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El segundo 61

La Tierra, como el capote de Curro Romero, puede acelerar inesperadamente su giro o a veces frenarse, como si burlara a las escalas y a los que lo tienen todo claro. Eso que llaman inmutablemente suelo no es más que cortecilla de sustrato sobre un revoltijo de corrientes magmáticas, viscosidades ardientes y plásticas que ralentizan o aligeran el compás del Planeta. Tener los pies sobre el suelo es de inconscientes.
Ajeno a esta fiebre y a este sudor frío, el planeta se retuerce en una ‘rave’ salvaje y mineral sobre la que circulamos a menos de 50 por ciudad. Ahora leo que esa digestión de puchero volcánico con pringá de magma nos ha regalado un segundo. Los relojes atómicos, que son los únicos que se preocupan de lo que de verdad importa, han detectado que el último giro terráqueo alrededor del Sol ha tardado una pizca más que se añadirá a los relojes de 2015. El 31 de diciembre tendrá 23:59:60, una cifra que solo escrita es ya un ajuste de cuentas entre matemática y poesía.
La primera vez que sentí morir el verano fue durante un atardecer que me cogió niño, solo, fuera de la ley y encaramado sobre un cerezo francés, como un zorzal bandolero. Después aullé ‘¡Pobre de mí!’ en aquellos sanfermines devorado por el sueño y el vacío y con la realidad en ciernes como el hongo cercano de un ocaso nuclear. En esos momentos de hambruna vital nunca imaginé que unos geofísicos de los que no conocía ni la existencia me iban a hacer semejante regalo. ¡Una vida en un segundo! ¿En qué emplearlo? Pensar dos veces, besar, apostar, saltar al vacío, llamar por teléfono, apagar la luz, dar un portazo, disparar, comer, apedrear una ventana, gritar, vomitar, beber agua, hacer el amor, quitarse la vida, encender un Lucky, saltar, darle el pecho a un toro, buscar un adjetivo, gritar ‘¡Dame la pasta o te mato!’, sudar, correr, agachar, dormir, saltar, salivar o morir. Quizás solo acierte a dejar pasar ese segundo, a soltarlo como el globo de un niño y ver cómo se hace pequeño en el cielo, como si fuera un desplante ante la cuenta atrás de lo que nos queda, que siempre es poco. Haré pretendidamente nada. El 61 será una salva de honor por todos los segundos que desperdicié, inconsciente, finito y caduco, sí, y también libre.
Artículo publicado en Diario Sur.
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Murieron en una imprenta

Esto se escribe al humo de los cañones. Aún llega hasta aquí el olor ácido y metálico de la pólvora y la sangre. Ojalá no hubiera muerto nadie, ni siquiera los hermanos Kouachi, esos dos perros de Dios que le adelantaron el miércoles la hora de cierre a los compañeros de ‘Charlie Hebdo’. Que dispararon al corazón del Occidente que hoy mismo pone a parir a Occidente sin pensar que Occidente es lo que es, entre otras cosas, porque se puede decir que Occidente es una basura sin que nadie de Occidente te vuele la cabeza. Al lío: no deja de ser irónico que dos tipos comenzaran el miércoles reventando a tiros la redacción de un semanario y la hayan terminado secos al atardecer en las instalaciones de una imprenta. Como si el destino vengara a todos los periodistas asesinados, a todos los libreros muertos. Como si al terminar las negociaciones, el humo que se elevó sobre el techo de la nave de Dammartin-en Goële fuera el de todos los libros que ha quemado el hombre.
Al caer la tarde, al tal Amedy, metido a yijadista para desgracia del Islam, se le fue la vida en una tienda de productos ‘kosher’, entre bagels, masot, haroset, carnes bañadas en sal de animales sacrificados según los códigos sagrados de la sehitá y toda esa comida sobre la que él mismo habrá escupido tantas veces. Era el protagonista de su propia paradoja. Se acabó. Toda esa lúgubre fanfarria y esa olimpiada del horror fueron en vano. De su epopeya religiosa ya quedan solo los sollozos de algunas madres, incluidas las suyas, y un continente que es aún más libre que el martes. Las palabras y los pensamientos, igual que el agua, son difíciles de contener.
Quizás no escucharon a Georges Brassens, que recomendaba morir por las ideas, pero de una muerte lenta y por eso dejaron esos cadáveres que son tan grotescos como los de los infieles que mataron. ¿Justicia poética o divina? Ninguna, porque no hay justicia en la revancha absoluta de la muerte, pero hay que tener ojo al vengar a Dios porque, a veces, Dios es un cachondo.

Pearl Harbour en Paris

En Europa nos permitimos el lujo de olvidar demasiado pronto la sangre en las redacciones. En los medios, hasta la guerra puede ser rutina y de pronto, fuera hay un ruido y llegan los tiros, los golpes, dos capuchas, los gritos desesperados y el silencio de la parada cardíaca. En realidad, con toda su golfería y su irreverencia, cuando los perros de Dios entraron ayer a la redacción parisina de ‘Charlie Hebdo’, asaltaban en el corazón de la libertad de expresión, que es el miocardio de este Occidente nuestro. Matar por religión en la ciudad de la Bastilla… Disparar contra una opinión en la ciudad de Voltaire es el ‘Pearl Harbour’ de nuestro ADN como pueblo, un ataque en la mismísima piedra de toque de todo lo que somos. Y que por cierto no son ellos. Por eso lo hacen. Qué absurdo, qué dolor y qué vergüenza.

