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El hombre que sabía todos los versos

 

Me dijeron ayer que se murió Perujo por quién nos preguntamos en Granada hace un mes y ya no estaba. Qué mierda y qué tarde llegamos siempre. Ahora he encontrado este obituario que certifica el viaje de un miembro de ese cuadro de hombres fantásticos que heredé de mi padre y que fluye como un manantial entre las manos perplejas. Era un tipo enorme y delicioso, que sabía un huevo de toros y de perros, que era mezcla perfecta entre Wiston Churchill y Scaramouche y que estaba impregnado de literatura hasta los cuellos de la camisa. Mientras las mujeres bonitas del metro de Madrid pasaban página de sus libros de poesía, él les seguía el poema de memoria con los ojos cerrados y voz de trueno domado. Añadan a su obituario que Perujo era el hombre que sabía todos los versos.
Un abrazo, amigo.

La leyenda invisible

Desde hace años se ha ido desprendiendo de todo lo accesorio, de esos extras que no son esenciales para ser un matador radical. José Tomás comenzó por evitar las retransmisiones televisivas de sus corridas. Después eliminó de su agenda las entrevistas, se quitó de afeitarse, del petardeo social en el que nadan otros diestros, de las grandes fiestas y últimamente está casi a punto de olvidar cómo es torear en público. Hay metamorfosis con un final insospechado y la suya es una de ellas. Nadie sabe dónde terminará. Ese camino interior que recorre hacia la sublimación del arte, siempre con riesgo, como si fuera un asceta, le ha pelado el corazón como si fuera una alcachofa. Se ha ido descarnando hasta poner en peligro al propio artista: el torero que todos quieren ver, pero que no torea. De seguir así, tal vez acabe por esfumarse, por convertirse en un tipo normal. Después de una temporada en blanco, el 3 de mayo reaparece en Juriquilla (Queretaro, México), una placita con 4.000 localidades, en una corrida a la que ha accedido por acompañar en su despedida a Fernando Ochoa, un amigo suyo. ¿Por qué ese día? Porque le apetece. Las razones de sus decisiones y de esa temporada laten como un interrogante incluso para los suyos. Ni siquiera su equipo más cercano conoce qué pasará después del primer paseíllo.

En Juriquilla las entradas se terminaron en una hora. La cola daba la vuelta a la manzana, tan poblada que la policía de la ciudad tuvo que desviar el tráfico. Algunos pasaron 72 horas plantados en mitad de la calle, durmiendo al raso a cambio de dos entradas, solo dos. Era una de las condiciones que había impuesto el matador, además de que en el callejón no hubiera figurones, nadie sin una función.

Podría llenar tres ‘bernabéus’. Todos le quieren ver. Y eso se refleja en su caché: ahora pide unos 500.000 euros por tarde, pero hace un par de años, en Nimes, le llegaron a pagar más de un millón por encerrarse con seis astados. Es como una estrella del pop al que todo el mundo quiere escuchar, una mezcla entre los Stones y los Beatles, que apenas da conciertos y que nunca ha sacado un disco. Aplicado al toro, así es él. Con el escaso material videográfico que existe, hay aficionados que pueden presumir: «Yo vi le torear».

José Tomás se ha preparado a conciencia en el campo. Allí mata toros a puerta cerrada como si saliera a Las Ventas. Viste de luces, pasa los mismos nervios, hace el paseíllo, lo da todo en los pitones y después se atormenta con el resultado artístico. Es como una corrida normal, pero sin público: allí no hay curiosos y los invitados son los justos. Sus cercanos creen que en el zarzal psicológico de sus sentimientos y decisiones, tal vez ese rito solitario y casi secreto es suficiente. Como si le valiera torear para sí mismo.

