa de Turquía. Sabía que si volcaban solo mantendría a flote media hora su cuerpecito moreno. Después, Zaid se hundiría en el Mediterráneo sin alcanzar la costa de Grecia y acabaría en el cementerio de la vergüenza del mundo contemporáneo: solo en el último año más de 3.200 inmigrantes han perdido la vida en estas aguas.
Zaid tuvo suerte. Ahora se ríe en el salón de un piso de Getafe con sus juguetes por el suelo, pero del día del «accidente» recuerda el miedo. El ‘accidente’ es el piadoso término que emplea su padre, Ossamah Abdul Mohsen, para hablar de la zancadilla que, el pasado 9 de septiembre, les puso la reportera de televisión Petra Laszlo cuando corrían para atravesar la frontera de Hungría, sobre un campo y unas vías de tren, perseguidos por la Policía con el niño en brazos. Uno de esos momentos que sonrojan a la humanidad.
Ossamah y Zaid son dos más de los miles de sirios que huyen como animales por los abismos de una vieja Europa que no les quiere. Todavía en el suelo, sin explicarse lo que había sucedido, aquel hombre de barba cana miró a su alrededor con un aire de asombro desesperado que aún le acompaña. Su imagen dio la vuelta al mundo, un mundo que ahora quiere encerrar a los refugiados en Turquía. Si a alguien le interesa saber algo más, que sepa que está bien, que Zaid ya habla español, que en estos momentos su único problema es que se le ha roto la consola. Pero también que a Ossamah aún le dura su asombro: sigue sin entender lo que ocurrió. Una especie de niebla le pasa por delante de la mirada de vez en cuando, como si permaneciera suspendido en el aire de aquel campo de Hungría; atónito, como si de vez en cuando volviera a caerse.
– ¿Por qué cree que le puso la zancadilla aquella mujer?
– No lo sé. Lo he pensado muchas veces y no sé qué decirle. No lo sé.
Zaid es demasiado joven para pensar en esas cosas. «¡Qué pasa, tío!», bromea en español como el chaval que nunca tendría que haber dejado de ser. De aquellos días no quiere ni oír hablar y le queda un cierto temor a la policías. «No, papá. Miedo», suelta cuando repiten las imágenes de la zancadilla en televisión.
«Zaid se puso muy enfermo después del ‘accidente’», recuerda Ossamah. «Le subió mucho la fiebre y no paraba de vomitar. Estaba enfermo de hambre y de cansancio, pero yo no sabía qué le ocurría y no podía curarle porque allí no había médicos ni medicinas. Pensaba que se me iba a morir en los brazos».
En aquellos momento, les dijo a los policías que se rendía, que se volvía, que se había acabado, que su hijo estaba enfermo y que necesitaba ayuda. «En cambio, ellos me animaron a seguir adelante». Y así continuó, enfriando el cuerpo del crío con paños húmedos. Llegó a Austria con Zaid en brazos, sin fuerzas, y allí cambiaron las cosas de repente. En la frontera les estaban esperando cientos de personas con carteles de ‘Bienvenidos’ y un taxi para el hospital en el que ingresaron a su hijo. Las imágenes corrían por las televisiones como un incendio infame y Ossamah se hacía famoso sin saberlo. La prensa entró en juego. El periodista español Javier Pascual le enseñó a Petra Laszlo las imágenes de su acción y ella se rió. Los sirios que aún tenían acceso a la red comenzaron a atar cabos. ¿No era ese tipo que rodaba por el suelo el entrenador del equipo de fútbol Al-Fotuwa de Deir ez-Zor? Era como si en España viéramos correr por delante de la policía, en los verdes campos de Europa, a Luis Enrique. Un reportero egipcio lo reconoció: «¿Eres Ossamah?». «Me enfadé mucho. No entendía por qué me buscaban. En mi país los periodistas siempre están con el poder…». Entonces supo que estaba en boca de todo el mundo. «Fue raro».
En Alemania le esperaba Mohammed, el hijo mayor, que había salido unos meses antes, solo, a sus 16 años, en un barco rumbo a la desgracia. Las mafias le cobraron 2.000 dólares por el pasaje. Se reencontraron en Múnich y uno de esos días sonó el teléfono. Al otro lado de la línea creyó escuchar que alguien del Real Madrid le estaba ofreciendo ir a España: tres días de visita, todos los gastos pagados y un trabajo de entrenador si le convenía. Comprendía bien. Abrazó a Zaid y a Mohammed y cantaron de alegría. El del otro lado de la línea era un tal Emilio Butragueño.
Con Ronaldo
Por supuesto, aceptó. De camino, el presidente del Centro de Entrenadores de Fútbol le consiguió un trabajo: seguiría siendo el míster. Zaid entró por la puerta grande en el Bernabéu y le dio la mano a Cristiano Ronaldo. El cielo estaba en un pisito de Getafe en el que la luz del sol calienta el salón y por las tardes entrenando al Villaverde Boetticher, Primera Regional del grupo cinco, donde los chavales no le hablaron de su viaje más que el día en el que le leyeron una carta escrita en común. «Le dijimos que lo sentíamos mucho y que estaríamos ahí para lo que él necesitara», explica el lateral Víctor Díaz.
Desde que comenzó a capitanear la escuadra en enero, han ganado cinco puestos en la clasificación. Cuando empezó, no sabían que Ossamah tenía dos ligas y tres copas de Siria.
No lo tiene todo ganado. Quizás esa niebla de asombro de su mirada tenga un porqué: pese al sueldo, al piso, a la cama en la que duerme Zaid, el viaje no ha terminado. En Turquía esperan su mujer, Mutaha, y sus dos hijos menores. Allí vivieron dos años y medio todos juntos, hasta que tuvo que lanzarse en busca del sueño europeo porque no tenían trabajo «ni nada que comer».
Ya habían salido corriendo de Siria cuando Deir ez-Zor, una ciudad de 240.000 habitantes al noroeste del país, se fue llenando de los cráteres de los barriles bomba y su calle se sembró de cuerpos de mujeres, niños y ancianos reventados por la metralla. «Morían a diario. Nos tuvimos que ir. Yo no quería salir de Siria».
Cuando se enteró de que su mujer no podía venir, estuvo a punto de hacer las maletas. Ahora sabe que es cuestión de tiempo. Ese día, cuando llegue a Getafe, esta aventura habrá terminado bien, aunque solo sea una pequeña escena de esta película de terror en la que participan 2,7 millones de refugiados sirios. Cuando patearon a Ossamah y a Zaid, España se comprometió a acoger a 17.000. Si todo va bien, en mayo habrán llegado 218.
Publicado en los regionales de Vocento el 1 de mayo de 2016. Fotos de José Ramón Ladra.