No se trata de locura, ni de desconocimiento, ni las religiones, así en general, tienen la culpa de esta vaina. No se confundan. Esta es una guerra por la civilización en la que usted y yo estamos hasta las cejas. Cargarse a doce tipos por una viñeta tiene su aquel como maniobra efectista, pero como castigo de los infieles, es una charranada. Nunca se leyeron tanto los cómics sobre el Profeta y ayer cientos de humoristas tomaron el lápiz caído de los compañeros. Los de ‘El Mundo Today’ publicaron un artículo delicioso en el que se confirma la bondad del dios de los musulmanes. Se titula ‘Alá es la polla’.

Alguien en Siria o en Toulouse pensó que para conseguir callar a esos tipos había que matarlos, y tenía razón. No los callaron vivos. Cabu, Charb, Wolinski, Bernard… A las once llegó la muerte y adelantó el cierre. Se la vieron venir de frente con su paso cansado y le ofrecieron una silla. «No tengo hijos, no tengo mujer, no tengo coche, ni crédito», dijo el director Sébastien Charbonneau, el jefe de la tribu de los héroes del dibujo por el que preguntaban ayer a gritos antes de descerrajarle un tiro. ‘ Gloire aux héros’. Somos gente baladí, pobre y un punto inconstante, pero cuando se acorrala a un periodista, se tira al cuello como las ratas. Su problema es que hay muchas ratas. Somos más ratas que balas, así que venga su guerra santa. Les estamos esperando.

Retrato de familia

La verdadera obra de arte de Antonio López ha sido tardar tanto. Ha pasado veinte años retratando a la Familia Real, una heroicidad en mitad de la sociedad de la economía de la atención, una selva hecha de impactos de información cada vez más cortos y sencillos como capítulos de Peppa Pig. Pintó a partir de una fotografía de unos sujetos que a punto estuvieron de durarle literalmente menos que el trance creador. El genio ha dicho que se lió un tanto en la definición de las distancias entre los personajes, que es el quid de cualquier familia, y más de esta donde nada es lo que parece y en la que circulan individuos como electrones de los que se conoce la posición o la velocidad, pero nunca ambas al mismo tiempo.

En casa colgaba un retrato fotográfico de la familia en un salón enorme con tres generaciones junto a un mirador al Boulevard de San Sebastián. Veinte años después, adivino en él las tensiones entre cada uno e intento recordar el tacto de los que ya no están. Mi padre y yo vestíamos pajarita y nadie sabía que a partir de esa foto saldríamos todos disparados a través de la luna del coche de la vida.

En realidad, en su obsesión por lo perfecto, Antonio López reflexiona sobre el paso del tiempo. Sobre si es posible permanecer. «Conozco bien el comienzo del trabajo. Acabar no sé en qué consiste», ha dicho el artista, que también soltó esta frase que podría tatuarme en el pecho si es que algún día me vuelvo a emborrachar: «Si lo quieres ver bien, en un árbol está el mundo entero2. Recuerdo una media verónica de Curro Romero en Sevilla por la tele. Al embarcar al toro, un tipo en la barrera se tapó la cara, echó el cuerpo hacia atrás, giró la cabeza de gozo y de dolor, volvió a mirar al torero y aún le dio tiempo a presenciar el remate del lance lentísimo, preciso, recogido, salvador, sosegado y a la vez eléctrico, como un desfibrilador. Aquel capotazo eterno fue circunstancia e infinito, que son los dos polos entre los que nos descomponemos. Tal vez ese retrato sea un canto a la esperanza y Antonio López, un dios terreno. Quizás en un instante se pueda guardar toda una vida, como las piezas desmontadas de un tiempo quebrado.retrato

Qué mierda, Canito

canitoCanito es anciano, menudo, recio y lleva en la boca una lengua de demonio con la que jura y dice inmundicias aleatorias y bellísimas. Desde hace 75 primaveras se mueve armado de una cámara de fotos, con su metro cincuenta y ocho de altura asomando la gorrilla por las tablas como una tortuga pequeña y blanca que habita los callejones de las plazas de toros. Don Francisco Cano Lorenza, 101 años, superviviente a un siglo de tauromaquia, todavía tiene en los ojos el hambre que le hizo boxeador y después torero y después fotógrafo. Lo ha retratado todo desde que se empotrara en la cuadrilla de Luis Miguel Dominguín y bailara sobre las llamas del fuego del pecado, en Chicote o en América, cuando Manolete perdía los alamares con Lupe Sino y Arruza saltaba las tapias de los chalés de las señoras.