Además de ese cierto desapego con las grandes masas y de su pésima relación con muchos de los empresarios taurinos, dos accidentes han condicionado su vida. En 2011 estuvo a punto de perderla cuando en Aguascalientes el toro ‘Navegante’ le abrió en la pierna una ventana al cielo. Necesitó siete litros de sangre mexicana y un milagro para no quedar cojo de por vida. Volvió en la temporada siguiente, que fue la más corta que se recuerda. A mediados de junio, anunció una corrida en Valencia, otra en Badajoz, otra en Huelva y otra en Nimes. Aquella fue una histórica matinal. Seis toros con once orejas, un rabo y un indulto. Después, en el campo, un toro le pisó un pie y la lesión, que se complicó, lo ha dejado apartado de los ruedos hasta ahora. Existe la posibilidad de que repita la breve temporada que dejó en aquel tintero de 2013: un par de tardes en Málaga, otra en Valencia y otra en Nimes. Otros maestros lidian 50. Ni tan siquiera estará en la corrida de Aniversario de Bilbao, una ciudad a la que ha dado calabazas con cierto escándalo. Las oportunidades de verlo en otras plazas son casi nulas. No torea en Zaragoza desde 2000, en Pamplona desde 1999 y en la Maestranza desde 2002. Comparado con el show que han montado otros matadores presentando sus ‘tours’ en grandes eventos -Morante salió del humo vestido de esmoquin en el escenario de la discoteca Joy Eslava de Madrid-, las mini temporadas de JT están tan fuera del sistema que casi parecen no existir. Hasta que tira una plaza ‘abajo’.

Que no esté anunciado como el resto de matadores en grandes ferias, expuesto a públicos exigentes y ante ganaderías más duras es un problema para una parte cada vez más importante de la afición. «No le queda otro remedio que dar la cara -reflexionaba el matador salmantino retirado Andrés Sánchez en un coloquio del Club Taurino de Pamplona-. Pero, ¿por qué no torea cincuenta corridas de toros? ¿Por qué no torea ‘miuras’ o ‘victorinos’? Se ha hablado mucho de la cornada gravísima que sufrió en Aguascalientes. Pues bien, a mí, a los 16 años, un novillo de Escolar me pegó una cornada que me seccionó la safena, similar, tan grave como la del madrileño. Y tiré para adelante, y toreé un buen número de corridas cada temporada». Claro que para muchísimos otros, estas palabras son un sacrilegio.

De pocos amigos

En esta etapa de su vida, el diestro de Galapagar ya casi ni necesita un apoderado. En febrero del año pasado prescindió de Salvador Boix, el músico, periodista y amigo al que encargó la tarea de representarle. Ambos apuntan que se aburrieron el uno del otro. Si hay otra razón de la ruptura, como tantas otras cosas, se guarda en la caja fuerte en la que vive el torero, un círculo pretoriano y reducidísimo. En ese club de confianza está Andrés, su hermano, que ahora se ocupa de los números, y Joaquín Ramos, que reclama lo que pide el matador en los despachos. También Nino, su chófer y camarada de la infancia con el que ve los partidos del Atleti, la pandilla de cuando era un crío en Galapagar y algún colega con el que juega al fútbol en Estepona. Aquellas amistades de cantantes, músicos y periodistas (gracias a los que la prensa lo comparó con Juan Belmonte y la intelectualidad española de principio de siglo), que lo pretendieron en los salones de los hoteles como un trofeo social, siguen ahí, pero los íntimos pertenecen a su infancia.

Ese ring en el que el matador pelea contra su propia leyenda es un lugar sencillo. Hay un ranchito en Aguascalientes, a donde viajó el lunes para hacerse al cambio horario, y una casa en Estepona. En el olimpo de este dios que lee a Hegel hay una mujer, Isabel, que conoció en una tienda de revelado, y un chaval que se llama como él, una bici para hacer kilómetros, algún libro sesudo y el bar del centro comercial en el que encontró a su media naranja, donde para de vez en cuando a tomar un cortadito. Salvo la costumbre de salir al ruedo a triunfar o a morir, todo en él es extraordinariamente común. Visto desde ese prisma esquemático, las maniobras de marketing de diestros como Morante, El Juli o Manzanares pierden el sentido. Su ‘stravaganza’ quizás termine por desvelarse como un curiosísimo aire de normalidad y los locos sean los demás.

+ Publicado en los diarios regionales de Vocento. La foto es de autor desconocido (por mí, al menos), de Reuters.

