Category Archives: Mar

El sepulcro solitario

Mathias Koraseb se echó a morir en la arena de la playa más vacía de la tierra. Dejó de respirar en la orilla, harto su corazón de latir contra la marea, exhausto sobre la arena y con el rugido perpetuo de las olas como banda sonora de una heroica despedida. No sabía entonces que su tumba sería una de las menos visitadas del mundo, pero también una de las más bellas.
Sobre su lápida reposan algunas piedras, tablones de madera pulida por el salitre, una botella de vidrio, un remo partido y enormes huesos blanqueados que debieron pertenecer a la mismísima ballena de Melville. Allí arriba se expone todo lo que ha ido vomitando la marea, incluído el pobre marinero. No hay mejor sepulcro que ese para un hombre de mar.
Es tranquilo. Pasa muy poca gente por allí. Está usted en Namibia en algún sitio cercano a ninguna parte, en uno de los lugares más inhóspitos y fascinantes del planeta Tierra. Cuentan los pequeños bosquimanos de la tribu San, que cuando hizo esa parte del mundo, Dios estaba enfadado. Los marinos portugueses llamaban a aquella franja ‘Las puertas del infierno’ y ahora la pueden buscar en el mapa por Costa de los Esqueletos.
Imagine una línea que va de Madrid a Sevilla como  un continuo de arena y espuma bajo una niebla que entra desde detrás del horizonte con la fuerza de un alud. Mirando a la lápida, a la izquierda (el este) se arrodillan las últimas estribaciones del desierto del Namib. Se echa al mar un atrezzo marciano de dunas que se mueven, cañones descarnados en rocas y algún riachuelo más que humilde en cuyas riberas sobreviven por milagro leones, elefantes y gacelas en franca batalla por alimentarse y beber.
A su derecha, el Atlántico feroz se deshace en una sopa de espuma y mar de fondo y escupe en la arena un mercadillo de esqueletos de ballena, redes, maderas y barcos enteros. Eso, cuando rompe la ola. Cuando se va, arrastra guijarros y rocas del tamaño de un balón de fútbol como un chaval que juega a las canicas.
Entre las sobras que dejó el mar sobre la arena lo mismo se encuentra uno un coco llegado de vaya usted a saber dónde que el casco de un velero. Alcanzaron la orilla gracias al azar, los vendavales del sudoeste y la corriente helada de Benguela, un latigazo submarino que ha arrastrado cientos de naves que el tiempo convirtió en cáscaras de óxido y que le dieron al lugar un  nombre de repeluco: Skeleton Coast.
La noche maldita
En uno de esos hierros deshauciados viajaba Koraseb la noche del 29 de noviembre de 1942. Sonó una llamada en el puerto de Walvis Bay, al sur de la lápida. Un carguero refrigerado inglés, el ‘Dunedin Star’ había golpeado un objeto y estaba embarcando agua. El remolcador ‘Sir Charles Elliot’ salió a batirse a la tormenta de camino al naufragio. Nunca volvió a puerto. El ‘Dunedin’, que navegaba camino de Egipto cargado de pasajeros y munición para los aliados en la Segunda Guerra Mundial, quedó encallado en la playa y desembarcó a la mitad del pasaje en botes con el agua pasándoles de borda a borda. Cuando llegaron sus rescatadores, también encallaron. Ante el riesgo de que el barco se despedazase, decidieron alcanzar la costa a nado. El contramaestre Angus McIntyre nunca llegó ni vivo, ni muerto y Koraseb se dejó la vida en el intento. Al día siguiente, un avión lanzó comida y agua a los náufragos y enterraron al muerto.
Quedaría para siempre cerca de Rocky Point y de Cape Frio, un lugar en el que le acompañan solamente enormes y apestosas colonias con decenas de miles de focas y los escurridizos chacales. Casi nadie puede llegar hasta allí. De la costa de Namibia, la parte norte está protegida bajo la etiqueta de parque nacional. No pueden entrar más que los 12 huéspedes de un campamento. Allí crecen líquenes valiosísimos, pero también diamantes que solo ignoran los lagartos y las gaviotas.  «Probablemente, es la primera vez en toda su vida en que están ustedes absolutamente solos», advierte la gerente del campamento a los visitantes a los pies de una pista de aterrizaje marcada con una docena de piedras. La nada significa estar allí, plantado en una franja de 600 kilómetros que sube hasta la frontera de Angola en la que no hay nadie, si no son los guardas. Ni siquiera se puede entrar en coche, solo en avioneta.
Cuenta la leyenda que algunas noches, Koraseb se levanta de su solitaria tumba y se pasea al trasluz de un cielo coronado por la Vía Láctea como la cresta de un punki. Los guías juran que han visto su silueta caminar sobre las dunas. Dicen que busca compañía.

