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El hombre que sabía todos los versos

 

Me dijeron ayer que se murió Perujo por quién nos preguntamos en Granada hace un mes y ya no estaba. Qué mierda y qué tarde llegamos siempre. Ahora he encontrado este obituario que certifica el viaje de un miembro de ese cuadro de hombres fantásticos que heredé de mi padre y que fluye como un manantial entre las manos perplejas. Era un tipo enorme y delicioso, que sabía un huevo de toros y de perros, que era mezcla perfecta entre Wiston Churchill y Scaramouche y que estaba impregnado de literatura hasta los cuellos de la camisa. Mientras las mujeres bonitas del metro de Madrid pasaban página de sus libros de poesía, él les seguía el poema de memoria con los ojos cerrados y voz de trueno domado. Añadan a su obituario que Perujo era el hombre que sabía todos los versos.
Un abrazo, amigo.

Faustino

A las malditas seis y media de la tarde se ha largado Faustino Martín del mundo en Huelva. Le dejo el honor de escribir su biografía a otro. Los que habéis seguido este y otros blogs lo habréis conocido en sus comentarios y sus entradas como ‘Cencerros’. Los otros tuvimos el regalo divino de tratarlo y de ser felices en una conversación al trasluz de un cuerpo pequeño para una persona del tamaño del Gran Cañón del Colorado. Todavía me quedan en los retales de su cometa media docena de encuentros en la barra de la caseta en la primavera cósmica de Sevilla, en la barandilla de la Concha, en un balcón del hotel Londres sacando el pañuelo para pedir las orejas de una pirotecnia japonesa, en Azpeitia subido a la mesa de una sidrería… Diría que fue ayer.

Solos se quedan un bastón, una mujer excepcional, Nati, una familia de chuparse los dedos y dos o tres millones de fieles de las cosas de Faustinetti, miembro de honor de la corte de hombres extraordinarios que heredó el que escribe. Solo acierto a divagar. Quizás solo asalte el ordenador con esta media atravesada que llevo esta tarde para certificar que hoy tengo un amigo menos.

Ojalá el cielo te llene los ojos de toros bravos y de toreros valientes y que tu camino esté hecho de primaveras. Gracias por tanto.

+ En la foto, de Huelvaya.es, Nati Vila y Faustino Martín.

De encierros y despedidas

El del jueves fue mi último encierro en un tiempo y me he prometido no hacer una tragedia de lo que no es tristeza, sino alegría. Esta siempre ha sido la parte luminosa de mi vida y lo jodido es que te quite del encierro una enfermedad o un golpe en la carretera, no la llegada de una hija, como es el caso. Una hija siempre es bien. Me largo con gusto y a ella le brindo este pasito atrás. Dejé la melancolía en la curva de Mercaderes al colgar una llamada por teléfono que terminó en un silencio ahogado de los dos interlocutores. Hasta ahí. No quiero conmigo a la pesadumbre, ya le pueden ir dando por donde amarga el pepino. Al fin y al cabo, si fuimos hombres para entrar también lo seremos para salirnos.

Triste, no. Prefiero pensar que han sido veinte años maravillosos en los que he aprendido a sentir, a querer, a ganarme la batalla y a percibir la vida en muchas más dimensiones que las tres que me sabía cuando mi aita me dijo ‘Ey, Parramplas, levanta que vamos a correr el encierro’ y me brindó uno de sus mayores regalos. Éramos un hombre y un pibe que se cruzaban en la vida y que estaban a punto de despedirse. En ese momento me estaba enseñando muchas cosas y no sé si llegó a ser consciente de todas ellas: el compromiso, el valor, la hombría (la de verdad, que no solo es cosa de hombres), la amistad, la solidaridad, el bellísimo camino entre el arrojo y la prudencia, el cálculo preciso y la locura, la ambición y la resignación, el orgullo, la humildad, la vida regalada y una existencia que es mucho, muchísimo más que esperar a que llegue el viernes.

En estos veinte años, San Fermín me ha cuidado como a nadie. Una vez me dijeron con razón que yo estaba en su lista VIP. Ni me acuerdo de los capotes inverosímiles que me ha echado. Han sido tantos que sé -en toda la dimensión de la palabra saber- que él está ahí cuidando de mí y de los míos. También sé que andan por aquí grandísimas personas que me han hecho sentirme bien a su lado. Mis amigos de ahora son aquellos tiarrones magníficos, enormes, duros como leños secos a los que cinco minutos antes del bigbang me arrimaba sin hablar, a escucharles, casi a sentirlos respirar, a tener arcadas con el humo de sus pitillos si hacía falta, cuando no era más que un chaval con granos que jugaba a ser un hombre. Hoy almorzamos juntos y nos cascamos los gintonics de dos en dos. A muchos de ellos puedo llamarlos ‘hermano’, pero les quiero pedir perdón por las veces que les molesté, que no me quité a tiempo, que les hice tropezar o que les fastidié una carrera. Les juro que siempre fue sin querer y que mis errores de torpe siempre me pesaron toneladas por ellos más que por mí. También a todos esos a los que no conozco.