Los toros no son ‘cool’

 Van por ahí susurrando que la emisión el miércoles de una corrida en TVE supone una vuelta atrás por ser algo «antiguo». «Qué antigüedad», dicen. Si les dan la razón eliminen de la programación las óperas de Puccini, los reportajes sobre pintura renacentista, los documentales sobre Egipto (por supuesto, también los de dinosaurios, los de las guerras mundiales y los de Cousteau) y hasta las pelis de vaqueros. Todo lo que huela a vetusto, todo lo que no sea Twitter y Facebook y Android y Apple tendría que ir a la basura si se aplica la doctrina de los sacerdotes de lo ‘cool’, esos promotores de una culturita cuatro punto cero, brillantes, pulcros y sosos como el pexiglás. ‘Coolhunters’, los llaman.
La tauromaquia, pese a tener más años que andar hacia atrás (no tantos como decía ayer la BBC, que atribuía su popularización a los romanos), es absolutamente actual, pues se ejerce como espectáculo y la gente acude a la plaza a verlo. ¿Mucha o poca? Algo menos que el fútbol, más que el cine, el teatro y la esgrima. Y nadie se queja cuando se habla de ellos en la tele.
El miércoles vieron la corrida de toros 1.200.000 personas, después de seis años de sequía arbitraria en la televisión pública. Los nietos se acordaron de los abuelos, los abuelos de cuando eran mozos, vale, pero hubo más espectadores en el País Vasco que en Andalucía. Así que ojito con los tópicos, que con la puerta de chiqueros también se abrió el armario de los fantasmas. Allá iban cientos de personas a menear el badajo de esta «fiesta enraizada en nuestra cultura», ese carácter «tan español» y hasta ese NODO, unos con desprecio, otros con morriña, perdidos todos como se perdió el barco del arroz en la barra de Sanlúcar. Sacaron a pasear una vez más los espíritus de Lorca, de Picasso y de Hemingway, hartitos ya, supongo, de justificar lo que no necesita justificación, de sacarle la cara a una fiesta que no es nacional, ni geográfica, ni ideológicamente. Ni falta que le hace.

Illumbe. 5+1 razones

Razones por las que acude menos gente a los toros en San Sebastián*.

1- Porque las entradas en Illumbe son caras.

2- Porque como todos los espectáculos de pago, los toros en general han visto bajar sus espectadores.

3- Porque la empresa se ha equivocado al hacer una feria torerista en lugar de darle importancia al toro como han hecho plazas vecinas que tienen los tendidos llenos.

4- Porque va menos gente a los toros en general.

5- Porque se han notado los 25 años sin toros en la ciudad.

Añado 6- Porque nadie se apunta a un espectáculo del que se dice durante meses que va a terminar en la ciudad.

 

Razones por las que el año que viene en la plaza no habrá ni mucha gente ni poca y directamente se dejarán de dar toros:

1- Porque al alcalde le sale de los cojones.

WELCOME TO THE BASQUE COUNTRY.

 

(*) No estoy de acuerdo con que a los toros en Donosti no va nadie. Va más gente que a otros espectáculos.

La foto es de Usoz, publicada en el Diario Vasco.

De encierros y despedidas

El del jueves fue mi último encierro en un tiempo y me he prometido no hacer una tragedia de lo que no es tristeza, sino alegría. Esta siempre ha sido la parte luminosa de mi vida y lo jodido es que te quite del encierro una enfermedad o un golpe en la carretera, no la llegada de una hija, como es el caso. Una hija siempre es bien. Me largo con gusto y a ella le brindo este pasito atrás. Dejé la melancolía en la curva de Mercaderes al colgar una llamada por teléfono que terminó en un silencio ahogado de los dos interlocutores. Hasta ahí. No quiero conmigo a la pesadumbre, ya le pueden ir dando por donde amarga el pepino. Al fin y al cabo, si fuimos hombres para entrar también lo seremos para salirnos.

Triste, no. Prefiero pensar que han sido veinte años maravillosos en los que he aprendido a sentir, a querer, a ganarme la batalla y a percibir la vida en muchas más dimensiones que las tres que me sabía cuando mi aita me dijo ‘Ey, Parramplas, levanta que vamos a correr el encierro’ y me brindó uno de sus mayores regalos. Éramos un hombre y un pibe que se cruzaban en la vida y que estaban a punto de despedirse. En ese momento me estaba enseñando muchas cosas y no sé si llegó a ser consciente de todas ellas: el compromiso, el valor, la hombría (la de verdad, que no solo es cosa de hombres), la amistad, la solidaridad, el bellísimo camino entre el arrojo y la prudencia, el cálculo preciso y la locura, la ambición y la resignación, el orgullo, la humildad, la vida regalada y una existencia que es mucho, muchísimo más que esperar a que llegue el viernes.

