Author Archives: Chapu

Tanques y botellines

**FOR USE WITH AP LIFESTYLES** **FILE*** This Sept. 13, 1988 file photo shows Democratic Presidential candidate Michael Dukakis as he gets a free ride in one of General Dynamics' new M1-A-1 battle tanks at its land systems division in Sterling Heights, Mich. (AP Photo/Michael E. Samojeden, FILE)

**FOR USE WITH AP LIFESTYLES** **FILE*** This Sept. 13, 1988 file photo shows Democratic Presidential candidate Michael Dukakis as he gets a free ride in one of General Dynamics’ new M1-A-1 battle tanks at its land systems division in Sterling Heights, Mich. (AP Photo/Michael E. Samojeden, FILE)

Ya sabían que al candidato demócrata Mike Dukakis no le quedaban bien los sombreros, pero en 1988 apareció subido en un tanque Abrams M1A1, vestido con un casco, sonriente, levantando el dedo. Quería mostrar su capacidad militar frente a Bush, su rival, y quedó como un imbécil. El asesor de Clinton Josh King recuerda en un artículo delicioso (‘Político’) que, al verlo aparecer sobre el carro blindado, alguien en la tribuna de periodistas soltó una carcajada y en adelante la prensa lo pasó en grande. Bernard Weinraub, escribió esto en ‘The New York Times’: «Olviden a John Wayne, a Clint Eastwood, y a Rambo. Conozcan al ‘macho’ Mike Dukakis». Bush le ganó por 426 a 111 electores. Bennet guarda el uniforme gris que vestía Dukakis y se lo puso en una fiesta de Halloween. Aprendieron la lección. A Barack Obama le pidieron ponerse un casco de fútbol y dijo que un presidente no se pone nada en la cabeza, que eso es de «primero de política». Si algún político estadounidense quiere vestirse de algo, le advierten sus asesores de que corre el peligro de «hacerse un Dukakis».

En Estados Unidos todo resulta más cinematográfico. El mismísimo Trump, que es de los pocos humanos que tendría menos peligro si solo fuera idiota, dio un discurso con un águila imperial en la mesa del despacho y el pajarón por poco le lleva el dedo. Rajoy, que montó en un helicóptero ante la prensa y saben ustedes cómo acabó, en 2006 se subió a dar un mitin en un banco de Benavente y en 2015 se volvió a encaramar en el mismo banco; Rajoy no es de esos que cambia de banco así como así.

El Dukakis español es Antonio Miguel Carmona, que se hace fotos haciendo tantas cosas -andar en bici, cavar una zanja, levantar una pesa, circular en silla de ruedas-que alguien le ha abierto un blog que se llama ‘Carmoa haciendo cosas’. Tenemos una resaca pastosa de cosas que significan algo. Vivimos en un enorme plató de cine. La última la firman Pablo Iglesias, que se cree J.J. Abrams, y Alberto Garzón. Han sellado su confluencia con unos tercios de cerveza y en la foto del pacto del botellín, querían aparentar ser gente (TM), pero parecía que estaban allí porque se habían olvidado las llaves dentro de casa. No tenían a mano un tanque. Hay mucha gente deseando ver a Iglesias subido a un tanque, pero aún no sé si de los suyos o de los contrarios.

Publicado en Diario Sur el 12 de mayo de 2016.

 

Rodolfo Rodríguez El Pana

pana puro
Rodolfo Rodríguez le llaman ‘El Pana’ porque se ganaba la vida de panadero en las tahonas de Apizaco (México). Tuvo un amo torerillo que lo metió a la cuadrilla de niños y así, creciendo entre vacas misioneras que cogían hasta los chistes, entre hambre y revolcones se hizo matador. También fue paracaidista y sepulturero. A medio camino entre el galán de cine y el portero de tugurio, Rodolfo siempre me recordó al grandioso perdedor Gilbert Roland. Viene de un espacio que ya no existe. Quizás él mismo no haya existido nunca. Se hizo torero y ese fue para él el día más alegre de su vida y también el más triste. Después se tiró a las tabernas y hubo plazas en las que no lo dejaban salir por cómo llegaba. En su despedida en La México en 2007 dejó un trincherazo tan enloquecido, que tiró la muleta al suelo y al mundo entero le jalaron los pelos. Cree Rodolfo que las putas y los toros están tan cerca porque cuando triunfas «se acercan ellas solitas» y cuando fracasas, «ahí vas tú a buscarlas». Ese toro se lo brindó «a las damitas, damiselas, princesas, vagas, salinas, zurrapas, suripantas, vulpejas, las de tacón dorado y pico colorado, las putas, las buñis, pues mitigaron mi sed y saciaron mi hambre y me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, y acompañaron mi soledad. Que Dios las bendiga por haber amado tanto». Tan contento estaba que no se cortó la coleta.Se considera un emisario del pasado, pero yo creo que viene del mañana. En una entrevista de marzo en ‘Banderillas negras’ argumentaba que si no había palmado aún era porque tenía que cumplir una misión en esta tierra. «Si el día de mañana me agarra un torillo sería como quebrar un jarrón de la dinastía Ming», respondió. Ahora, El Brujo de Apizaco, que tiene lindo hasta el mote, anda en una clínica con el cuello medio quebrado después de que un toro lo pusiera en órbita esta semana. Temen los médicos que no vuelva a andar, que para un torero es quedarse preso entre dos mundos. Se han lanzado algunos a decirle que se tenía que haber retirado de esto, que si era una locura, que si qué horror, y no sé qué otra moralina. No se dan cuenta de que dar lecciones de vida al Pana es como pretender enseñar a escribir a Shakespeare. Los imprudentes son ellos.
Publicado el 5 de mayo de 2016 en Diario Sur . La foto es de Toros y Faenas.