+ Publicado en los regionales de Vocento el 30/07/2012.

Llamadme Ismael

“Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondria me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano.”

Herman Melville, primer capítulo de ‘Moby Dick’.

Y se hizo arrecife

Como a todo barco gaditano, al Adriano III le hubiera gustado ser galera romana, galeón de indias con la sentina apestando a especias de otros mundos o incluso barco pirata. O navío de línea como los que salieron de su muelle hace tiempo camino de la locura de Trafalgar con los tres puentes llenos de arena mojada esparcida para no resbalarse con la sangre, o acaso un barco científico e irse  a ver el otro lado del mundo y ponerse los horizontes por montera. O rompehielos en el Ártico, o ballenero doblando el Cabo en los Cuarenta Rugientes. Pero nació panzón, alto y con una misión menor: hacer de autobús de línea marino y bambolearse de un lado a otro de la Bahía, entre Cádiz y El Puerto. En lugar de cañones y carronadas llevaba en la cubierta banquitos en los que se sentaban gentes amables. Nada de marineros echando pestes. Nada de silbatos de contramaestre, campanas de cambio de guardia, ni tambores que tocaran a zafarrancho, ni fuegos de San Telmo en el mástil, que era con lo que él soñaba en las noches quietas junto al muelle. En los días de temporal, al bueno de Adriano ni le dejaban salir al mar a jugarse la proa y zurrarse con un levante de siete flechas, que hubiera sido su manera de saborear la gloria en las mañanas de temporal, cuando se tenía que quedar amarrado en su castigo.

Con todo, en su manera de mecerse tenía algo de todos los barcos que le gustaría haber sido y que él mismo llevaba dentro, de alguna manera, por herencia genética, como llevan  todos los barcos de ese muelle, aunque hubiera nacido en la época equivocada. Se le veían todas aquellas naves antiguas en los andares, cuando tomaba la mar de través con esa decisión, como se les ven a los toreros los remates cuando van por las aceras. Llevaba este barco dentro un algo que lo hacía grande, por eso tenía hasta mote, aunque fuera un apodo casi de peluche: le decían El Vaporcito. Por eso los hombres del mar le hacían canciones que se tarareaban acompañadas con repiqueteos de nudillos en los timones desde Matxitxako hasta Espartel, que eran sus aguas aunque no las hubiera catado su quilla más que en sueños y a través de los cuentos viejos.

Le quedaba vaya usted a saber cuánto. Menos de lo que merecía. Algún día, no muy tarde lo apartarían de su ir y venir por la Bahía y pondrían en su lugar algún engendro más moderno, más ecológico, más de hoy. Hasta la última de esas cuadernas sabían en su crujir lastimoso sobre la mar de fondo que pronto tocarían a retirada. Y antes de que le dieran la puñetera pensión, se quitó la vida. El martes se hundió en  el muelle y dejó la conciencia sentimental de un pueblo entero encallada a cuatro metros bajo las aguas, a un trís de la escalera del muelle en la que soltó a sus últimos pasajeros sanos y salvos. Porque los barcos de leyenda no se jubilan y él no pintaba nada comido por el óxido en un cementerio marino, roído por la sal en algún dique lejano en el que alguien, de vez en cuando, le dijera al pasar: “Mira, qué pena del Vaporcito”. Los barcos grandes se hunden a lo grande, por eso Adriano se hizo arrecife, al fin. No le lloren ni media lágrima, siempre prefirió las salvas de cañones.