En estos veinte años, San Fermín me ha cuidado como a nadie. Una vez me dijeron con razón que yo estaba en su lista VIP. Ni me acuerdo de los capotes inverosímiles que me ha echado. Han sido tantos que sé -en toda la dimensión de la palabra saber- que él está ahí cuidando de mí y de los míos. También sé que andan por aquí grandísimas personas que me han hecho sentirme bien a su lado. Mis amigos de ahora son aquellos tiarrones magníficos, enormes, duros como leños secos a los que cinco minutos antes del bigbang me arrimaba sin hablar, a escucharles, casi a sentirlos respirar, a tener arcadas con el humo de sus pitillos si hacía falta, cuando no era más que un chaval con granos que jugaba a ser un hombre. Hoy almorzamos juntos y nos cascamos los gintonics de dos en dos. A muchos de ellos puedo llamarlos ‘hermano’, pero les quiero pedir perdón por las veces que les molesté, que no me quité a tiempo, que les hice tropezar o que les fastidié una carrera. Les juro que siempre fue sin querer y que mis errores de torpe siempre me pesaron toneladas por ellos más que por mí. También a todos esos a los que no conozco.

Gracias a todos. También a los que me tendieron la mano, los que me abrazaron sin decir ni Pamplona cuando había ido mal, a los que me levantaron del suelo y a todos los que me cogieron la mano mientras estaba tumbado en una camilla, a esos ángeles de rojo y a aquella médico de mirada compasiva que me secó el sudor frío de la frente cuando no me llegaba el aire a los pulmones y me temblaba el cuerpo como una sacudida de la tierra.

Si me comparo con los que comparten la calle conmigo, he sido un corredor mediocre, pero siempre digo que el encierro no está en las distancias físicas, sino en lo que pasa en la cabeza. Y ahí he disfrutado como un niño. Podría haber corrido mejor, seguro, pero juro que no podría haber corrido más de verdad, con más respeto hacia el encierro, hacia la fiesta de los toros, hacia mis compañeros y hacia la descomunal herencia de la cultura que he tenido la suerte de recibir. La he tomado con un gusto infinito, sin obligación ninguna.

He sido consciente en cada momento de lo que hacía, de lo que me estaba jugando, de que poniendo mi vida al filo también arrastraba la de los que estaban al otro lado de la televisión, en el balcón cruzando los dedos o apartándome a la gente a manotazos en el aire del salón, haciéndome el quite desde el sofá. Sé que ellos también han dado mucho por mí y en esto mi mujer y mi madre se merecen diez toneladas de besos y de admiración. Mis encierros han sido de ellas, porque nunca me dijeron “No lo hagas”. No ha sido cosa de inconsciencia. Cuando me jugaba mi disgusto sabía que me apostaba también el suyo. Ese miedo y ese riesgo se lo hice pasar a sabiendas del trago. Después del tercer cántico siempre pensé en ellas y aunque de vez en cuando torcieran el morro, nunca me lo echaron en cara. Gracias.

También soy inmensamente feliz al ver correr veinte veces mejor que yo a los que un día yo también llevé de la mano como me llevaron a mí. A los que les dije eso que aprendí: ‘Tranquilo, espera… AHORA’. Con los años, ellos han crecido mucho y son los que me dan las lecciones sin hablar. Son grandes ya, enormes. Mucho más grandes que yo. No hace falta que les pida que respeten al animal, que se comporten y defiendan la fiesta del toro y el encierro con fuego y sangre si hiciera falta. Tranquilos, si todos son como ellos, la cosa está en las mejores manos. Solo quiero que comprendan que esto es un juego en el que hay que cegarse lo justo y que tiene la importancia que tiene, ni más ni menos. Andad con cuidado. O no. Haced lo que os dé la gana, qué puñetas, pero sed siempre sinceros con lo que sentís en el fondo del pecho. No hagáis nada, no ganéis ni un solo centímetro ni una zancada de más en la cara del toro que responda a otra cosa, la que sea, que no sea vuestro corazón. Él os guiará, nadie ni nada más.