Los tontos invecibles

Es asombrosa la distancia entre el deseo y la realidad. Miley Cyrus, que tiene el cuerpo sembrado de tatuajes como la puerta del baño de un billar de los ochenta, ha querido dibujarse un planeta Júpiter en el brazo. Incluso ha llegado a mostrar en su cuenta de Instagram a su nuevo amigo al que ha bautizado como «Mi pequeño Júpiter», pero se había pintado un planeta Saturno con su anillo y todo.
A Pedro Sánchez le pasó igual cuando montó ante los medios un paseo con Pablo Iglesias por la cuesta de la Carrera de San Jerónimo, tan resbaladiza estos días, y acudió a la investidura, y dijo todas las majaderías que se le ocurrieron como si fuera un Paolo Coelho a lo baloncestista, y ahora se da cuenta de que en lugar de grabar su nombre en un despacho de Moncloa tiene que hacer otra campaña electoral. Le estaban pintando un Saturno en el brazo.
Volamos tan lejos del suelo de lo real que nos damos cada zurriagazo histórico. Yo leo las mieles de los memes de Facebook y creo que alguien tiene que decir a toda esa gente que no todo va a ir bien, que a veces es más importante no caerse que intentar levantarse, que cuando se cierra una puerta no siempre se abre una ventana y que, además, te puede pillar los dedos. Que lo importante no siempre es participar y que si los persigues, los sueños a veces se cumplen, pero otras se cumplen las pesadillas.
Cuando Dios aprieta, ahoga, pero bien. Puede uno colgar todas las bobadas del mundo en las redes sociales que al final el tiempo no pondrá a todo el mundo en su lugar. Hay que decir la verdad: las zodiacs se hunden camino de Lesbos, Otegi fue mucho más tiempo un hombre de guerra que de paz, ETA no ha entregado las armas y Vargas Llosa ya no está en edad de champán y mujeres. Yo mismo soñé un día con ser médico, y miren.
Cayó hasta Urdangarin. Estamos condenados a esperar el impacto y en ese trance no debemos ceder a la tentación anestésica de creernos invencibles. Solo los tontos se creen invencibles. Quizás lo sean. Asomarse a la atrocidad y aceptar todo lo cruel que puede ser el mundo es la única manera de estar en él, al menos de estar sin parecer un completo imbécil, sin enseñar Saturno tatuado en el brazo diciendo que es Júpiter.