Zaid ya habla español

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Zaid tiene 7 años, un dinosaurio de plástico blanco, un balón y una consola que no funciona. Esas son las cosas propias de un niño, y no ese salvavidas de nailon que le colocó su padre cuando se montaron en una zódiac atestada de gente en la costa de Turquía. Sabía que si volcaban solo mantendría a flote media hora su cuerpecito moreno. Después, Zaid se hundiría en el Mediterráneo sin alcanzar la costa de Grecia y acabaría en el cementerio de la vergüenza del mundo contemporáneo: solo en el último año más de 3.200 inmigrantes han perdido la vida en estas aguas.
Zaid tuvo suerte. Ahora se ríe en el salón de un piso de Getafe con sus juguetes por el suelo, pero del día del «accidente» recuerda el miedo. El ‘accidente’ es el piadoso término que emplea su padre, Ossamah Abdul Mohsen, para hablar de la zancadilla que, el pasado 9 de septiembre, les puso la reportera de televisión Petra Laszlo cuando corrían para atravesar la frontera de Hungría, sobre un campo y unas vías de tren, perseguidos por la Policía con el niño en brazos. Uno de esos momentos que sonrojan a la humanidad.
Ossamah y Zaid son dos más de los miles de sirios que huyen como animales por los abismos de una vieja Europa que no les quiere. Todavía en el suelo, sin explicarse lo que había sucedido, aquel hombre de barba cana miró a su alrededor con un aire de asombro desesperado que aún le acompaña. Su imagen dio la vuelta al mundo, un mundo que ahora quiere encerrar a los refugiados en Turquía. Si a alguien le interesa saber algo más, que sepa que está bien, que Zaid ya habla español, que en estos momentos su único problema es que se le ha roto la consola. Pero también que a Ossamah aún le dura su asombro: sigue sin entender lo que ocurrió. Una especie de niebla le pasa por delante de la mirada de vez en cuando, como si permaneciera suspendido en el aire de aquel campo de Hungría; atónito, como si de vez en cuando volviera a caerse.
– ¿Por qué cree que le puso la zancadilla aquella mujer?
– No lo sé. Lo he pensado muchas veces y no sé qué decirle. No lo sé.
Zaid es demasiado joven para pensar en esas cosas. «¡Qué pasa, tío!», bromea en español como el chaval que nunca tendría que haber dejado de ser. De aquellos días no quiere ni oír hablar y le queda un cierto temor a la policías. «No, papá. Miedo», suelta cuando repiten las imágenes de la zancadilla en televisión.
«Zaid se puso muy enfermo después del ‘accidente’», recuerda Ossamah. «Le subió mucho la fiebre y no paraba de vomitar. Estaba enfermo de hambre y de cansancio, pero yo no sabía qué le ocurría y no podía curarle porque allí no había médicos ni medicinas. Pensaba que se me iba a morir en los brazos».
En aquellos momento, les dijo a los policías que se rendía, que se volvía, que se había acabado, que su hijo estaba enfermo y que necesitaba ayuda. «En cambio, ellos me animaron a seguir adelante». Y así continuó, enfriando el cuerpo del crío con paños húmedos. Llegó a Austria con Zaid en brazos, sin fuerzas, y allí cambiaron las cosas de repente. En la frontera les estaban esperando cientos de personas con carteles de ‘Bienvenidos’ y un taxi para el hospital en el que ingresaron a su hijo. Las imágenes corrían por las televisiones como un incendio infame y Ossamah se hacía famoso sin saberlo. La prensa entró en juego. El periodista español Javier Pascual le enseñó a Petra Laszlo las imágenes de su acción y ella se rió. Los sirios que aún tenían acceso a la red comenzaron a atar cabos. ¿No era ese tipo que rodaba por el suelo el entrenador del equipo de fútbol Al-Fotuwa de Deir ez-Zor? Era como si en España viéramos correr por delante de la policía, en los verdes campos de Europa, a Luis Enrique. Un reportero egipcio lo reconoció: «¿Eres Ossamah?». «Me enfadé mucho. No entendía por qué me buscaban. En mi país los periodistas siempre están con el poder…». Entonces supo que estaba en boca de todo el mundo. «Fue raro».
En Alemania le esperaba Mohammed, el hijo mayor, que había salido unos meses antes, solo, a sus 16 años, en un barco rumbo a la desgracia. Las mafias le cobraron 2.000 dólares por el pasaje. Se reencontraron en Múnich y uno de esos días sonó el teléfono. Al otro lado de la línea creyó escuchar que alguien del Real Madrid le estaba ofreciendo ir a España: tres días de visita, todos los gastos pagados y un trabajo de entrenador si le convenía. Comprendía bien. Abrazó a Zaid y a Mohammed y cantaron de alegría. El del otro lado de la línea era un tal Emilio Butragueño.
Con Ronaldo
Por supuesto, aceptó. De camino, el presidente del Centro de Entrenadores de Fútbol le consiguió un trabajo: seguiría siendo el míster. Zaid entró por la puerta grande en el Bernabéu y le dio la mano a Cristiano Ronaldo. El cielo estaba en un pisito de Getafe en el que la luz del sol calienta el salón y por las tardes entrenando al Villaverde Boetticher, Primera Regional del grupo cinco, donde los chavales no le hablaron de su viaje más que el día en el que le leyeron una carta escrita en común. «Le dijimos que lo sentíamos mucho y que estaríamos ahí para lo que él necesitara», explica el lateral Víctor Díaz.
Desde que comenzó a capitanear la escuadra en enero, han ganado cinco puestos en la clasificación. Cuando empezó, no sabían que Ossamah tenía dos ligas y tres copas de Siria.
No lo tiene todo ganado. Quizás esa niebla de asombro de su mirada tenga un porqué: pese al sueldo, al piso, a la cama en la que duerme Zaid, el viaje no ha terminado. En Turquía esperan su mujer, Mutaha, y sus dos hijos menores. Allí vivieron dos años y medio todos juntos, hasta que tuvo que lanzarse en busca del sueño europeo porque no tenían trabajo «ni nada que comer».
Ya habían salido corriendo de Siria cuando Deir ez-Zor, una ciudad de 240.000 habitantes al noroeste del país, se fue llenando de los cráteres de los barriles bomba y su calle se sembró de cuerpos de mujeres, niños y ancianos reventados por la metralla. «Morían a diario. Nos tuvimos que ir. Yo no quería salir de Siria».
Cuando se enteró de que su mujer no podía venir, estuvo a punto de hacer las maletas. Ahora sabe que es cuestión de tiempo. Ese día, cuando llegue a Getafe, esta aventura habrá terminado bien, aunque solo sea una pequeña escena de esta película de terror en la que participan 2,7 millones de refugiados sirios. Cuando patearon a Ossamah y a Zaid, España se comprometió a acoger a 17.000. Si todo va bien, en mayo habrán llegado 218.
Publicado en los regionales de Vocento el 1 de mayo de 2016. Fotos de José Ramón Ladra.