Es curioso cómo me ha ayudado a dar todo este paso un mocoso de siete años. La mañana del día 11 hacía un sol limpio, como blanqueado sobre una cuerda de tender, que calentaba la misma cuesta en la que corría el abuelo Joaquín. La subía Telmo de mi mano a todo tren y se metió en la cara de un torico de fibra de vidrio con ruedas con la facilidad de la adaptación que solo puede dar el ADN. Pasado el vallado del Mercado, ese vallado de mi vida, templó un carrerón de zancadas larguísimas, de esas tan alegres que se pegan solo cuando uno lleva pantalón corto y la vida pesa lo que un globo de helio. Iba en esas Telmo cuando casi lo agarra el toro. Lo retiré como un bonito pescado entre el tumulto, por encima de las cabezas. Se asustó de un golpe en la pierna, pero escondió la lágrima, resopló, dijo ‘aissss’ y se tragó el miedo en una preciosa victoria, quizás la primera de muchas. Sonrió y  se me colgó del cuello. “Si esto no es la vida -me dije-, es que yo no he entendido nada”. Su madre, que también sintió lo que le bullía al muete, casi me cruje. En su nerviosa carrera de hombrecillo, Telmo me enseñó el camino, me pasó de la sombra al sol y cerró un ciclo. Resulta que el que me llevaba de la mano era él.

No nos pongamos tan serios. Me retiro por un tiempo siendo absolutamente feliz y sin un pelo de remordimiento que me pese. Me daré en cuerpo y alma a los pinchos y el clarete. Me acostaré tarde, se me hará de día y saltaré haciendo la bomba en piscinas de pacharán y participaré en campeonatos de comer fritos del Roch. Me acostaré después. Cuando me pedíais ‘Quítate’ no sabíais lo que hacíais.

Solo tendré que aprender a vivir sin esto como aprendí a mantener los pies en carrera en el centro de la calle, cosa que, ojo, no es moco de pavo y que tomó su tiempo. Pido que el Santo os proteja a todos dentro y fuera del recorrido y que Macarena comprenda este juego brutal que volvió loco a su aita, a su abuelo y a tantos otros. Que entienda que un día, si Dios quiere y me respeta el toro de la vida, volveré a cruzar el vallado para asomarme de nuevo al espejo en el que nos miramos tantas veces el miedo, la fiesta y yo. Con o sin ella. Esto no es una despedida.

+ En la foto, Telmo y servidor. 11 de julio de 2012, Cuesta de Santo Domingo.

Citar la vida

Citar la vida,
templar sus horas
rodilla en tierra.
Tomar el miedo
cual sacramento.
Agudo rostro,
siempre el mismo.
Nos falta valor…
Para ser cobardes.

Libro ‘Al alimón’, de Manuel Camacho Higareda. Vía Ihoval Ferrer.

En papel: ‘Las dos de Puerto Serrano’

Dos de Puerto Serrano probaban suerte en ‘Tú sí que vales’, que es un programa ideal para meter el cerebro en el vasito de la dentadura. Traían más esfuerzo que virtud y un número flamenco con un baile de capotes toreros, vestidas de corto. «Nos gusta la cultura: el flamenco y los toros. Y queremos defenderla», dijo la más echada ‘p’alante’. En la red las pusieron como el perejil. Comenzó a bramar la selección nacional de culofinos en sonora queja contra la incultura ibérica y esa imagen de pandereta que tan mal dicen que le queda a nuestra España. Que los toros no son cultura y tal, y que la actuación – y ese acento- suponían un ataque contra el buen gusto.
Preferían sin duda que las niñas hubieran salido a escena a tronar por la Rihanna o a marcarse un aria de Genovés y Lapetra a base de pedorretas con el sobaco. Mucho mejor. Eso sí hubiera sido, para ellos, algo propio del país supuestamente desarrollado que somos, pero resulta que las dos de Puerto Serrano se han criado culturalmente jugando al toro y dando ‘pataítas’, que no es tan ‘cool’, ni tan ‘fresh’, ni tan ‘trendy’, pero resulta más cierto, más sincero y más natural. Si a uno no le gustan los toros o el flamenco, ese es otro cantar, pero no se entiende cómo tanto imbécil de miras altas se avergüenza de lo propio y se maravilla con lo ajeno. Mírenlos: allá van en manadas al otro lado del mundo a ponerse tiernos con la excelsa danza de aquella tribu, con aquel rito de iniciación en el que los chicos saltan desnudos sobre vacas. Allá van, a ciscarse en la Macarena y en la Virgen de La Palma y a revolcarse ante la deliciosa espiritualidad de los ritos del primer hechicero en taparrabos. Bobos.