Ava Gardner, en lugar de Cano, le llamaba ‘coño’, y eso es ya más medalla que la Gran Cruz al Mérito Naval. En su mundo, la vida se jugaba cada tarde. Después, las recepciones se llenaban de indignados por el escándalo; arriba, los corchos del champagne marcaban los techos de las suites de los toreros. A la amanecida, impregnado de una grandeza fluorescente que aún le acompaña, volvía Canito a su pensión y a su santa.

Sigue trabajando. En el asa de su cámara hay más verdad que en algunas ferias de agosto. Hasta ayer conducía a 200 y aún sublima la vida en una siesta de coche, un vaso de Las Campanas (lo bebía con Hemingway), una paella blasfema, una falda y una cacha al aire. Homenajeado contra pronóstico con el Premio Nacional de Tauromaquia (merecía el de Fotografía), forma parte de esa legión de tipos insólitos forjados en los rincones fecundos de la fiesta de los toros. En ese escenario infinito que algunos de ustedes desprecian como ‘la España de pandereta’, perdieron y brillaron como antihéroes de cómic, reales como un dolor de muelas. Yo en algún momento de mi vida quise ser cada uno de ellos. Ahora se apagan poco a poco, asediados por lo ‘cool’, las biografías de Steve Jobs, un positivismo pegajoso de lunes y cierto ‘pensiero debole’ mal entendido que adora todo menos lo propio. La belleza hoy es una fotillo de un atardecer coloreado en un muro de Facebook y la verdad, una cita de Coelho. Qué mierda, Canito.
Columna publicada en Sur de Málaga el 6 de noviembre de 2014. La foto es de Andrés Rodríguez http://esquire24h.blogspot.com.es/2010/07/con-el-maestro-canito-en-pamplona.html

Populismo

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Cuando decían los índices bursátiles que estábamos bien, se repetían de moda algunas frasecillas de anuncios. “Hola, soy Edu, feliz Navidad”, “Si bebes no conduzcas”, “Pezqueñines, no gracias”… Con las crisis, las palabras de moda se nos meten en la cabeza como una viruta de metal en una córnea: prima de riesgo, escrache, casta, populismo. Esta última es la más pegajosa. Es una palabra cambemba, porque nunca se termina de definir y se lanza al aire sin terminar, sin hacer, como un estornudo.

Populista es a día de hoy, todo lo que diga la gente de Podemos, cosa que resulta tan absurda como pensar que todos los demás es casta. Populismo es ya no se sabe ese qué que suena a voto fácil, a medida descabellada, ¿y a Venezuela, a bolivariano, a coleta? ¿a camisa de Alcampo, a perroflauta? Cada cual le suma una connotación: Puerta del Sol, zapatillas de deporte, Diosdado Cabello, bocata de Nocilla.

En un sentido positivo, populismo define las medidas que le dan más peso y más poder de decisión al pueblo. Usado como insulto, consiste en entregar promesas encaminadas a ganar la simpatía de los votantes para conseguir un fin último: subvertir el estado de derecho sobre el que reposan justamente las libertades de los votantes y desbaratar una nación en beneficio propio.

Es curioso quiénes usan más la palabra porque en rigor, lo de las promesas, los discursos vacíos a favor del viento de las encuestas, las cosechas de votos a cambio de proyectos que la población no necesitaba y que terminaron con la bancarrota de una nación, ese instalarse en las poltronas del poder para enriquecer ilegalmente a uno mismo y a una camarilla, el uso del estado de derecho para ponerlo al servicio del clan, todo eso tan supuestamente populista de lo que nos alertan los dos partidos mayoritarios, es lo que en parte han venido haciendo esos dos partidos mayoritarios en las últimas décadas de la historia de España.

En las cubiertas de los barcos hay que tener cuidado y no hacer pis a barlovento, pues uno se puede mojar los pies.

Todos son Francisco Nicolás

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De un negocio, del fin de la crisis, de la casta, de pagar menos en la factura de la luz, del nuevo periodismo y de no sé qué de tu mundo interior: el planeta está lleno de tipos que dicen saber de todo. Solo me encontré a un entrevistado que se encogió de hombros. Juan Pablo Fusi ya solo creía en la extrema complejidad de las cosas, y me lo dijo yéndose por un pasillo como el que le pega una patada a una papelera.

España es olímpica en tiro de pegote. Siempre hay un Francisco Nicolás fingiendo que sabe, que tiene, que conoce a fulano y que mira a la cámara. Solo en Madrid, calculo tres docenas de ellos: cazan entre dos luces tirándose el rollo en los gimnasios ‘cool’, en el Bernabéu, en el bar del 9 de Las Ventas o en los reservados del Hot, enorme puticlub donde se dice que era parroquiano el chaval.