Los tontos invecibles

Es asombrosa la distancia entre el deseo y la realidad. Miley Cyrus, que tiene el cuerpo sembrado de tatuajes como la puerta del baño de un billar de los ochenta, ha querido dibujarse un planeta Júpiter en el brazo. Incluso ha llegado a mostrar en su cuenta de Instagram a su nuevo amigo al que ha bautizado como «Mi pequeño Júpiter», pero se había pintado un planeta Saturno con su anillo y todo.
A Pedro Sánchez le pasó igual cuando montó ante los medios un paseo con Pablo Iglesias por la cuesta de la Carrera de San Jerónimo, tan resbaladiza estos días, y acudió a la investidura, y dijo todas las majaderías que se le ocurrieron como si fuera un Paolo Coelho a lo baloncestista, y ahora se da cuenta de que en lugar de grabar su nombre en un despacho de Moncloa tiene que hacer otra campaña electoral. Le estaban pintando un Saturno en el brazo.
Volamos tan lejos del suelo de lo real que nos damos cada zurriagazo histórico. Yo leo las mieles de los memes de Facebook y creo que alguien tiene que decir a toda esa gente que no todo va a ir bien, que a veces es más importante no caerse que intentar levantarse, que cuando se cierra una puerta no siempre se abre una ventana y que, además, te puede pillar los dedos. Que lo importante no siempre es participar y que si los persigues, los sueños a veces se cumplen, pero otras se cumplen las pesadillas.
Cuando Dios aprieta, ahoga, pero bien. Puede uno colgar todas las bobadas del mundo en las redes sociales que al final el tiempo no pondrá a todo el mundo en su lugar. Hay que decir la verdad: las zodiacs se hunden camino de Lesbos, Otegi fue mucho más tiempo un hombre de guerra que de paz, ETA no ha entregado las armas y Vargas Llosa ya no está en edad de champán y mujeres. Yo mismo soñé un día con ser médico, y miren.
Cayó hasta Urdangarin. Estamos condenados a esperar el impacto y en ese trance no debemos ceder a la tentación anestésica de creernos invencibles. Solo los tontos se creen invencibles. Quizás lo sean. Asomarse a la atrocidad y aceptar todo lo cruel que puede ser el mundo es la única manera de estar en él, al menos de estar sin parecer un completo imbécil, sin enseñar Saturno tatuado en el brazo diciendo que es Júpiter.