El segundo 61

La Tierra, como el capote de Curro Romero, puede acelerar inesperadamente su giro o a veces frenarse, como si burlara a las escalas y a los que lo tienen todo claro. Eso que llaman inmutablemente suelo no es más que cortecilla de sustrato sobre un revoltijo de corrientes magmáticas, viscosidades ardientes y plásticas que ralentizan o aligeran el compás del Planeta. Tener los pies sobre el suelo es de inconscientes.
Ajeno a esta fiebre y a este sudor frío, el planeta se retuerce en una ‘rave’ salvaje y mineral sobre la que circulamos a menos de 50 por ciudad. Ahora leo que esa digestión de puchero volcánico con pringá de magma nos ha regalado un segundo. Los relojes atómicos, que son los únicos que se preocupan de lo que de verdad importa, han detectado que el último giro terráqueo alrededor del Sol ha tardado una pizca más que se añadirá a los relojes de 2015. El 31 de diciembre tendrá 23:59:60, una cifra que solo escrita es ya un ajuste de cuentas entre matemática y poesía.
La primera vez que sentí morir el verano fue durante un atardecer que me cogió niño, solo, fuera de la ley y encaramado sobre un cerezo francés, como un zorzal bandolero. Después aullé ‘¡Pobre de mí!’ en aquellos sanfermines devorado por el sueño y el vacío y con la realidad en ciernes como el hongo cercano de un ocaso nuclear. En esos momentos de hambruna vital nunca imaginé que unos geofísicos de los que no conocía ni la existencia me iban a hacer semejante regalo. ¡Una vida en un segundo! ¿En qué emplearlo? Pensar dos veces, besar, apostar, saltar al vacío, llamar por teléfono, apagar la luz, dar un portazo, disparar, comer, apedrear una ventana, gritar, vomitar, beber agua, hacer el amor, quitarse la vida, encender un Lucky, saltar, darle el pecho a un toro, buscar un adjetivo, gritar ‘¡Dame la pasta o te mato!’, sudar, correr, agachar, dormir, saltar, salivar o morir. Quizás solo acierte a dejar pasar ese segundo, a soltarlo como el globo de un niño y ver cómo se hace pequeño en el cielo, como si fuera un desplante ante la cuenta atrás de lo que nos queda, que siempre es poco. Haré pretendidamente nada. El 61 será una salva de honor por todos los segundos que desperdicié, inconsciente, finito y caduco, sí, y también libre.
Artículo publicado en Diario Sur.
segundo 61

