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La chica del escaparate

Estaba plantada en la calle Estafeta ante una de esas tiendas que en sanfermines despachan camisetas manchadas con sangre de mentira y pantalones que transparentan el gayumbo. Tendría unos 20 años y a las ocho menos tres esperaba la llegada de la manada con las manos en los bolsillos de sus cortísimos pantalones manchados de vino, con el pelo rubio reliado en su pañuelo de agencia de viajes de aventura y dos chancletas de goma en los pies. Estaba relajada. Tenía, si acaso, sueño. Miraba al balcón en de enfrente con relajación, casi con hastío, como si contara las bóvedas de una iglesia durante un sermón demasiado largo.

La rubia era en sí un objeto extemporáneo en mitad de un mar de pupilas abiertas a los barrancos del miedo.  El cielo iba a estallar  de un momento a otro y ella estaba, sin embargo, tranquila. Esperaba a ver pasar el encierro con otros doce pobres desgraciados repartidos en tres rigurosas filas que compartían con ella el logo de la agencia de viaje en el pecho y esa seguridad del que sabe que ahí no iba a pasar nada. Ni se miraban, ni hablaban, ni se planteaban nada. Alguien, no se quién, se lo había dicho: ‘Bah, chica, tranquila’. A lo mejor lo leyó en un foro, a lo peor la había llevado hasta allí el agente de viajes.

Se lo habrían jurado. Porque estos ojos han visto a gentes arañar las puertas de un portal a las ocho menos cuarto y ella, en cambio,  estaba a punto de bostezar. No se le pegaba sobre la piel la brea del miedo de los que compartían la calle. Vi a otros como ella. Eran cientos en la curva, en Mercaderes, el Ayuntamiento y hasta en Santo Domingo, con sus caras de sueño. Venían del culo del mundo a ver el encierro, a plantarse en una calle para ser testigos de algo que había que hacer, se supone, no sé muy bien el qué. Porque a mí me enseñaron que el encierro, o se corre o se ve desde fuera. Probablemente fuera muy caro el balcón o había que levantarse demasiado proto en el cámping para tomar un sitio en la madera del vallado. Nunca supe qué fue de ella. Tal vez quedara como un gato de escayola en el escaparate y quizás esté escribiendo ahora en su muro de Facebook que lo mejor es ponerse en la tienda de las camisetas, que no pasa nada, que es muy cool.

Quizás entrara en pánico, que es el nocaut al que se llega cuando el miedo pega de repente. En el encierro no hay nada peor que el pánico; es el camino más corto a la caja de pino. Lo supimos de nuevo el día 13, cuando el montón de la plaza le puso el pitón en la sien a la fiesta. Minutos después del encierro, en el patio de caballos sembrado de heridos, respirábamos sin aire, andábamos sin pies y hablábamos en silencio. Casi solo nos mirábamos para no despertar a la tragedia que barruntábamos en la enfermería, arrasados por la bestia en que se convierte a veces el encierro. Una puerta mal cerrada… da igual. La carrera de Pamplona es delicada como un copo de nieve y en cualquier esquina se puede despertar al leviatán. Al fin y al cabo y por mucho que los bobos de la tele pontifiquen con que esto se está yendo de las manos, el caos es una parte sustancial de esto. El problema es que la chica del escaparate, esa pequeña chica con sus pequeños pies, no lo sabrá hasta que aparezcan sus padres en la puerta del Hospital de Navarra, recién bajados de un avión con los ojos rojos de llorar como dos heridas en medio de la cara. Y ese día, millones de tontos volverán a clamar que hay que prohibir los encierros de Pamplona.

+ Foto de Carlos Arana, el día 8 tras el paso de la manada de Dolores Aguirre.