Pablo en ocho escenas

 

 

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Es 28 de agosto de 1978. A la abogada Irma Robba le entran los dolores. Se llamará Pablo Echenique. En la tarde templada del invierno argentino en Rosario nadie es capaz de imaginar que los giros a veces violentos de la vida pondrán a ese bebé a prueba y lo convertirán en uno de los políticos más atípicos de la historia de España. Inesperado como un champiñón en un parque urbano, será la alternativa de la alternativa del panorama político y se la jugará con Pablo Iglesias a finales de octubre de 2014. Su padre es economista de formación y marino mercante por obligación, más tarde asesor fiscal. Viven en un apartamento igual que todos los apartamentos, suficiente y pequeño al mismo tiempo, cerca del centro. Son «una familia de clase media, lo que en España equivalía a una familia de clase media-baja». Al año de nacer, pasa algo.

El bebé no gatea
En casa, algo no va bien. «El niño no gatea», caen en la cuenta sus padres, y llevan a Pablo al médico. Sufre atrofia espinal muscular, que es como se denomina una serie de enfermedades hereditarias que afectan a las neuronas motoras y que, en función del grado, puede matar a bebés que no llegan al año o afectar a gentes que no se enteran de que la tienen hasta los 20. Él cabalga una silla de ruedas de 150 kilos de peso y necesita ayuda para la mayor parte de sus tareas diarias. Pese a todo, entrará con ella en el Parlamento Europeo y nadie le mirará «raro». O disimularán. Se terminará por llamar a sí mismo ‘un cascao’ y llegará a la conclusión de que lo importante son las necesidades de los discapacitados, no que todo el tiempo se dedique a discutir cómo se les llama.

«Enrique, el niño sabe leer»
El primer signo de que Pablo tiene entre las orejas algo más que aire llega cuando tiene tres años. Una tarde, le pregunta a su madre que si la ‘P’ suena a pé, y la ‘A’ suena a, ¿como suena la ‘P’ con la ‘A’? En una tarde, es capaz de leer mal un folleto de publicidad. Por la noche, cuando llega su padre a casa, Irma le dice algo que le deja «flipando»: «El niño sabe leer». 37 años más tarde, admite que su enfermedad «impide las actividades físicas», con lo que los que la sufren «dedican más tiempo a leer y pensar, con lo que suelen tener inteligencias mayores que la media». Pablo nunca fue vago. Siempre está haciendo cosas, lo que le interesa y siendo un colegial, todo lo que le interesa es «estar en la calle con los amigos». Hacer gamberradas. Explotar cosas. Estudiar, no. No le hace falta hasta que entra en la carrera de Física. Se le hará duro un año, hasta que vuelve a llenar de matrículas el expediente. «En el colegio estudiaba media hora antes del examen porque no necesitaba más».

Vuelo Ezeiza-Barajas
A los seis años, sus padres se separan y su papá viaja a España, donde Pablo pasa los veranos con su hermana. La vida transcurre ajena a todo lo que no sea una niñez a caballo entre dos países. A los 13 años, toma el vuelo definitivo: Aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires-Barajas, en Madrid. «Recuerdo sedar a Perla –su perra- y al gato para que hicieran el vuelo tranquilos». Odiará para siempre los aviones, pues no puede viajar en su silla y todo lo que no sea su silla, «ya sea primerísima primera clase», es una tortura para su cuerpecillo. Se instalan en Zaragoza.