Chenel, de Madrid al cielo

Así tumbado, dormido, era un humano más, pero el cajón de madera contenía los huesos quebradizos del dios del toreo, del dios del toreo eterno, como le gritaban a su caja a la salida de la plaza. Después enterraban en el cementerio de la Almudena a Antonio Chenel ‘Antoñete’ y a los tendidos se les hacía en el pecho un socavón del tamaño del túnel de la M30, esa por la que se fue el coche fúnebre a las 16.35 dejando por el camino un atasco y seis mil heridos de bala, sentimental, se entiende. Todos esos pasaron ante un monumento al paso del tiempo, un monstruo que demostró ayer que se le ganan batallas, pero no la guerra. Ni siquiera la ganó Chenel, que ayer salió por octava y última vez por la puerta grande de Las Ventas camino del más allá después de una estocada en forma de enfisema pulmonar y más cigarros entre pecho y espalda de los que ningún cuerpo podría resistir.
Más acá, el coro desolado de aficionados que pasaron a decirle un ‘gracias’ y que circularon ante la capilla del maestro. Componía el bodegón de la tristeza un hombre muerto vestido con un traje verde de corto, un capote se paseo de lilas bordadas con la Virgen de La Paloma, menos coronas de las que merecía y el traje lila y oro de la despedida de Madrid del 98, con los alamares arrancados en aquel arrebato de gloria.
Detrás, su familia: seis hijos de su primer matrimonio y el pequeño Marco Antonio, de 12 años, nacido de su hijo con Carina Bocos, arropado en brazos de su madre y de sus hermanastros. Y los hermanos de la radio y de la tele, y los hijos del ruedo, entre ellos Curro Vázquez, heredero de su clasicismo, su ‘gallo de pelea’. «Le quería mucho». Del toro, muchos, no todos. Faltaron incomprensiblemente algunas estrellas rutilantes del escalafón como Morante, Manzanares, Castella o El Juli (sí acudió su padre). Estuvieron Cayetano, Enrique Ponce, Julio Aparicio, Palomo Linares, Javier Conde, Juan y David Mora, Uceda Leal, Ferrera, Robleño, El Soro, Rafaelillo, Antonio Ferrera, Miguel Abellán, los Campuzano, Victoriano Valencia, Javier Vázquez, Víctor Puerto, los Lozano y muchos más, entre ellos su peón de confianza, Rafael Perea, ‘El Boni’, al que había dedicado una de sus últimas bromas. «¿Sabéis por qué los toros no le cogen al Boni?», preguntó Chenel en las postrimerías de su sedación. No, respondieron. «Porque yo le enseñé a hablar con los toros».
Hubo artistas como Charo López, Caco Senante, Jaime Urrutia… También políticos, como Esperanza Aguirre, que le entregó a la familia la Gran Cruz del Dos de Mayo, máxima distinción en la Comunidad. También echaron de menos al alcalde, Alberto Ruiz Gallardón.
La media imborrable
Por los pasillos arrastraba los pies, las patillas, las gafas y la gorra campera César Palacios, arenero, pintor y testigo de los años en que el maestro vivía en la plaza con su cuñado, Paco Parejo, y allí jugaban a fútbol y al frontón. «Le recuerdo esa media verónica contenida…». Entonces, el mundo comenzaba en el Manzanares y terminaba en Las Ventas. Luego vinieron los años de Venezuela, la nada torera, el triunfo, las reapariciones, la vida en familia en la finca de Navalagamella (Madrid), las charlas sentado en una piedra con el semental ‘Romerito’ contándose las cosas y el final de una vida con cada vez más ilusión pero menos pulmones.
De todo aquello quedaban ayer recuerdos felices y nostalgias varias reunidas en un sosegado cortejo de espectros con mechón, niños de tendido ya canosos y hasta el toro blanco de Osborne hecho fantasma. Entre fotos, palmas y lagrimón, allí se coló Antoñito, con sus 79 años y el traje de cuadros de puños deshechos por el tiempo. Se cuadró delante de la caja, sacó su armónica y tocó para el maestro el pasodoble ‘Amparito Roca’.
No le pudieron dar la vuelta al ruedo porque allí estaba plantado el escenario del concierto de Coldplay, preparado para el miércoles. Como casualidad, era inevitable. Como símbolo, un ultraje. Así que lo sacaron por los pasillos, con su capote de paseo sobre la caja y la cuadrilla debajo, jaleando una vida como jalean los capitalistas. Bajo la puerta de la gloria, lucha de fotógrafos, palmas ardiendo en una tarde heladora, nudos en la garganta y una ovación larguísima y honda, como un aullido o un natural cheneliano, interrumpida solo por gritos de ‘torero, torero’, ‘gracias, maestro’ y ‘viva el toreo eterno’. De haber llevado alamares, se los hubieran arrancado de nuevo.
+ Artículo publicado en Colpisa. La foto es de Juan Pelegrín. Aquí el vídeo del momento.