De encierros y despedidas

El del jueves fue mi último encierro en un tiempo y me he prometido no hacer una tragedia de lo que no es tristeza, sino alegría. Esta siempre ha sido la parte luminosa de mi vida y lo jodido es que te quite del encierro una enfermedad o un golpe en la carretera, no la llegada de una hija, como es el caso. Una hija siempre es bien. Me largo con gusto y a ella le brindo este pasito atrás. Dejé la melancolía en la curva de Mercaderes al colgar una llamada por teléfono que terminó en un silencio ahogado de los dos interlocutores. Hasta ahí. No quiero conmigo a la pesadumbre, ya le pueden ir dando por donde amarga el pepino. Al fin y al cabo, si fuimos hombres para entrar también lo seremos para salirnos.

Triste, no. Prefiero pensar que han sido veinte años maravillosos en los que he aprendido a sentir, a querer, a ganarme la batalla y a percibir la vida en muchas más dimensiones que las tres que me sabía cuando mi aita me dijo ‘Ey, Parramplas, levanta que vamos a correr el encierro’ y me brindó uno de sus mayores regalos. Éramos un hombre y un pibe que se cruzaban en la vida y que estaban a punto de despedirse. En ese momento me estaba enseñando muchas cosas y no sé si llegó a ser consciente de todas ellas: el compromiso, el valor, la hombría (la de verdad, que no solo es cosa de hombres), la amistad, la solidaridad, el bellísimo camino entre el arrojo y la prudencia, el cálculo preciso y la locura, la ambición y la resignación, el orgullo, la humildad, la vida regalada y una existencia que es mucho, muchísimo más que esperar a que llegue el viernes.

En estos veinte años, San Fermín me ha cuidado como a nadie. Una vez me dijeron con razón que yo estaba en su lista VIP. Ni me acuerdo de los capotes inverosímiles que me ha echado. Han sido tantos que sé -en toda la dimensión de la palabra saber- que él está ahí cuidando de mí y de los míos. También sé que andan por aquí grandísimas personas que me han hecho sentirme bien a su lado. Mis amigos de ahora son aquellos tiarrones magníficos, enormes, duros como leños secos a los que cinco minutos antes del bigbang me arrimaba sin hablar, a escucharles, casi a sentirlos respirar, a tener arcadas con el humo de sus pitillos si hacía falta, cuando no era más que un chaval con granos que jugaba a ser un hombre. Hoy almorzamos juntos y nos cascamos los gintonics de dos en dos. A muchos de ellos puedo llamarlos ‘hermano’, pero les quiero pedir perdón por las veces que les molesté, que no me quité a tiempo, que les hice tropezar o que les fastidié una carrera. Les juro que siempre fue sin querer y que mis errores de torpe siempre me pesaron toneladas por ellos más que por mí. También a todos esos a los que no conozco.

Gracias a todos. También a los que me tendieron la mano, los que me abrazaron sin decir ni Pamplona cuando había ido mal, a los que me levantaron del suelo y a todos los que me cogieron la mano mientras estaba tumbado en una camilla, a esos ángeles de rojo y a aquella médico de mirada compasiva que me secó el sudor frío de la frente cuando no me llegaba el aire a los pulmones y me temblaba el cuerpo como una sacudida de la tierra.

Si me comparo con los que comparten la calle conmigo, he sido un corredor mediocre, pero siempre digo que el encierro no está en las distancias físicas, sino en lo que pasa en la cabeza. Y ahí he disfrutado como un niño. Podría haber corrido mejor, seguro, pero juro que no podría haber corrido más de verdad, con más respeto hacia el encierro, hacia la fiesta de los toros, hacia mis compañeros y hacia la descomunal herencia de la cultura que he tenido la suerte de recibir. La he tomado con un gusto infinito, sin obligación ninguna.