Cuestión de física
Pablo es un chico como los demás, pero en secundaria comienza a volar por encima del sobresaliente. Sin ni siquiera saber lo que era una integral, se presenta a las olimpiadas de Física y gana en Aragón. Después acude a las españolas y no hace un mal papel. En esos dos días no para de charlar con un chaval, Guillermo, que después sería de sus mejores amigos. «Yo quería hacer Ingeniería en Telecomunicaciones, que es lo que está de moda, pero me intenta convencer de que estudie Física, pues es lo más interesante y lo que te permite comprender todas las demás cosas. Me convence con sus argumentos y me meto en Física». La Física le interesa y él revienta los exámenes. Al terminar la carrera, ocurre lo esperado: su tesis sobre el plegamiento de las proteínas, que es uno de los problemas sin resolver de la biología molecular, es un espectáculo. La presentación en el aula magna resulta uno de los momentos de su vida. Más que los mítines. «Estaba emocionado. Fue la culminación de muchas cosas». Y el comienzo de otras. En un centro del CSIC en el campus de Zaragoza se convierte en uno de los físicos más importantes del país. La gente en la calle lo ve como un ‘Stephen Hawking’ a la española. «No se me ha dado mal mi profesión, pero eso resulta totalmente exagerado».

Una nota en la ventana
Otoño 2010. Su centro del CSIC en Zaragoza se traslada en el campus y Pablo acude con su silla a echar un vistazo a su futuro despacho, pero se pierde. «Aprovecho que veo por allí una guapa señorita para preguntarle». María Alejandra Nelo, Mariale en adelante, microbióloga del CSIC, le mira desde dos ojos color miel. «Es perfecta». Aunque los discapacitados tienen «sus truquitos» para ligar, Pablo no ha sido un Casanova. Pocas novias. Con Mariale no hay más contacto, pero ella le añade como amiga en Facebook. Un año y medio después, quedan, acuden a un concierto de música clásica y cenan en un francés barato. Al poco tiempo, se casan en Puerto de la Cruz (Tenerife), un ayuntamiento en el que no hace falta lista de espera para contraer matrimonio. Pablo se pone la corbata. Ante el oficial comparecen dos testigos, dos cerebros enormes, un cuerpo y medio y una silla. En el piso de Zaragoza hay un dibujo de Superman en silla de ruedas que dice ‘SuperPablo’ y de la ventana de la habitación cuelga una nota escrita por ella. «Siempre que mires por aquí recuerda que te amo».

«Usadme»
Es capaz de recorrer una secuencia de ADN con el pensamiento, pero hay días en los que no sabe qué edad tiene. No le interesan el tiempo ni las fechas, por eso no sabe cuándo mandó el mensaje. En febrero de 2013, más o menos. Pablo Iglesias y Miguel Urbán –secretario de organización de Podemos– han presentado Podemos en un teatro de Lavapiés y hacen una gira por España. Pablo ve en ellos «una posibilidad audaz que puede funcionar» y envía un mensaje a Urbán en Twitter: «Sé algo de ciencia y de discapacidad. Estoy a vuestra disposición. Usadme». Unos meses después, le llama por teléfono Pablo Iglesias. El día de las elecciones, en la asamblea de Podemos en Zaragoza, de pronto todos callan: Pablo es el quinto eurodiputado. Nadie lo esperaba. «Me aplauden y me pongo colorado, como siempre». En Bruselas cobra 1.935 euros. En el CSIC eran 2.500. En unos meses aprende francés.

El paseíllo en Vistalegre
21 de octubre de 2014. Hace una semana. Ya hay dos ‘pablos’ en Podemos. Uno, el de siempre, Iglesias, y Echenique, alternativo a la omnipresente figura del hombre de la coleta. La asamblea está dividida entre las gentes de uno y otro. Echenique ha liderado un proyecto en el que hay ahora otra treintena de grupos para que los órganos del partido se elijan de forma más abierta y haya tres portavoces en lugar de un solo secretario general. Iglesias entra rodeado de masas y una mujer le agarra el culo. Más discreto, Echenique mueve su silla por un costado del ruedo hasta su sitio, pero no se libra de la ovación. «Siento orgullo por la gente». Todo no está roto, pero algo se ha quebrado. Iglesias le besa la frente en un gesto incierto y Juan Carlos Monedero le da un cachete en la mejilla como un gesto de regañina. «Las relaciones se han enfriado». Queda por delante una semana de votaciones entre los dos modelos que se cerrará este lunes. Muy pocos apuestan por el hombre de la silla, pero él siempre venció contra pronóstico.

La foto es de Vera Benavente. http://verabenaventetomas.tumblr.com/ Publicado en los regionales de Vocento el 25/10/2014

El hombre que sabía todos los versos

 

Me dijeron ayer que se murió Perujo por quién nos preguntamos en Granada hace un mes y ya no estaba. Qué mierda y qué tarde llegamos siempre. Ahora he encontrado este obituario que certifica el viaje de un miembro de ese cuadro de hombres fantásticos que heredé de mi padre y que fluye como un manantial entre las manos perplejas. Era un tipo enorme y delicioso, que sabía un huevo de toros y de perros, que era mezcla perfecta entre Wiston Churchill y Scaramouche y que estaba impregnado de literatura hasta los cuellos de la camisa. Mientras las mujeres bonitas del metro de Madrid pasaban página de sus libros de poesía, él les seguía el poema de memoria con los ojos cerrados y voz de trueno domado. Añadan a su obituario que Perujo era el hombre que sabía todos los versos.
Un abrazo, amigo.