Fuerza, Juan…

Si algún director de cine rodara la película sobre la vida de Juan José Padilla, la banda sonora no sería ‘Martín Agüero’, ni ‘Nerva’, ni ‘El gato montés’. Nada de pasodobles: para descifrar a Juan hay que pinchar ‘Walk on the wild side’, de Lou Reed, a todo volumen. Solo así se entiende el paseo por el lado más salvaje de la vida que un día decidió emprender el hijo de un panadero de Jerez, un tipo que más tarde se pasó por la barriga la muerte, el destino y los cuatro jinetes del Apocalipsis con caballo, lanza, casco y armadura. «Solo tengo miedo a defraudar», le soltó en 2004 a este periodista en el sillón de su casa de Sanlúcar, con su pequeña Paloma jugueteándole en las rodillas. Continue reading

La memoria del ruedo

Cuando mañana a la caída de la tarde el último aficionado salga de la plaza, se hará el silencio para siempre. No se escucharán los clarines, ni el revuelo de autógrafos y disparos de las cámaras en el patio de cuadrillas, ni el arrastre de pasos del púbico que salía toreando de las tardes de gloria, ni los rezos susurrados en la capilla en la que se arrodillaron los dioses del toreo. El Parlament de Cataluña terminó con todo eso cuando prohibió la fiesta de los toros. O con casi todo. José Luis Cantos, decorador, aficionado de Mataró, 43 años, confiesa que cuando la plaza de toros Monumental de Barcelona está en silencio… «cuando está calladita, si cierras los ojos aún puedes escuchar la bronca que le pegaron a Rafael El Gallo en 1914 por dejarse un toro vivo», o los olés a Gallito por su faena a ‘Mansonero’ en 1917, o la multitud llevándose en hombros a Arruza hasta Las Ramblas. Hasta los discursos de Lluís Companys.
Cantos ha imaginado aquellos sonidos cientos de veces desde que hace doce años decidiera hacerse biógrafo de una plaza de la que presentía el final. «Sabía que iba a pasar. Todo ha sido muy extraño: los políticos asimilando los toros a lo español, el empresario sin cuidar al público… Yo quería demostrar que Cataluña no es distinta al resto de España». Trabajó tres años en las hemerotecas, y entre retales de papel soñó las faenas, cornadas, triunfos y fracasos que ha recogido en su libro ‘La Monumental de Barcelona. De Joselito El Gallo a Manolete’ (Círculo Rojo), una historia que comienza en 1914 con la inauguración de la Plaza del Sport en el barrio del Ensanche y que podría terminar mañana. Torearán Juan Mora, José Tomás y Serafín Marín, y Cantos ya tiene el ‘papel’. Irá con su mujer, como cuando volvió de la ‘mili’ a los 21 y reunió las primeras perras para sus entradas.
Su historia se adentra en una plaza que nació en 1914. El célebre crítico Gregorio Corrochano habló en su crónica de la tercera plaza de Barcelona, «el pueblo más trabajador de España. Tomen nota de ello los que achacan a la fiesta de los toros nuestro desastre y nuestra ruina», dejó escrito. ¿Premonitorio? En ese momento, Barcelona era «una de las capitales taurinas de España», recuerda Cantos. A los dos años, unas lluvias fortísimas forzaron las obras de ampliación. Por entonces cabían 24.000 almas. Pronto fue la plaza de España con más corridas. En 1930 se hicieron allí 57 paseíllos, más que en Madrid, más que en Sevilla, unas cifras extraordinarias si se tiene en cuenta que en la ciudad