He sido consciente en cada momento de lo que hacía, de lo que me estaba jugando, de que poniendo mi vida al filo también arrastraba la de los que estaban al otro lado de la televisión, en el balcón cruzando los dedos o apartándome a la gente a manotazos en el aire del salón, haciéndome el quite desde el sofá. Sé que ellos también han dado mucho por mí y en esto mi mujer y mi madre se merecen diez toneladas de besos y de admiración. Mis encierros han sido de ellas, porque nunca me dijeron “No lo hagas”. No ha sido cosa de inconsciencia. Cuando me jugaba mi disgusto sabía que me apostaba también el suyo. Ese miedo y ese riesgo se lo hice pasar a sabiendas del trago. Después del tercer cántico siempre pensé en ellas y aunque de vez en cuando torcieran el morro, nunca me lo echaron en cara. Gracias.

También soy inmensamente feliz al ver correr veinte veces mejor que yo a los que un día yo también llevé de la mano como me llevaron a mí. A los que les dije eso que aprendí: ‘Tranquilo, espera… AHORA’. Con los años, ellos han crecido mucho y son los que me dan las lecciones sin hablar. Son grandes ya, enormes. Mucho más grandes que yo. No hace falta que les pida que respeten al animal, que se comporten y defiendan la fiesta del toro y el encierro con fuego y sangre si hiciera falta. Tranquilos, si todos son como ellos, la cosa está en las mejores manos. Solo quiero que comprendan que esto es un juego en el que hay que cegarse lo justo y que tiene la importancia que tiene, ni más ni menos. Andad con cuidado. O no. Haced lo que os dé la gana, qué puñetas, pero sed siempre sinceros con lo que sentís en el fondo del pecho. No hagáis nada, no ganéis ni un solo centímetro ni una zancada de más en la cara del toro que responda a otra cosa, la que sea, que no sea vuestro corazón. Él os guiará, nadie ni nada más.

Es curioso cómo me ha ayudado a dar todo este paso un mocoso de siete años. La mañana del día 11 hacía un sol limpio, como blanqueado sobre una cuerda de tender, que calentaba la misma cuesta en la que corría el abuelo Joaquín. La subía Telmo de mi mano a todo tren y se metió en la cara de un torico de fibra de vidrio con ruedas con la facilidad de la adaptación que solo puede dar el ADN. Pasado el vallado del Mercado, ese vallado de mi vida, templó un carrerón de zancadas larguísimas, de esas tan alegres que se pegan solo cuando uno lleva pantalón corto y la vida pesa lo que un globo de helio. Iba en esas Telmo cuando casi lo agarra el toro. Lo retiré como un bonito pescado entre el tumulto, por encima de las cabezas. Se asustó de un golpe en la pierna, pero escondió la lágrima, resopló, dijo ‘aissss’ y se tragó el miedo en una preciosa victoria, quizás la primera de muchas. Sonrió y  se me colgó del cuello. “Si esto no es la vida -me dije-, es que yo no he entendido nada”. Su madre, que también sintió lo que le bullía al muete, casi me cruje. En su nerviosa carrera de hombrecillo, Telmo me enseñó el camino, me pasó de la sombra al sol y cerró un ciclo. Resulta que el que me llevaba de la mano era él.

No nos pongamos tan serios. Me retiro por un tiempo siendo absolutamente feliz y sin un pelo de remordimiento que me pese. Me daré en cuerpo y alma a los pinchos y el clarete. Me acostaré tarde, se me hará de día y saltaré haciendo la bomba en piscinas de pacharán y participaré en campeonatos de comer fritos del Roch. Me acostaré después. Cuando me pedíais ‘Quítate’ no sabíais lo que hacíais.

Solo tendré que aprender a vivir sin esto como aprendí a mantener los pies en carrera en el centro de la calle, cosa que, ojo, no es moco de pavo y que tomó su tiempo. Pido que el Santo os proteja a todos dentro y fuera del recorrido y que Macarena comprenda este juego brutal que volvió loco a su aita, a su abuelo y a tantos otros. Que entienda que un día, si Dios quiere y me respeta el toro de la vida, volveré a cruzar el vallado para asomarme de nuevo al espejo en el que nos miramos tantas veces el miedo, la fiesta y yo. Con o sin ella. Esto no es una despedida.