La leyenda invisible

Desde hace años se ha ido desprendiendo de todo lo accesorio, de esos extras que no son esenciales para ser un matador radical. José Tomás comenzó por evitar las retransmisiones televisivas de sus corridas. Después eliminó de su agenda las entrevistas, se quitó de afeitarse, del petardeo social en el que nadan otros diestros, de las grandes fiestas y últimamente está casi a punto de olvidar cómo es torear en público. Hay metamorfosis con un final insospechado y la suya es una de ellas. Nadie sabe dónde terminará. Ese camino interior que recorre hacia la sublimación del arte, siempre con riesgo, como si fuera un asceta, le ha pelado el corazón como si fuera una alcachofa. Se ha ido descarnando hasta poner en peligro al propio artista: el torero que todos quieren ver, pero que no torea. De seguir así, tal vez acabe por esfumarse, por convertirse en un tipo normal. Después de una temporada en blanco, el 3 de mayo reaparece en Juriquilla (Queretaro, México), una placita con 4.000 localidades, en una corrida a la que ha accedido por acompañar en su despedida a Fernando Ochoa, un amigo suyo. ¿Por qué ese día? Porque le apetece. Las razones de sus decisiones y de esa temporada laten como un interrogante incluso para los suyos. Ni siquiera su equipo más cercano conoce qué pasará después del primer paseíllo.

En Juriquilla las entradas se terminaron en una hora. La cola daba la vuelta a la manzana, tan poblada que la policía de la ciudad tuvo que desviar el tráfico. Algunos pasaron 72 horas plantados en mitad de la calle, durmiendo al raso a cambio de dos entradas, solo dos. Era una de las condiciones que había impuesto el matador, además de que en el callejón no hubiera figurones, nadie sin una función.

Podría llenar tres ‘bernabéus’. Todos le quieren ver. Y eso se refleja en su caché: ahora pide unos 500.000 euros por tarde, pero hace un par de años, en Nimes, le llegaron a pagar más de un millón por encerrarse con seis astados. Es como una estrella del pop al que todo el mundo quiere escuchar, una mezcla entre los Stones y los Beatles, que apenas da conciertos y que nunca ha sacado un disco. Aplicado al toro, así es él. Con el escaso material videográfico que existe, hay aficionados que pueden presumir: «Yo vi le torear».

José Tomás se ha preparado a conciencia en el campo. Allí mata toros a puerta cerrada como si saliera a Las Ventas. Viste de luces, pasa los mismos nervios, hace el paseíllo, lo da todo en los pitones y después se atormenta con el resultado artístico. Es como una corrida normal, pero sin público: allí no hay curiosos y los invitados son los justos. Sus cercanos creen que en el zarzal psicológico de sus sentimientos y decisiones, tal vez ese rito solitario y casi secreto es suficiente. Como si le valiera torear para sí mismo.

Además de ese cierto desapego con las grandes masas y de su pésima relación con muchos de los empresarios taurinos, dos accidentes han condicionado su vida. En 2011 estuvo a punto de perderla cuando en Aguascalientes el toro ‘Navegante’ le abrió en la pierna una ventana al cielo. Necesitó siete litros de sangre mexicana y un milagro para no quedar cojo de por vida. Volvió en la temporada siguiente, que fue la más corta que se recuerda. A mediados de junio, anunció una corrida en Valencia, otra en Badajoz, otra en Huelva y otra en Nimes. Aquella fue una histórica matinal. Seis toros con once orejas, un rabo y un indulto. Después, en el campo, un toro le pisó un pie y la lesión, que se complicó, lo ha dejado apartado de los ruedos hasta ahora. Existe la posibilidad de que repita la breve temporada que dejó en aquel tintero de 2013: un par de tardes en Málaga, otra en Valencia y otra en Nimes. Otros maestros lidian 50. Ni tan siquiera estará en la corrida de Aniversario de Bilbao, una ciudad a la que ha dado calabazas con cierto escándalo. Las oportunidades de verlo en otras plazas son casi nulas. No torea en Zaragoza desde 2000, en Pamplona desde 1999 y en la Maestranza desde 2002. Comparado con el show que han montado otros matadores presentando sus ‘tours’ en grandes eventos -Morante salió del humo vestido de esmoquin en el escenario de la discoteca Joy Eslava de Madrid-, las mini temporadas de JT están tan fuera del sistema que casi parecen no existir. Hasta que tira una plaza ‘abajo’.