condal ya funcionaba la Plaza de las Arenas. Llegaron a ser tres ruedos, con el de El Torín. A Cantos no le quedan dedos para contar. Paró cuando murió Manolete, pero hasta entonces (1947), en la Monumental se dieron 1.012 corridas. Algunas fueron gloriosas. Sucedió el 19 de marzo de 1917, cuando Joselito El Gallo revolucionó el toreo. «Antes el toro pasaba, pero a partir de tardes como esa, comenzó a describir círculos alrededor del matador». Joselito vestía de celeste y oro, el del hierro de Saltillo se llamaba ‘Mansonero’ y cuando lo mandó al cielo de los toros de una estocada, la multitud se tiró a la arena, tomó al torero a hombros y salió en gloriosa manifestación por el chaflán entre la Gran Vía y la Calle Marina cargando con su ídolo en un grito de tres kilómetros hasta el hotel. A Joselito le vieron lo bueno y lo malo. El torero atlético, el más poderoso tuvo dos cornadas graves en su vida: una lo mató en Talavera, la otra le hizo migas el hombro en Barcelona. Cuando después de la operación lo llevaron a atender al Hotel Oriente, los aficionados que esperaban a las puertas de la plaza se agolparon bajo su ventana y colapsaron Las Ramblas hasta el amanecer. En la enfermería de la Monumental se fueron nueve vidas incluida la de una espectadora por muerte natural. La última, la del matador portugués José Falcón en 1974.
«Manolete y dos más»
Barcelona tenía sus toreros preferidos, y los quiso como una adolescente que pierde la cabeza por sus ídolos. Cuando a Rafael El Gallo le echaron un toro al corral se tuvo que refugiar de la turba en la enfermería, pero fue muy querido, tanto que en 1914 pararon la corrida hasta que llegó el tren con el maestro en sus vagones.
Cuentan las crónicas que los tendidos crujían con Manolete, que se dejó la vida en 70 tardes en la Monumental. Tal era su idilio con el público que las corridas se improvisaban y el empresario Balañá anunciaba «Manolete y dos más». Los últimos toreros tan de Barcelona fueron también dos: Serafín Marín, de Montcada i Rexac, que quedará para la historia como el hombre que hizo el paseíllo con la barretina calada contra la prohibición, y José Tomás. La leyenda reapareció y se hizo carne el 17 de junio del 2007 en un fenómeno que tuvo bastante de cumbre mundial de aficionados y desde entonces nunca ha faltado a su cita. El próximo reencuentro, el último, será mañana. Cuando volvió el mito llenaron los tendidos ‘Sabinas’ y ‘Serrats’. Antes, otras personalidades gustaron de las corridas de la Monumental, como el mismísimo Companys, máximo representante del catalanismo, que durante la Guerra Civil promovió las corridas. Se da la paradoja que su partido (ERC) ha liderado el rechazo a la fiesta.
En Barcelona se han dado toros con guerras y sin ellas. La cosa empezó a torcerse en los 70 y los 80. «Comenzaron a programar carteles fáciles para públicos fáciles. Llegaron los turistas y se fueron muchos aficionados, aunque el día que hay entrada mala van 4.000 personas, que no son pocas si se comparan con las que van al baloncesto», cuenta Cantos. El lunes ya no irá nadie. Despedida. Mañana a la caída del sol, se escuchará fuera la alegría animalista mezclada con algún suspiro y el atragantón callado de los aficionados por una muerte anunciada. Dentro, el silencio.