+ En la foto, Telmo y servidor. 11 de julio de 2012, Cuesta de Santo Domingo.

Pamplona

PAMPLONA (Gerardo Diego)

¡Madre, los toros! El río
urge y aprieta sus ondas
de tumulto y vocerío
y espumas negras, redondas.
Se va haciendo embudo el lecho.
Hay que tragar el estrecho,
zancas largas, sanfermines.
Sopla el fuelle. Allá van blusas,
jirones, aspas, esclusas.
Y están tocando a maitines.

Suerte a todos.  ¡Viva San Fermín!

 

El encierro es esto

En el encierro suceden cosas. Están los patas, las caídas, los toros en cabeza, las cornadas, los varetazos, los montones, los pisotones, los toros vueltos, los cabezazos contra los adoquines y otras tres mil putadas que pueden suceder… Pero ese no es el objetivo de la carrera, no es el accidente. La alquimia está en las zancadas, las líneas de hombres lanzados hacia adelante en espacios imposibles, las manos apartando el aire, los riñones empujando en una aventura colosal de pocas decenas de metros. Sucede a veces. Cuando pasa, es la locura. Emmanuel de Marichalar (Mediadour) hizo esta pieza con carreras mágicas juntando algunas de las mejores imágenes de TVE y Canal4, un trabajo sin ánimo de lucro para ilustrar una preciosa charla que dio en la Universidad de Navarra. Desde entonces ha dado la vuelta al mundo desbocando corazones ajenos desde Sevilla hasta la Universidad Federal de Siberia.
Este es, probablemente, el mejor vídeos de encierros de la historia.


L'encierro de Pampelune en musique (Mozart) por manolitomarichalar

El cartel de 2011

Este es el cartel que anunciará las fiestas de San Fermín 2010. Entiendo el concepto: sumérgete en la fiesta. El Santo sumergiéndose en la fiesta. Prefiero la fiesta sumergiéndose en el Santo, algo más difícil de explicar. Esto es una opinión, y como tal la expreso. El cartel es impecable para llamar la atención, pero hay algo que no me convence. Quizás sea que ese santo nunca fue de agua, sino más de adoquín. Será que el conjunto de la imagen tiene algo de reclamo de chiringuito de playa, y ¿quién quiere irse a la playa del 6 al 14? O que desprende un halo de anuncio de bebida de moda en discoteca de moda con aromas de vodka. Y que esta redacción siempre ha sido más de patxarán.

14 de julio de 1990


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Silvia Ollo me manda este regalo. 14 de julio de 1990. Pamplona. El Ecijano, el aita y el menda. Vamos a ahorrarnos el resto del pie de foto. Lo dejamos así por esta vez. Gracias, Silvia.

En papel. ‘Cádiz en las astas’

Cuando Henry King rodó Fiesta y filmó las escenas de toros en una plaza mexicana, el cabreo de Hemingway fue de agárrate que viene cabestro. Hollywood tiene, entre grandes facultades, el gran defecto de ser un pésimo retratista de tradiciones. Cabe el ejemplo de Misión imposible, cuando ambientaron la Semana Santa sevillana en una falla flamencota en la que al final lograban quemar a la Macarena.
James Mangold se ha propuesto llevar a su superproducción la sopa brutal de pezuñas y corazones de los encierros de Pamplona, los de la velocidad y el temple, la jota con puntos de sutura, sin duda la barbaridad más bella que pueda cometer un humano de a pie. Los resultados pueden ser desastrosos, sobre todo si ante las astas aparecen Cameron Díaz y Tom Cruise haciendo el vaina en plan aquí te pillo aquí te mato, comiéndose el boquino.
Hay tradiciones que es mejor no tocar y con el encierro no se juega, pues en elcasting habría que encontrar dos docenas de riberos como dos armarios, un australiano estudioso de Rilke, un abogado retirado de Wisconsin que sea doble de Hemingway, un adolescente que aún no se afeite, media docena de chulos de gimnasio, una japonesa en chancletas y una masa anónima de hombres que sólo tengan en común el deseo asfixiante de jugarse la vida por el simple hecho de ser suya, de sentirse vivos junto ante la muerte y la bestia. Sin esos ingredientes, sin el universo absurdo de San Fermín, todo tendrá el sentido de un cuarteto en Wall Street.
Hay una esperanza. Un par de corredores de Cádiz se la jugarán por sentir en las calles de su ciudad el soplo en la espalda que sueñan por las calles de mil pueblos que nunca serán el suyo. Este será su encierro, no el de la audiencia.
+Artículo publicado en la sección Nadando con chocos de LA VOZ de Cádiz el 6/10/09.