Que no esté anunciado como el resto de matadores en grandes ferias, expuesto a públicos exigentes y ante ganaderías más duras es un problema para una parte cada vez más importante de la afición. «No le queda otro remedio que dar la cara -reflexionaba el matador salmantino retirado Andrés Sánchez en un coloquio del Club Taurino de Pamplona-. Pero, ¿por qué no torea cincuenta corridas de toros? ¿Por qué no torea ‘miuras’ o ‘victorinos’? Se ha hablado mucho de la cornada gravísima que sufrió en Aguascalientes. Pues bien, a mí, a los 16 años, un novillo de Escolar me pegó una cornada que me seccionó la safena, similar, tan grave como la del madrileño. Y tiré para adelante, y toreé un buen número de corridas cada temporada». Claro que para muchísimos otros, estas palabras son un sacrilegio.

De pocos amigos

En esta etapa de su vida, el diestro de Galapagar ya casi ni necesita un apoderado. En febrero del año pasado prescindió de Salvador Boix, el músico, periodista y amigo al que encargó la tarea de representarle. Ambos apuntan que se aburrieron el uno del otro. Si hay otra razón de la ruptura, como tantas otras cosas, se guarda en la caja fuerte en la que vive el torero, un círculo pretoriano y reducidísimo. En ese club de confianza está Andrés, su hermano, que ahora se ocupa de los números, y Joaquín Ramos, que reclama lo que pide el matador en los despachos. También Nino, su chófer y camarada de la infancia con el que ve los partidos del Atleti, la pandilla de cuando era un crío en Galapagar y algún colega con el que juega al fútbol en Estepona. Aquellas amistades de cantantes, músicos y periodistas (gracias a los que la prensa lo comparó con Juan Belmonte y la intelectualidad española de principio de siglo), que lo pretendieron en los salones de los hoteles como un trofeo social, siguen ahí, pero los íntimos pertenecen a su infancia.

Ese ring en el que el matador pelea contra su propia leyenda es un lugar sencillo. Hay un ranchito en Aguascalientes, a donde viajó el lunes para hacerse al cambio horario, y una casa en Estepona. En el olimpo de este dios que lee a Hegel hay una mujer, Isabel, que conoció en una tienda de revelado, y un chaval que se llama como él, una bici para hacer kilómetros, algún libro sesudo y el bar del centro comercial en el que encontró a su media naranja, donde para de vez en cuando a tomar un cortadito. Salvo la costumbre de salir al ruedo a triunfar o a morir, todo en él es extraordinariamente común. Visto desde ese prisma esquemático, las maniobras de marketing de diestros como Morante, El Juli o Manzanares pierden el sentido. Su ‘stravaganza’ quizás termine por desvelarse como un curiosísimo aire de normalidad y los locos sean los demás.

+ Publicado en los diarios regionales de Vocento. La foto es de autor desconocido (por mí, al menos), de Reuters.

Yo creo a Esperanza

Yo de verdad creo que en ese momento a le pareció una buena idea pararse en la súper arteria de Madrid y dejar el Toyota familiar tirado en mitad de la calle. ¿Que a quién se le ocurre aparcar su coche en la Gran Vía? ¡A ella! Yo creo a Esperanza Aguirre cuando dice que solo se le fue un poco la olla y se puso con un puma panza arriba. Que supuso, como hemos supuesto todos alguna vez, que el agente en cuestión nos tiene manía y que no tiene otro pito que tocar que firmarnos un autógrafo. Comprendo el ‘No sabe con quién está usted hablando’, porque a todos nos ha salido del alma, al menos hasta que nos respondimos la pregunta antes de hacerla. Incluso creo a Esperanza Aguirre cuando dice que se largó tranquilamente a su casa después de derribar la moto de la Policía Municipal que estaba, según ella mal aparcada. Le creo hasta que pensara que la que estaba mal estacionada era la moto y no ella y que desoyó las sirenas y las advertencias de la policía hasta llegar a su casa, cosa que en el centro de Madrid ya no hacen ni los narcotraficantes en fuga. Creo todo esto porque Esperanza Aguirre es una fiera corrupia, un obelisco capaz de bailar la danza del fuego en el hall de un hotel de Bombay atacado por los terroristas, dar una rueda de prensa con ‘Manolos’ y calcetines, merendar un huevo duro viendo los toros en la andanada de Las Ventas, amortiguar a una mano la caída de un helicóptero y hasta retirarse de la política. A su lado, Chuck Norris –que ha mandado un telegrama- es un ‘boy scout’. De hecho, si Espe fuera hombre y no tuviera esa corrección ‘polite’ británica, andaría por ahí sacándosela. De verdad que la capacidad de absorber un litro de agua tibia por el recto de la que se ufanaba Camilo es un juego de niños al lado de la naturalidad con la que doña Esperanza se lía el pitillo de la realidad y se lo fuma dibujando aros de humo en el aire de la tarde. Concibo las tangentes, el infinito, la formación de las galaxias y las columnas de magma recorriendo el núcleo de la tierra sólo porque existe ella, vale, pero no me bajo de esto: tirar el coche en el carril bus de la Gran Vía para sacar pasta es para encarcelarla.  