Muchos de los que leen su historia pretendieron alguna vez que eran otra persona de la que realmente eran. Incluso quisieron mostrar que eran ellos mismos lo que fue, con toda probabilidad, la mayor mentira de todas. Yo después de 14 años de periodismo ya no sé quién soy, ni me importa. Veo en ‘Frankie’ un pequeño ‘urdangarín’, un cachorro gestado en treinta años de pelotazo que hace lo que sus mayores. Muchos llevan dentro uno como él desde que mintieron en el nivel de inglés del currículo o le recitaron a una chica esos versos que escribió Celaya a Amparo Gastón: «Indecisa y cambiante, ¿eres amor o muerte?». Ahora le llaman a eso ‘postureo’, que es indulgencia ante la impostura: pretender que eres deportista, pescador de tiburones, emprendedor, optimista, ‘fucker’ y que tienes cinco ideas buenas al día, lo que resulta del todo punto imposible (lo de las ideas).

No estudió en Cunef, pero Wilde dijo que había que ser uno mismo, pues todos los demás papeles están ya ocupados. Quizás ‘Frankie’ solo quería ser él, ser alguien, con esa cara de ameba bien peinada que tanto atrae en el backstage del poder en España. Tonto y ‘pesao’ eran las dos cualidades que según mi padre necesitaba un hombre para ser ministro.

Publicado el 23 de octubre de 2014 en Sur de Málaga.

El espejo de Lhardy

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Foto de Elvira Megías.