Murieron en una imprenta

Esto se escribe al humo de los cañones. Aún llega hasta aquí el olor ácido y metálico de la pólvora y la sangre. Ojalá no hubiera muerto nadie, ni siquiera los hermanos Kouachi, esos dos perros de Dios que le adelantaron el miércoles la hora de cierre a los compañeros de ‘Charlie Hebdo’. Que dispararon al corazón del Occidente que hoy mismo pone a parir a Occidente sin pensar que Occidente es lo que es, entre otras cosas, porque se puede decir que Occidente es una basura sin que nadie de Occidente te vuele la cabeza. Al lío: no deja de ser irónico que dos tipos comenzaran el miércoles reventando a tiros la redacción de un semanario y la hayan terminado secos al atardecer en las instalaciones de una imprenta. Como si el destino vengara a todos los periodistas asesinados, a todos los libreros muertos. Como si al terminar las negociaciones, el humo que se elevó sobre el techo de la nave de Dammartin-en Goële fuera el de todos los libros que ha quemado el hombre.
Al caer la tarde, al tal Amedy, metido a yijadista para desgracia del Islam, se le fue la vida en una tienda de productos ‘kosher’, entre bagels, masot, haroset, carnes bañadas en sal de animales sacrificados según los códigos sagrados de la sehitá y toda esa comida sobre la que él mismo habrá escupido tantas veces. Era el protagonista de su propia paradoja. Se acabó. Toda esa lúgubre fanfarria y esa olimpiada del horror fueron en vano. De su epopeya religiosa ya quedan solo los sollozos de algunas madres, incluidas las suyas, y un continente que es aún más libre que el martes. Las palabras y los pensamientos, igual que el agua, son difíciles de contener.
Quizás no escucharon a Georges Brassens, que recomendaba morir por las ideas, pero de una muerte lenta y por eso dejaron esos cadáveres que son tan grotescos como los de los infieles que mataron. ¿Justicia poética o divina? Ninguna, porque no hay justicia en la revancha absoluta de la muerte, pero hay que tener ojo al vengar a Dios porque, a veces, Dios es un cachondo.

Pearl Harbour en Paris

En Europa nos permitimos el lujo de olvidar demasiado pronto la sangre en las redacciones. En los medios, hasta la guerra puede ser rutina y de pronto, fuera hay un ruido y llegan los tiros, los golpes, dos capuchas, los gritos desesperados y el silencio de la parada cardíaca. En realidad, con toda su golfería y su irreverencia, cuando los perros de Dios entraron ayer a la redacción parisina de ‘Charlie Hebdo’, asaltaban en el corazón de la libertad de expresión, que es el miocardio de este Occidente nuestro. Matar por religión en la ciudad de la Bastilla… Disparar contra una opinión en la ciudad de Voltaire es el ‘Pearl Harbour’ de nuestro ADN como pueblo, un ataque en la mismísima piedra de toque de todo lo que somos. Y que por cierto no son ellos. Por eso lo hacen. Qué absurdo, qué dolor y qué vergüenza.

No se trata de locura, ni de desconocimiento, ni las religiones, así en general, tienen la culpa de esta vaina. No se confundan. Esta es una guerra por la civilización en la que usted y yo estamos hasta las cejas. Cargarse a doce tipos por una viñeta tiene su aquel como maniobra efectista, pero como castigo de los infieles, es una charranada. Nunca se leyeron tanto los cómics sobre el Profeta y ayer cientos de humoristas tomaron el lápiz caído de los compañeros. Los de ‘El Mundo Today’ publicaron un artículo delicioso en el que se confirma la bondad del dios de los musulmanes. Se titula ‘Alá es la polla’.

Alguien en Siria o en Toulouse pensó que para conseguir callar a esos tipos había que matarlos, y tenía razón. No los callaron vivos. Cabu, Charb, Wolinski, Bernard… A las once llegó la muerte y adelantó el cierre. Se la vieron venir de frente con su paso cansado y le ofrecieron una silla. «No tengo hijos, no tengo mujer, no tengo coche, ni crédito», dijo el director Sébastien Charbonneau, el jefe de la tribu de los héroes del dibujo por el que preguntaban ayer a gritos antes de descerrajarle un tiro. ‘ Gloire aux héros’. Somos gente baladí, pobre y un punto inconstante, pero cuando se acorrala a un periodista, se tira al cuello como las ratas. Su problema es que hay muchas ratas. Somos más ratas que balas, así que venga su guerra santa. Les estamos esperando.

Retrato de familia

La verdadera obra de arte de Antonio López ha sido tardar tanto. Ha pasado veinte años retratando a la Familia Real, una heroicidad en mitad de la sociedad de la economía de la atención, una selva hecha de impactos de información cada vez más cortos y sencillos como capítulos de Peppa Pig. Pintó a partir de una fotografía de unos sujetos que a punto estuvieron de durarle literalmente menos que el trance creador. El genio ha dicho que se lió un tanto en la definición de las distancias entre los personajes, que es el quid de cualquier familia, y más de esta donde nada es lo que parece y en la que circulan individuos como electrones de los que se conoce la posición o la velocidad, pero nunca ambas al mismo tiempo.