Gracias a todos. También a los que me tendieron la mano, los que me abrazaron sin decir ni Pamplona cuando había ido mal, a los que me levantaron del suelo y a todos los que me cogieron la mano mientras estaba tumbado en una camilla, a esos ángeles de rojo y a aquella médico de mirada compasiva que me secó el sudor frío de la frente cuando no me llegaba el aire a los pulmones y me temblaba el cuerpo como una sacudida de la tierra.

Si me comparo con los que comparten la calle conmigo, he sido un corredor mediocre, pero siempre digo que el encierro no está en las distancias físicas, sino en lo que pasa en la cabeza. Y ahí he disfrutado como un niño. Podría haber corrido mejor, seguro, pero juro que no podría haber corrido más de verdad, con más respeto hacia el encierro, hacia la fiesta de los toros, hacia mis compañeros y hacia la descomunal herencia de la cultura que he tenido la suerte de recibir. La he tomado con un gusto infinito, sin obligación ninguna.

He sido consciente en cada momento de lo que hacía, de lo que me estaba jugando, de que poniendo mi vida al filo también arrastraba la de los que estaban al otro lado de la televisión, en el balcón cruzando los dedos o apartándome a la gente a manotazos en el aire del salón, haciéndome el quite desde el sofá. Sé que ellos también han dado mucho por mí y en esto mi mujer y mi madre se merecen diez toneladas de besos y de admiración. Mis encierros han sido de ellas, porque nunca me dijeron “No lo hagas”. No ha sido cosa de inconsciencia. Cuando me jugaba mi disgusto sabía que me apostaba también el suyo. Ese miedo y ese riesgo se lo hice pasar a sabiendas del trago. Después del tercer cántico siempre pensé en ellas y aunque de vez en cuando torcieran el morro, nunca me lo echaron en cara. Gracias.

También soy inmensamente feliz al ver correr veinte veces mejor que yo a los que un día yo también llevé de la mano como me llevaron a mí. A los que les dije eso que aprendí: ‘Tranquilo, espera… AHORA’. Con los años, ellos han crecido mucho y son los que me dan las lecciones sin hablar. Son grandes ya, enormes. Mucho más grandes que yo. No hace falta que les pida que respeten al animal, que se comporten y defiendan la fiesta del toro y el encierro con fuego y sangre si hiciera falta. Tranquilos, si todos son como ellos, la cosa está en las mejores manos. Solo quiero que comprendan que esto es un juego en el que hay que cegarse lo justo y que tiene la importancia que tiene, ni más ni menos. Andad con cuidado. O no. Haced lo que os dé la gana, qué puñetas, pero sed siempre sinceros con lo que sentís en el fondo del pecho. No hagáis nada, no ganéis ni un solo centímetro ni una zancada de más en la cara del toro que responda a otra cosa, la que sea, que no sea vuestro corazón. Él os guiará, nadie ni nada más.

Es curioso cómo me ha ayudado a dar todo este paso un mocoso de siete años. La mañana del día 11 hacía un sol limpio, como blanqueado sobre una cuerda de tender, que calentaba la misma cuesta en la que corría el abuelo Joaquín. La subía Telmo de mi mano a todo tren y se metió en la cara de un torico de fibra de vidrio con ruedas con la facilidad de la adaptación que solo puede dar el ADN. Pasado el vallado del Mercado, ese vallado de mi vida, templó un carrerón de zancadas larguísimas, de esas tan alegres que se pegan solo cuando uno lleva pantalón corto y la vida pesa lo que un globo de helio. Iba en esas Telmo cuando casi lo agarra el toro. Lo retiré como un bonito pescado entre el tumulto, por encima de las cabezas. Se asustó de un golpe en la pierna, pero escondió la lágrima, resopló, dijo ‘aissss’ y se tragó el miedo en una preciosa victoria, quizás la primera de muchas. Sonrió y  se me colgó del cuello. “Si esto no es la vida -me dije-, es que yo no he entendido nada”. Su madre, que también sintió lo que le bullía al muete, casi me cruje. En su nerviosa carrera de hombrecillo, Telmo me enseñó el camino, me pasó de la sombra al sol y cerró un ciclo. Resulta que el que me llevaba de la mano era él.