Entrando, a la izquierda, se erige una croquetera de cristales empañados por el rescoldo de bechameles recién hechas. Más allá, reluce una ‘bouillore’ que dispensa un consomé sabroso y sin una sola partícula en flotación. El fondo del Lhardy lo preside una mesa de mármol blanco con tres bandejas de plata en la que se ordena un ejército de copitas y vasos, y en el centro, un samovar ruso de mitad del XIX lleno de agua fría se eleva hacia el cielo como un hongo nuclear de plata clara. Detrás, doce botellas de cristales de bohemia para los vinos generosos, un marco dorado de madera y un espejo grande. Las manchas color mercurio y los rayones de los cientos de miles de limpias han comenzado a velar el cristal, pero todavía se refleja en su impasibilidad la tienda con sus lámparas, los dos mostradores y al fondo la carrera de San Jerónimo con su distinguida actividad crepuscular que late entre el Congreso de los Diputados y la Puerta del Sol. Si uno se para allí, se pierde la perspectiva porque en ese espejo se han mirado pintores, literatos, presidentes del gobierno, reyes, reinas, toreros y copleras y putas de todo pelaje. Son tantos que ponerse a portagayola de ese túnel del tiempo, como escribió Azorín, es difuminarse en la eternidad. Solo él permanece. 175 años después de que lo colgaran, Lhardy sigue en marcha tal cual lo abrieron, como una cápsula de memorias en un país condenado a olvidarse a sí mismo cada cierto tiempo. «Esto es un milagro».
Lo dice Milagros Novo Feito, gerente junto a Pablo Pagola Aguado y representante de una de las dos familias propietarias. Se explica con un tono que lo mismo podría aconsejar a un ministro sobre una invasión terrestre que consolar a una adolescente despechada y así cuenta esta historia que comienza en 1839, cuando un francés llamado Emile Huguenin, que había sido reportero, montó un restaurante en Madrid. Era el primero a la francesa. Le puso el nombre de su local parisino, L’Hardi (el audaz). Semejante montaje era una locura, pero el asunto tuvo tal éxito que cuando Huguenin murió, los periódicos ya dijeron a toda página que había fallecido ‘Emilio Lhardy’.
Sorolla y Benlliure
En aquellos años, el samovar guardaba agua fría como ahora, pero entonces el hielo lo traían de los neveros de la sierra madrileña en un carro. La fachada era la misma que hoy, diseñada con estrellas doradas de David y madera de roble de las Antillas y el primer hombre importante de todos los que pusieron su mano en ese pomo fue el marqués de Salamanca, un tipo que sabía vivir y una de las grandes fortunas de aquella España. En su casa –el Palacio de Linares– no había cocina. ¿Para qué? Si todo lo que comía era de Lhardy.
El hijo de Emile, Agustín, era pintor, así que se trajo a la bohemia a la casa. Lo cuenta Milagros camino de la vivienda (en el piso de arriba) en la que ella misma nació mientras sube los 96 escalones de una espiral narcótica que va desde la luz de abajo a la oscuridad de las plantas altas en un recorrido inverso. Como si toda la luz se hubiera guardado para los comensales y lo demás no importara tanto. Desde el más allá de un marco de foto mira Rufino, un antiguo maitre «clavadito al Conde Drácula pero que era muy bueno el pobre». Allí arriba vivía Pablo Sarasate, que no tenía piso en Madrid, pero sí cama en la casa. Allá pintaba Sorolla, toreaba de salón Mazantini, componía Tomás Bretón, canturreaba La Chelito y Mariano Benlliure jugaba a hacer pequeñas figuras de porcelana para los roscones de Reyes. Agustín tuvo una idea para alimentar a toda esa bohemia salvaje que en sus comienzos llegaba larga de espíritu y cortísima de bolsillo y parió dos versiones de platos que hacen, aún hoy en día, que Madrid sea Madrid: los callos y el cocido (35 euros por persona y tarifa plana).
Todo eso se come en el segundo piso, después de un pasillo de madera en el que circulan camareros de esmoquin que evitan la trayectoria de los clientes ante una hilera de 32 percheros en los que colgaban hasta ayer chisteras, capas de militares y de obispos. Milagros recuerda al general Millán Astray voceando con su uniforme y ella, de cría, pasando al lado «así, rapidito». Da a la Carrera de San Jerónimo el salón Isabelino, el más grande, soportado en su conjunto por dos columnas de metal y un papel de pared que ha visto pasar tres siglos. Hay allí más plata que en Nueva España. Sobre las sillas, un terciopelo carmesí en el que ha puesto el culo toda España menos Juan Carlos I, que nunca fue a comer. El lugar está tan bien parido que nunca necesitó reinventarse.
Las primeras mujeres paraban con el coche de caballos y los lacayos les arrimaban el jerez y los emparedados (no perderse el de lechuga que lleva lechuga, mayonesa y pan), pero se fueron acercando poco a poco y el restaurante terminó por ser el único en el que no estaba mal visto que las damas fueran sin caballero. Todo lo demás es una selva pintoresca, una mina de historias que brotan al azar. Por ejemplo, hace cien años que una asociación de escoceses celebra allí una comida anual. Entran muy guapos y formales con sus kilt y salen escalera abajo con más de una botella de whisky por cabeza. Allá ha cenado Sabina con Raphael, los de la Real Academia de la Lengua, Antonio Ordóñez, unos cien premios Nobel y Loquillo sin tupé.
Los cuernos de la reina
Bienvenidos al mayor conciliábulo de la historia de España. El salón oriental está igual que lo inauguraron, con una lámpara china gemela de la de la casa de Victor Hugo en París, un papel de pared rojo oscuro y unas cortinas bordadas hasta el paroxismo que han ennegrecido el humo de un millón de habanos. En ese espacio mágico comenzó a circular con suculenta elegancia la ternera estilo príncipe Orloff, el gamo a la austriaca o el soufflé surprise, que lleva merengue al horno, bizcocho y helado, que aún se sirve ‘fricaliente’. En ese salón comía Isabel II «con sus conquistas» mientras en el salón isabelino, dos hombres se retaban a duelo. Menos ese, los asuntos amatorios se diluyen en el silencio. Aquello es como Las Vegas: «Lo que pasa en Lhardy, se queda en Lhardy». Salvo esto: de la pared cuelga un marquito con un recorte de prensa del ‘Heraldo de Madrid’. La nota data de la Segunda República y dice así: «Merece destacarse por su picante donosura la escena del reservado del Lhardy donde la coronada –Isabel II–, después de regodearse cumplidamente con ‘el pollo de Antequera’, se dejó olvidado el corsé».
En esa mínima sala celebraba los Consejos de Ministros oficiosos Miguel Primo de Rivera. En esa misma mesa se designó que ascendiera a la presidencia del Gobierno Alcalá Zamora, y también cenó Mata Hari antes de ser detenida. Todo ocurrió allí. Para hacerse una idea del calado histórico del lugar, los libros de sala se guardan en la Biblioteca Nacional.
La disposición de los cubiertos, la dimensión de los platos, todo habla de otro tiempo, una época en la que se entraba en los restaurantes a comer como sultanes y no como supermodelos de morritos y selfie. Todo resulta delicioso por ser extemporáneo, casual, tan improbable como que los trabajadores se hicieran con el templo de la aristocracia. Sucedió en la tercera generación de ‘lhardys’. El yerno de Agustín, que era inspector de Hacienda, se hartó del negocio y se lo vendió a los Feito y los Aguado que ven como la moda, el mundo, los bancos, todo amenaza su minúsculo ecosistema castizo. Sigue ahí, vivo con sus secretos en las tripas de la metrópoli porque tiene «un ángel de la guarda». Durante la Guerra Civil, en la Carrera de San Jerónimo las bombas abrieron cráteres «como piscinas», pero la casa se libró. En la buhardilla que espera al final del hueco oscuro de la escalera encontraron una sin estallar, como un símbolo de su suerte. Ahora no saben si les hará explotar la crisis económica.

Publicado en la sección V de reportajes de los regionales de Vocento.

Saah Exco

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Se llamaba Saah Exco y tenía 10 años. En agosto apareció enfermo en una playa de Monrovia, desnudo, abandonado después de salir o escapar de un moridero de ébola en el que dejaron de abrazarle una madre y un hermano. La muchedumbre lo sentó sin ponerle una mano encima en un cubo verde vuelto en mitad de la calle con las manos entre los muslos y le echaron a los pies cuatro ropajes que se puso él mismo con la mirada arrasada de asombro. No sé si llegó a comprender algo. Espero que no. Supimos de él porque David Gilkey [fue John Moore] le hizo unas fotos. Después, se resguardó en un rincón y allí sobre la arena y una caja de cartón plegada, se echó a morir. En dos meses, nadie ha osado tocarle por miedo al virus del ébola.