En casa colgaba un retrato fotográfico de la familia en un salón enorme con tres generaciones junto a un mirador al Boulevard de San Sebastián. Veinte años después, adivino en él las tensiones entre cada uno e intento recordar el tacto de los que ya no están. Mi padre y yo vestíamos pajarita y nadie sabía que a partir de esa foto saldríamos todos disparados a través de la luna del coche de la vida.

En realidad, en su obsesión por lo perfecto, Antonio López reflexiona sobre el paso del tiempo. Sobre si es posible permanecer. «Conozco bien el comienzo del trabajo. Acabar no sé en qué consiste», ha dicho el artista, que también soltó esta frase que podría tatuarme en el pecho si es que algún día me vuelvo a emborrachar: «Si lo quieres ver bien, en un árbol está el mundo entero2. Recuerdo una media verónica de Curro Romero en Sevilla por la tele. Al embarcar al toro, un tipo en la barrera se tapó la cara, echó el cuerpo hacia atrás, giró la cabeza de gozo y de dolor, volvió a mirar al torero y aún le dio tiempo a presenciar el remate del lance lentísimo, preciso, recogido, salvador, sosegado y a la vez eléctrico, como un desfibrilador. Aquel capotazo eterno fue circunstancia e infinito, que son los dos polos entre los que nos descomponemos. Tal vez ese retrato sea un canto a la esperanza y Antonio López, un dios terreno. Quizás en un instante se pueda guardar toda una vida, como las piezas desmontadas de un tiempo quebrado.retrato

Qué mierda, Canito

canitoCanito es anciano, menudo, recio y lleva en la boca una lengua de demonio con la que jura y dice inmundicias aleatorias y bellísimas. Desde hace 75 primaveras se mueve armado de una cámara de fotos, con su metro cincuenta y ocho de altura asomando la gorrilla por las tablas como una tortuga pequeña y blanca que habita los callejones de las plazas de toros. Don Francisco Cano Lorenza, 101 años, superviviente a un siglo de tauromaquia, todavía tiene en los ojos el hambre que le hizo boxeador y después torero y después fotógrafo. Lo ha retratado todo desde que se empotrara en la cuadrilla de Luis Miguel Dominguín y bailara sobre las llamas del fuego del pecado, en Chicote o en América, cuando Manolete perdía los alamares con Lupe Sino y Arruza saltaba las tapias de los chalés de las señoras.

Ava Gardner, en lugar de Cano, le llamaba ‘coño’, y eso es ya más medalla que la Gran Cruz al Mérito Naval. En su mundo, la vida se jugaba cada tarde. Después, las recepciones se llenaban de indignados por el escándalo; arriba, los corchos del champagne marcaban los techos de las suites de los toreros. A la amanecida, impregnado de una grandeza fluorescente que aún le acompaña, volvía Canito a su pensión y a su santa.

Sigue trabajando. En el asa de su cámara hay más verdad que en algunas ferias de agosto. Hasta ayer conducía a 200 y aún sublima la vida en una siesta de coche, un vaso de Las Campanas (lo bebía con Hemingway), una paella blasfema, una falda y una cacha al aire. Homenajeado contra pronóstico con el Premio Nacional de Tauromaquia (merecía el de Fotografía), forma parte de esa legión de tipos insólitos forjados en los rincones fecundos de la fiesta de los toros. En ese escenario infinito que algunos de ustedes desprecian como ‘la España de pandereta’, perdieron y brillaron como antihéroes de cómic, reales como un dolor de muelas. Yo en algún momento de mi vida quise ser cada uno de ellos. Ahora se apagan poco a poco, asediados por lo ‘cool’, las biografías de Steve Jobs, un positivismo pegajoso de lunes y cierto ‘pensiero debole’ mal entendido que adora todo menos lo propio. La belleza hoy es una fotillo de un atardecer coloreado en un muro de Facebook y la verdad, una cita de Coelho. Qué mierda, Canito.
Columna publicada en Sur de Málaga el 6 de noviembre de 2014. La foto es de Andrés Rodríguez http://esquire24h.blogspot.com.es/2010/07/con-el-maestro-canito-en-pamplona.html