Cuernos en la Calle Ancha

La carrera más plástica del planeta, «la mayor locura que pueda hacer un hombre por diversión», ese espectáculo que sienta a medio mundo en pijama en las ocho mañanas de julio delante de la televisión se va a revivir enCádiz. A su manera. Será a final de mes, en el rodaje de la superproducción Knight & Day que llenará de cuernos la Calle Ancha, convertida en escenario de una escena de los sanfermines gaditanos con toros de verdad.
El argumento puede ser, como todos los de Holywood, algo peregrino.Resumiendo, se trata de que la ciudad va a ser escenario de la película de la Twentieth Century Fox que se estrenará el año que viene y que en estos días busca actores extra en la capital. En el guión, James Mangold dirige una historia de comedia de acción en la que TomCruise yCameron Díaz viven una historia de amor entreverada de persecuciones con malos malísimos.En este curioso viaje, él le plantea a ella un viaje por los lugares más bellos del mundo que remata en Cádiz.
Se desconoce si la ciudad será ella misma en la película, aunque por el momento se sabe que se rodará una gran persecución y que tendrá carreras de toros, con lo que las dos estrellas pueden terminar jugándose la vida en la cara de la manada. De efectos especiales, los justos. Los encierros serán con ganado bravo, que se traerá, se supone, desde alguna dehesa de la zona. Que no cunda el pánico entre los extras que dieron su nombre en los casting de la Cuesta de las Calesas.El montaje en el cine hace milagros, y con pocos mozos en peligro será suficiente, aunque la productora ya ha recibido el ofrecimiento de corredores de toda España para participar en tan curioso acontecimiento. Otros grupos de aficionados a las sueltas de toros de la provincia también se han postulado a ser los que se pongan en las astas de la manada en las calles de Cádiz.
Más fácil será aparecer en pantalla como corredor sin jugarse la vida.Es el caso de muchos de los actores que se han presentado en las pruebas de la Cuesta de las Calesas y que ya han sido fichados como posibles mozos. No vale cualquiera. Tendrán que hacer carreras de dos centenares de metros y con las veces que se repite la escena, necesitarán estar en buena forma física.
El recorrido, a punto
El rodaje tendrá lugar a finales de este mes, aunque la ciudad está tomando ya el aire presanferminero. Ayer, varios operarios comenzaron a plantar en el suelo las tablas del vallado que reproducirá el escenario del encierro de Pamplona.
De momento, las calles que están tomando el aspecto de los 850 metros más peligrosos del mundo son Ancha, Novena, Sagasta,San Pedro, Benjumeda…Se están colocando postes y midiendo el escenario para el atrezzo. Los trabajos se prolongarán en estos días.
Hoy es el útimo día de pruebas en la Cuesta de las Calesas, en las que ayer ya se habían fichado a 1.200 posibles extras. Desde el cásting admiten que necesitan más hombres que mujeres y que ya han completado el cupo de jóveves menores de 25 años. Entre todos ellos, algunos cientos participarán en la gran producción Knight & Day, que ya sorprendió por traer a Cruise y Cameron Díaz en Cádiz, pero que ha vuelto a causar sensación con su encierro a la gaditana.
+ Publicado en LA VOZ de Cádiz el 6/10/09. La foto es de Óscar Chamorro.