En un centro al que lo acercó algún héroe, Saah se fue más o menos a la misma hora en que sedaban al perro Excalibur en un piso de Alcorcón y un centenar de personas se pegaba con la Policía para que no entraran los veterinarios a la casa de la enfermera. Las velas que portaban eran para el perro, no para el niño, ni siquiera para su dueña. Todavía, a ratos, es como si lo escuchara llorar y me da asco esta silla, este teclado, esta casa, este carro de la compra, estas manos y esta escala de valores enferma sobre la que danzamos a la espera de que termine tan absurda función. Detesto estos amores animales que maquillan el desprecio al ser humano, esta política, este zoom, este boom y este crash. Mi propia supervivencia me enloquece y me empuja a salir a la calle a arrancar los sombreros a los viandantes y a apedrear neones y farolas. Hoy reniego de toda la luz y maldigo la alegría. Los amaneceres, y las fiestas y los besos de los adolescentes, la delicadeza con las que se posan las gotas de rocío sobre la hierba, la perspectiva de los mapas, el sonido del agua y cualquier rastro de primavera, todo eso, digo, debería estar supeditados al gemido de Saah y a sus semejantes que mueren en los rincones, pequeños fantasmas asustados que gritan sin sonido el aullido infantil de nuestra vergüenza.

Esta columna se ha publicado el 11 de octubre de 2014 en La Voz de Cádiz. La foto es de John Moore. http://www.johnhmoore.com/

Colmillos de sangre

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En el condado de Laikipia, al oeste del parque natural de Monte Kenia, la tierra se derrama en suaves colinas. «Miles and miles of bloody Africa» (millas y millas de la ‘jodida’ África), sentencia lacónico el piloto keniata Phil Mathews, un tipo que recuerda al aventurero y cazador Denys Finch Hatton (1887-1931), aunque con camisa hawaiana y una espalda como la cubierta de un portaviones. Su helicóptero es una alfombra mágica sobre las lomas mansas y las crestas engalanadas de piedras rosadas. Abajo, un pequeño valle poblado de jirafas, cebras de grupas polvorientas, elefantes como rocas viejas y, más allá, un cerro discreto. Es una pequeña elevación, abrigada por una manta verde de acacias silbadoras y crotones, entre cuyas copas se alimentan enjambres de abejas y vuelan palomas de Guinea veloces como saetas de ojos rojos. Desde la altura del helicóptero, todo ese esplendor sobre la hierba parece en paz, como si el mal le fuera ajeno. Como si no existiera la infamia y, sin embargo, sobre esa colina asesinaron en junio a Denis: tenía 28 años y dejó dos huérfanos en el lago Baringo. Aquella última tarde, se bajó del coche para hacer su patrulla y los furtivos pensaron que los había descubierto. Cuando sus compañeros se alejaron en el todoterreno, lo ametrallaron con un AK-47 sin avisar y murió desangrado en el suelo de un Range Rover que volaba sobre los baches hacia la consulta del médico más cercano.
El suelo en Laekipia es tan rojo que los charcos de sangre ni se notan, pero en África se libra una (otra) guerra fría, cruel y silenciosa: rangers del Estado y grupos paramilitares financiados por particulares contra los cazadores furtivos que hacen negocio con los colmillos de elefantes y rinocerontes. De momento ganan los malos.

La escena comienza en algún lugar de China. Alguien hace un pedido de marfil y entra en funcionamiento la mafia que trabaja en África. Los que controlan el comercio de los colmillos de sangre en Kenia son los mismos que dirigen los cárteles de la droga y el tráfico de personas. No son más de cinco hombres, explica Max Graham, una especie de Tarzán de 36 años que ríe como un trueno y que abandonó Cambridge y la alta sociedad inglesa para salvar elefantes con la ONG Space for Giants. La orden baja por la oscura jerarquía del crimen hasta la escala más humilde. Entonces, hombres que se ahogan en la miseria salen a matar por 77 euros el kilo de marfil. En China se pagarán 775 y las tallas se venderán por 15.500. Mejor negocio es el cuerno de rinoceronte: en los países asiáticos se cotiza a 50.500 euros el kilo, el doble que el oro. Creen que cura el cáncer, que sirve de afrodisíaco –está probado que no es así– y los ricos vietnamitas lo esnifan en fiestas como símbolo estúpido de su estatus.

Un ranger en Kipalo, en las Montañas Nbulias, Tsavo.

Un ranger en Kipalo, en las Montañas Nbulias, Tsavo.

A miles de kilómetros de allí, en la sabana, los furtivos se mueven entre dos luces, en los primeros minutos de la noche. Disparan, cortan las cabezas con hachas –a veces con el animal aún vivo–, dejan el cadáver del paquidermo a merced de la fauna y se llevan los colmillos. Ponen tierra de por medio hasta las ciudades más cercanas, como Nanyuki, luego a un puerto como Mombasa y por mar hasta Asia siguiendo las mismas rutas que usa la droga. Este negocio necesita la depurada maquinaria de las mafias, infiltradas en las fuerzas de seguridad, en los servicios de protección de la naturaleza y, resumiendo, en todas las esferas del poder, según Graham. Nadie se explica si no que salten una valla en el lugar exacto, hallen el elefante, despiecen los colmillos y desaparezcan en menos de veinte minutos. En este ‘mapa’ del crimen hay cuatro niveles: los peces gordos, dos niveles de intermediarios y los cazadores, que son los parias del asunto, los que matan y los que mueren. «Hay muchos furtivos muertos y detenidos, pero de los tipos de arriba, ninguno. Es increíble», se extraña el director de Space for Giants.