Pablo en ocho escenas

 

 

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Es 28 de agosto de 1978. A la abogada Irma Robba le entran los dolores. Se llamará Pablo Echenique. En la tarde templada del invierno argentino en Rosario nadie es capaz de imaginar que los giros a veces violentos de la vida pondrán a ese bebé a prueba y lo convertirán en uno de los políticos más atípicos de la historia de España. Inesperado como un champiñón en un parque urbano, será la alternativa de la alternativa del panorama político y se la jugará con Pablo Iglesias a finales de octubre de 2014. Su padre es economista de formación y marino mercante por obligación, más tarde asesor fiscal. Viven en un apartamento igual que todos los apartamentos, suficiente y pequeño al mismo tiempo, cerca del centro. Son «una familia de clase media, lo que en España equivalía a una familia de clase media-baja». Al año de nacer, pasa algo.

El bebé no gatea
En casa, algo no va bien. «El niño no gatea», caen en la cuenta sus padres, y llevan a Pablo al médico. Sufre atrofia espinal muscular, que es como se denomina una serie de enfermedades hereditarias que afectan a las neuronas motoras y que, en función del grado, puede matar a bebés que no llegan al año o afectar a gentes que no se enteran de que la tienen hasta los 20. Él cabalga una silla de ruedas de 150 kilos de peso y necesita ayuda para la mayor parte de sus tareas diarias. Pese a todo, entrará con ella en el Parlamento Europeo y nadie le mirará «raro». O disimularán. Se terminará por llamar a sí mismo ‘un cascao’ y llegará a la conclusión de que lo importante son las necesidades de los discapacitados, no que todo el tiempo se dedique a discutir cómo se les llama.

«Enrique, el niño sabe leer»
El primer signo de que Pablo tiene entre las orejas algo más que aire llega cuando tiene tres años. Una tarde, le pregunta a su madre que si la ‘P’ suena a pé, y la ‘A’ suena a, ¿como suena la ‘P’ con la ‘A’? En una tarde, es capaz de leer mal un folleto de publicidad. Por la noche, cuando llega su padre a casa, Irma le dice algo que le deja «flipando»: «El niño sabe leer». 37 años más tarde, admite que su enfermedad «impide las actividades físicas», con lo que los que la sufren «dedican más tiempo a leer y pensar, con lo que suelen tener inteligencias mayores que la media». Pablo nunca fue vago. Siempre está haciendo cosas, lo que le interesa y siendo un colegial, todo lo que le interesa es «estar en la calle con los amigos». Hacer gamberradas. Explotar cosas. Estudiar, no. No le hace falta hasta que entra en la carrera de Física. Se le hará duro un año, hasta que vuelve a llenar de matrículas el expediente. «En el colegio estudiaba media hora antes del examen porque no necesitaba más».

Vuelo Ezeiza-Barajas
A los seis años, sus padres se separan y su papá viaja a España, donde Pablo pasa los veranos con su hermana. La vida transcurre ajena a todo lo que no sea una niñez a caballo entre dos países. A los 13 años, toma el vuelo definitivo: Aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires-Barajas, en Madrid. «Recuerdo sedar a Perla –su perra- y al gato para que hicieran el vuelo tranquilos». Odiará para siempre los aviones, pues no puede viajar en su silla y todo lo que no sea su silla, «ya sea primerísima primera clase», es una tortura para su cuerpecillo. Se instalan en Zaragoza.