Primavera y poesía ¡Toda la vida!

Con ternura,
con mis pulmones de una dulce palidez, llorada rosa
y avidez anhelante
que son casi dos niños enamorados del aire,
con asombro,
con todo lo que en mi cuerpo es aún capaz de inocencia,
pienso en los grandes animales melancólicos y mansos,
y en los pequeños, devoradores y tenaces.

También esos bueyes tuvieron
su piel lisa del tiempo de las rosas ;
pero ahora están cubiertos de una fría dureza,
de conchas y pequeños objetos milenarios.

Pienso en ellos y los amo
por el cansancio y la dulzura de su tristeza aceptada,
y los amo sobre todo
por sus ojos aplacados y su fuerza que no usan ;

pienso en las hormigas, siempre cerca de la tierra
naciendo debajo de su oscura lengua ;
pienso en los limacos resbalando
por su suave camino de seda y de saliva ;

pienso en todos los pequeños animales
y en los grandes también, que tienen algo
de tristeza de mar al mediodía ;

y pienso en los animales rubios y voraces
que, juntos, forman la alegría del domingo,
y en su pulso vivísimo que agitan
la brisa y el olor de los jazmines.

La hierba crece diminuta e irresistible
como lenta invasión de nueva vida.
Llega la primavera y las muchachas
tiemblan entre las grandes flores blancas y amarillas.

Con los pulmones abiertos respiramos el aire.
Los gritos, sin nacer, se miran extasiados.
El cerebro enternece por su muda blancura
de planta sofocada de gozos silenciosos.

Cierro los ojos para unirme con las plantas,
con todos los seres no nacidos
que, bajo tierra, siento ya que se agitan.

Cierro los ojos. Duermo. Mis pulmones
como dulces y vivos animales se estremecen ;
dentro de mí luchan sus pálidas raíces,
hacen quizá por desprenderse.

¡ Oh silencio infinito en el que siento
un escondido latir de imperceptibles gritos,
un tenaz y pequeño palpitar
de nuevas vidas hechas o nueva primavera !

¡ Oh manos diminutas moviéndose ose en la yedra !
¡ Oh primavera ! ¡ Volver ! Renunciar a lo que fui
para ser la nueva vida que crece ya bajo la tierra.

Gabriel Celaya

Corazón de Frankenstein

Empiezas por encogerte de hombros cuando te preguntan. «Pero defínete», te dicen, y sientes como si te apuntaran al pecho. Pasas el día en constante pelea contigo. En las vigilias inertes del insomnio puedes entender que ser uno ya no es posible y dejas de trazar rayas, de jugar a ser solemne. Firmemente crees una cosa y después crees firmemente otra. Hay dos o tres líneas rojas por las que quizás tengas que salir a matar algún día, pero las certezas son la llama de una vela que baila en la noche, un tiovivo de sombras cambiantes. Recuerdas con sonrisa comprensiva los lemas que pintabas en las paredes y escuchas con el oído ladino los discursos engolado de los rompehielos del pensamiento, los ‘tú hazme caso’, los ‘esto es así porque te lo digo yo’, los que todo lo tienen claro.

Al observar el mundo buscas el patrón de movimientos como si miraras durante horas un hormiguero de plástico. Comprendes que ya no eres nadie, solo el tipo que intenta descifrar esa despiadada matemática. Poseído por la fiebre de febrero, enfrentado al paredón de los mensajes rotundos del Carnaval del Falla y a la nostalgia de Macías Retes, comprendes que la culpa de este deshacerse la tiene el periodismo, haber nadado todos esos mares de carne desconocida que definió Leopoldo María Panero.

En el fondo, esa duda sencilla es más amor que cinismo. Brilla como una luz extraña y fluorescente que no reconoces, fruto probable de la radiación acumulada demasiado cerca de los núcleos atómicos de la realidad que has pisado: aquel puñetero tren, aquella bomba, aquel barco a medio hundir. Allí comprendiste la frialdad del psicópata, la soledad del huérfano, la dignidad del preso, el arrebato del héroe, la culpa del que se salva, la angustia del ahogado, el amor del que perdona y la humillación del torturado. Quisiste sentirlo todo para contarlo todo y perdiste el mapa de tu vida en el intento. Cada historia se ha llevado un pedazo de ti y te ha dejado una parte del otro, de todos aquellos otros a los que radiografiaste sin chaleco de plomo. Poco a poco, el periodismo te está dando un corazón de Frankenstein.


Publicado en La Voz de Cádiz.
http://www.lavozdigital.es/cadiz/v/20140308/opinion/corazon-frankenstein-20140308.html