Artículo publicado en La Voz de Cádiz hoy 1 de septiembre de 2011.

Amigos en alta mar

El Comodoro Sakarratxa lo sabe todo y por eso manda este vídeo. ‘Master&Commander’ es una película por derecho, cosa que no quiere decir mucho viniendo de esta redacción, que sabe de cine lo que de cricket. Pero es un peliculón, de veras, que habla de los amigos, del mar, del valor y la cobardía, del compañerismo, de la guerra y de barcos. ¿Algo más? Es una película con dos cojones. Y no salen tías -Bibiana, no te me enfades-. Bueno, sí, una y vende fruta en una canoa.

Todo el que tenga en la sangre algo más que horchata ha navegado en la ‘Surprise’ y ha luchado por ella -todo “gurutal” al estilo Reguera-. Y el que ha tenido interés, se ha leído los 20 libros de POB de los que salió la película. Con ellos, la redacción de Nadando con chocos estuvo durmiendo en coy más de un año, separada de la gloria eterna por unas pocas pulgadas de madera, soñando con Valparaíso, el Cabo, los astilleros de Funchal, doble ración de grog con los de la guardia de proa, rachas de metralla y manos que empujan las cureñas las noches de tormenta. ¡Qué historia!

Hubo muchos hurras a Jack el Afortunado y a la ‘Surprise’, algunos incluso con premio. Había llegado el momento de hacer el viaje realidad. Peloto y un servidor embarcados dos años a bordo de una réplica de un galeón del XVIII rumbo al Mar de China. Al otro lado del mundo. Sin pasar por los cabos, ni violín ni violoncelo, pero dos amigos al fin y al cabo en la inmensidad con una aventura y muchos puertos por delante. Otra historia. Como no se puede navegar contra el viento con aparejo cuadrado, se deja el viaje por otra aventura, con una Sophie que no se merece pasar tantas noches a solas frente al fuego. “El barco puede ser del XVIII, pero las mujeres ya no son las del XVIII”.

Claro, que no nos quedaremos en tierra. Si todo va bien -y esta vez sin negras en el coy-, el ‘compadre’ y el que escribe zarparán quién sabe de dónde con misión aún desconocida por un par de meses, quizás más… ¿Qué no, Gorrión? Igual hasta se viene Pablo, nuestro particular Pullings en versión trash metal.

¡Toca una burda!
¡Raspa un estay!
¡Que los vientos y los dioses nos protejan!

“Un día un poquito húmedo”

En alguna parte en medio del Pacífico, rumbo a Hornos. De través con vientos de más de 35 nudos. ¿Se habían planteado alguna vez usar las gafas de bucear en la cubierta de un barco? Daría una mano por haber estado allí y supongo que también la hubiera dado por salir de allí. Y a ellos les quedan huevos para bailar… ¡Ánimo chavales!

Ochenta viajes de aventuras a vela

Cuando la botadura del ‘Juan Sebastián de Elcano’ nacía Mickey Mouse, Lorca escribía su ‘Romancero Gitano’, Alexander Fleming descubría el efecto antibiótico de la penicilina y Stalin mandaba arrestar a Leon Trostky. Desde el final de los años 20 ha llovido mucho pero ayer en el puerto de Cádiz, nadie hubiera dicho que el barco octogenario era una nave vieja. Distinta, sí. Mucho. Porque hubiera sido imposible imaginarse la normalidad del larguísimo abrazo con el que se despedía de su madre Patricia Peña. Nunca hubieran pensado en 1929 que una mujer como ella, a sus 33 años, menuda y de mirada angelical, iba a ser la electricista de el que probablemente sea el velero más bello del mundo. Continue reading

El ejemplo de Melville