Cuestión de física
Pablo es un chico como los demás, pero en secundaria comienza a volar por encima del sobresaliente. Sin ni siquiera saber lo que era una integral, se presenta a las olimpiadas de Física y gana en Aragón. Después acude a las españolas y no hace un mal papel. En esos dos días no para de charlar con un chaval, Guillermo, que después sería de sus mejores amigos. «Yo quería hacer Ingeniería en Telecomunicaciones, que es lo que está de moda, pero me intenta convencer de que estudie Física, pues es lo más interesante y lo que te permite comprender todas las demás cosas. Me convence con sus argumentos y me meto en Física». La Física le interesa y él revienta los exámenes. Al terminar la carrera, ocurre lo esperado: su tesis sobre el plegamiento de las proteínas, que es uno de los problemas sin resolver de la biología molecular, es un espectáculo. La presentación en el aula magna resulta uno de los momentos de su vida. Más que los mítines. «Estaba emocionado. Fue la culminación de muchas cosas». Y el comienzo de otras. En un centro del CSIC en el campus de Zaragoza se convierte en uno de los físicos más importantes del país. La gente en la calle lo ve como un ‘Stephen Hawking’ a la española. «No se me ha dado mal mi profesión, pero eso resulta totalmente exagerado».

Una nota en la ventana
Otoño 2010. Su centro del CSIC en Zaragoza se traslada en el campus y Pablo acude con su silla a echar un vistazo a su futuro despacho, pero se pierde. «Aprovecho que veo por allí una guapa señorita para preguntarle». María Alejandra Nelo, Mariale en adelante, microbióloga del CSIC, le mira desde dos ojos color miel. «Es perfecta». Aunque los discapacitados tienen «sus truquitos» para ligar, Pablo no ha sido un Casanova. Pocas novias. Con Mariale no hay más contacto, pero ella le añade como amiga en Facebook. Un año y medio después, quedan, acuden a un concierto de música clásica y cenan en un francés barato. Al poco tiempo, se casan en Puerto de la Cruz (Tenerife), un ayuntamiento en el que no hace falta lista de espera para contraer matrimonio. Pablo se pone la corbata. Ante el oficial comparecen dos testigos, dos cerebros enormes, un cuerpo y medio y una silla. En el piso de Zaragoza hay un dibujo de Superman en silla de ruedas que dice ‘SuperPablo’ y de la ventana de la habitación cuelga una nota escrita por ella. «Siempre que mires por aquí recuerda que te amo».

«Usadme»
Es capaz de recorrer una secuencia de ADN con el pensamiento, pero hay días en los que no sabe qué edad tiene. No le interesan el tiempo ni las fechas, por eso no sabe cuándo mandó el mensaje. En febrero de 2013, más o menos. Pablo Iglesias y Miguel Urbán –secretario de organización de Podemos– han presentado Podemos en un teatro de Lavapiés y hacen una gira por España. Pablo ve en ellos «una posibilidad audaz que puede funcionar» y envía un mensaje a Urbán en Twitter: «Sé algo de ciencia y de discapacidad. Estoy a vuestra disposición. Usadme». Unos meses después, le llama por teléfono Pablo Iglesias. El día de las elecciones, en la asamblea de Podemos en Zaragoza, de pronto todos callan: Pablo es el quinto eurodiputado. Nadie lo esperaba. «Me aplauden y me pongo colorado, como siempre». En Bruselas cobra 1.935 euros. En el CSIC eran 2.500. En unos meses aprende francés.

El paseíllo en Vistalegre
21 de octubre de 2014. Hace una semana. Ya hay dos ‘pablos’ en Podemos. Uno, el de siempre, Iglesias, y Echenique, alternativo a la omnipresente figura del hombre de la coleta. La asamblea está dividida entre las gentes de uno y otro. Echenique ha liderado un proyecto en el que hay ahora otra treintena de grupos para que los órganos del partido se elijan de forma más abierta y haya tres portavoces en lugar de un solo secretario general. Iglesias entra rodeado de masas y una mujer le agarra el culo. Más discreto, Echenique mueve su silla por un costado del ruedo hasta su sitio, pero no se libra de la ovación. «Siento orgullo por la gente». Todo no está roto, pero algo se ha quebrado. Iglesias le besa la frente en un gesto incierto y Juan Carlos Monedero le da un cachete en la mejilla como un gesto de regañina. «Las relaciones se han enfriado». Queda por delante una semana de votaciones entre los dos modelos que se cerrará este lunes. Muy pocos apuestan por el hombre de la silla, pero él siempre venció contra pronóstico.

La foto es de Vera Benavente. http://verabenaventetomas.tumblr.com/ Publicado en los regionales de Vocento el 25/10/2014