La verdad es que en esta guerra sobran muertos en los dos bandos. Ambos están armados hasta los dientes y el primero que ve al otro, dispara. No hay preguntas ni estadísticas. John Mutiso, un kikuyu que lidera un equipo armado en Tsavo, dice sin inmutarse que no le gusta «llenar de gente los hospitales». «Si te veo yo antes, estás muerto, amigo», advierte con una carcajada y un palmetazo en la espalda. En los últimos años ya se ha llevado por delante a quince almas. El reguero de cadáveres sube de nivel como una riada creciente: se calcula que en África mueren entre 100 y 200 rangers al año. Desde 2004, han caído 150 solo en el parque de Virunga, entre Ruanda y el Congo.

De los delincuentes no se tienen cifras fiables. Hay que tener en cuenta que esta es una guerra fría en la que los bandos se mezclan y en la que juegan espías y hasta agentes dobles. El asunto resulta turbio como las aguas de chocolate del Río Mara. Muchas historias de furtivos, sobre todo en países de Centroáfrica como elCongo, terminan sin rastro, con cadáveres sin lápida digeridos por buitres y cocodrilos. «Se llamaba Thomas. Era un masai y durante los años de mi doctorado trabajó para mí como ayudante de campo. Reímos juntos y también peleamos. Fuimos dos amigos. Un buen día perdí contacto con él. Me dijeron que desapareció, pero me enteré de que era un intermediario y de que lo habían matado. Fue otra víctima de este conflicto», recuerda Max Graham, mientras cae la noche en las inmediaciones de Monte Kenia. Una hora después, a las once y media, sonará un disparo y un ejército de hombres pasará horas contando rinocerontes a oscuras.

Uno de los elefantes de Enasoit, en Laikipia.

Uno de los elefantes de Enasoit, en Laikipia.

Un tiro en el estómago

¿Qué ha cambiado en esta historia? La oferta, la demanda y también el tamaño de las pistolas. Todo. Para entenderlo hay que remontarse 40 años, cuando los propios cazadores se dieron cuenta de que las capturas sin control estaban terminando con la naturaleza en Kenia. Así que los grandes ‘hunters’ cambiaron de bando y la cosa se puso fea. John Clark recuerda cómo en 1977, con 17 años, supo que un furtivo había matado a su padre Ken durante una persecución por el rancho Galana, una finca del tamaño de Cantabria al oeste del país. Las radios se volvieron locas cuando su hija Caroline comunicó con la voz entrecortada que su padre había recibido un tiro en el estómago y que había abandonado el rancho en su coche. Ese día se bebió en las barras calladas de los clubs de Nairobi, donde Clark era un tipo respetado. El escándalo fue tan grande que el Gobierno de Kenia tuvo que hacer frente al problema. Potenció el cuerpo de rangers del Kenia Wildlife Service, que hasta este mes tenía 500 soldados en el terreno, y licenció en su academia de Tsavo a 560 nuevos cadetes. «Cuando falleció mi padre, algo cambió. Quiero creer que con su muerte hizo el último servicio a la naturaleza de este país. Por eso me dedico a cuidarla», explica John Clark entre el zumbido atroz de un grillo y el llanto de las cebras, en una noche de tormenta que no termina de descargar. Ahora ejerce de manager en Enasoit, un rancho en Laekipia, y organiza cruceros para una empresa de lujo de la que dependen varios proyectos de protección de la vida animal.

La plaga del furtivismo se cebó especialmente con el país hasta mediados de los 80. La muerte de elefantes fue remitiendo junto a la industria asiática del marfil hasta 2010, cuando este fuego prendió con más virulencia. Las cifras de hoy narran una catástrofe: cada año se matan ilegalmente en el continente un 7% de los elefantes, unos 30.000 al año de los 400.000 que quedan. Uno cada 20 minutos. Y el tiempo se acaba. Graham calcula que en cinco años habrán desaparecido estos paquidermos en Centroáfrica, que en diez solo quedarán las colonias más asentadas de Kenia,Tanzania, Uganda… y que el fin de la especie está cerca. «Si seguimos así, tú y yo veremos la extinción».

¿Pero qué despertó de nuevo a la bestia? Los especialistas señalan un suceso en concreto: a finales del año 2000, los países del Sur de África pusieron a la venta toneladas de marfil, en principio para obtener dinero para la lucha contra los furtivos, aunque el efecto fue perverso. «Lanzó al mundo el mensaje de que se podía comprar marfil legal –lamenta Graham–. Abrió un mercado regulado que cobija a otro ilegal. No hay tanto marfil para todo lo que se vende». El auge de la clase media de China y su afición por el oro blanco como forma de presumir de su estatus ha terminado de disparar la demanda.

Daniel Mwaniki y el equipo de rangers privador de Ol Pejeta, en Laikipia.

Daniel Mwaniki y el equipo de rangers privador de Ol Pejeta, en Laikipia.

El mercado ha cambiado, pero también las formas de defenderse. Hace cinco años los furtivos no tenían fusiles de asalto AK47 y los rangers peleaban solos, sin el apoyo de los ejércitos privados de seguridad contratados por los rancheros keniatas y las ONG de protección de la naturaleza. Hoy, cada uno de los soldados privados de Daniel Mwaniki lleva un equipo con un rifle HK G3 que mata a 600 metros de distancia, visor nocturno, mira telescópica, perros de ataque y equipo médico para operar en plena sabana. Tienen licencia para matar, pero funcionan al margen del Gobierno. Protegen un rancho con 70 rinocerontes que gasta millones en seguridad. «Ellos están equipados, nosotros también», dice Mwaniki, un tipo de metro noventa con cara de pocos amigos. En la finca hay un puesto de mando militar en el que se controlan por GPS las posiciones de decenas de guardias. Si salta la alarma, les basta pulsar el botón de la radio y el escuadrón prende como un avispero tras una patada. Batian Craig ha creado este equipo, que ofrece gracias a la ONG Space for Giants protección para todo el condado de Laikipia a través de equipos de respuesta rápida.Craig y su empresa, 51Degrees, forman paramilitares por todo el país con tácticas y antiguos soldados de las S.A.S (fuerzas especiales británicas).

La lucha, sin embargo, va más allá del enfrentamiento armado. De cada 77 euros que llegan a estas compañías, 20 se usan para pagar al personal, 20 para mejorar los equipos y 37 para labores de inteligencia. Tugurios, poblados y las propias mafias están infiltrados de espías que tratan de averiguar cuándo se producirán los ataques y quiénes son los culpables. El teléfono de un furtivo es una pista impagable: gracias a los registros de las llamadas trazan una tela de araña de contactos. Un programa informático analiza los flujos de las comunicaciones y si repiten ciertos patrones, es hora de actuar: la mosca ha tocado la red y se prepara un ataque. Este es un terreno resbaladizo en el que nadie es quien parece, en el que los agentes pueden cambiar de bando y en el que la información es carísima. Hace un mes, los soldados de Craig capturaron a dos furtivos y se incautaron de su botín de colmillos , pero dos escaparon y atravesaron con una lanza al jefe del poblado: sospechaban que había dado el chivatazo. Se salvó porque lo fueron a buscar en un helicóptero.

El turismo, la salvación

El río Ng’are Narok serpentea en giros perfectos la tierra colorada de Loisaba, como la costura de un balón de reglamento. Daniel Lentipo se asoma a ese escenario desde una meseta y recuerda su propia cicatriz, su brazo izquierdo retorcido en una pelea contra la muerte que le cambió por dentro. Sucedió en Maralal, su poblado en Samburu, cuando era un adolescente y se encontró con un elefante en su camino. «Me atacó y me hirió y desde ese momento quise saber más de ellos». Estudió para conocerlos y ahora es el responsable de un proyecto inmenso. Loisaba es una finca de 20.000 hectáreas que usan como corredor los elefantes entre los parques keniatas de Meru y Samburu. Desde abril ha identificado 700, muchos de ellos asustados y, otros, huérfanos por la caza. Su objetivo es crear allí un espacio seguro, pero para eso necesita una cantidad ingente de dinero. Space for Giants ha comprado la finca por siete millones de euros y restaurará el hotel de lujo que se quemó a finales de año. La única gasolina de este motor llega de organizaciones sin ánimo de lucro y del turismo, que se gestiona en un patronato con la propia comunidad local. La ecuación posible es esta: los turistas traen dinero, que se gasta en proteger a los elefantes, que traen más turistas que dejan más dinero, más trabajo, salud, educación y seguridad.

Daniel Lentipo, en el lodge destruído de Loisaba.

Daniel Lentipo, en el lodge destruído de Loisaba.

El balón en estos momentos está en el tejado de China: los gobiernos africanos son «demasiado débiles» para actuar. «Todo cambiaría si en África un presidente les dijera que están destruyendo el patrimonio del continente, pero eso no pasa», critica Graham. Esta batalla que se libra con el gigante asiático y con las embajadas de Occidente cobra su sentido cuando Daniel Lentipo recibe un sueldo de los elefantes y asegura el futuro de su comunidad. «Las personas deben sentir que los elefantes les benefician. Podemos ganar esta batalla de la seguridad, pero no venceremos esta guerra a largo plazo hasta que China deje de comprar marfil y la gente en África entienda que esos animales valen más vivos que muertos». Mientras tanto, los rangers patrullan los bosques de acacias, pero en una noche cercana, por esas colinas volverá a arrastrarse el eco áspero de un disparo, el disparo de un hombre desesperado por ganar unos chelines. El enemigo de los gigantes en la noche de Laikipia sigue siendo la pobreza.