No nos pongamos tan serios. Me retiro por un tiempo siendo absolutamente feliz y sin un pelo de remordimiento que me pese. Me daré en cuerpo y alma a los pinchos y el clarete. Me acostaré tarde, se me hará de día y saltaré haciendo la bomba en piscinas de pacharán y participaré en campeonatos de comer fritos del Roch. Me acostaré después. Cuando me pedíais ‘Quítate’ no sabíais lo que hacíais.

Solo tendré que aprender a vivir sin esto como aprendí a mantener los pies en carrera en el centro de la calle, cosa que, ojo, no es moco de pavo y que tomó su tiempo. Pido que el Santo os proteja a todos dentro y fuera del recorrido y que Macarena comprenda este juego brutal que volvió loco a su aita, a su abuelo y a tantos otros. Que entienda que un día, si Dios quiere y me respeta el toro de la vida, volveré a cruzar el vallado para asomarme de nuevo al espejo en el que nos miramos tantas veces el miedo, la fiesta y yo. Con o sin ella. Esto no es una despedida.

+ En la foto, Telmo y servidor. 11 de julio de 2012, Cuesta de Santo Domingo.

28 de abril

 

Defiéndeme de las fuerzas contrarias,
en el sueño nocturno
cuando no soy consciente,
cuando mi camino se hace incierto.

Y no me dejes nunca más.
No me dejes nunca más.

Devuélveme a las zonas más altas,
a uno de tus reinos de calma.
Es tiempo de escapar de este ciclo de vida.
Y no me dejes nunca más,
no me dejes nunca más.

Porque los gozos del más profundo afecto
o el anhelo más sutil de pulso
solo son la sombra de la luz.

Recuérdame lo infeliz que me siento
lejos de todas tus leyes.
¿Cómo no malgastar el tiempo que me queda?
Y no me dejes nunca más,
no me dejes nunca más.

Porque la paz de ciertos monasterios
o la armonía vibrante de todos mis sentidos
solo son la sombra de la luz.

La sombra de la luz, de Franco Battiato

 

 

Donosti bat

Quizás la Marcha de San Sebastián mienta como terminan por mentir todos los himnos. No hay una sola Donosti en el mundo; es el tipo de trampa que se permiten a las buenas canciones como se le perdonan los defectos a las mujeres de bandera. Porque estuvo uno en San Sebastián en los confines del mundo. Vio el Paseo Nuevo en el Cabo de Buena Esperanza, con los ‘cuarenta rugientes’ deshaciéndose en sal y ruido contra las agujas de roca en los talones de África. En las lavas cuajadas de cuadernas rotas y barcos muertos de la Costa de los Esqueletos creyó divisar el Pico del loro, con ese viejo sueño de hacerse arrecife traicionero. Escaló las piedras de otros ‘urgules’ en el Cáucaso, soñó con los balleneros otros puertos, se emborrachó en las ‘fermín calbetón’ de Siberia, nadó las ‘ondarretas’ del Caribe, y tocó el tambor en las tardes calientes de enero de Olinda, en Brasil. Le calaron el sirimiri de Berlín, el txakolí de Stellenbosch y en un monte de Azerbaiyán se encontró una iglesia clavadita a la de San Vicente .
Donosti son todos esos universos posibles en el reino de la nostalgia, cuando todavía queda un año para volver a pasar los dedos por la cara gastada del barril de Euskal Billera a las tres, como ayer, con el Noroeste haciendo sonar los obenques de los barcos del Muelle y colándose por el cogote y esa docena y media de abrazos. Para volver a recordar la felicidad del aita en nuestra primera salida juntos, para el arranque de Diana como un enorme salto, para volver a ver a Juanillo por la ventana del Náutico, para sentir el fin del mundo en la Calle Mayor, para mirar al balcón de la Plaza de la Consti. También para cuadrarse delante de Santa María, sin gorro ni corazón ya, presintiendo que después de la templanza en la puerta de Gaztelubide y la Iriarena en las escaleras de Ollagorra mirando de reojo la madrugada sobre la Concha, se terminará la tamborrada. Quedará la certeza sobrevenida de que hay uno y muchos mundos, sí, pero de que todos los universos de uno nacieron aquí. Quizás tenga razón la ‘Marcha’.

 

Artículo publicado el 21 de enero de 2012 en el Diario Vasco.

Visto en TV

 

Mi padre decía que uno de los grandes placeres que podía darse el hombre una o dos veces al año era dormir 'Ben-Hur', con la baba caída y una siesta en tres o cuatro actos, interrumpidos en un depuradísimo compás que él había adquirido con los años por el que sólo se despertaba para comprobar que el argumento -la historia, su vida, el mundo y el Universo- seguía en su sitio: «Ahora se le cae la teja», «Ahora visita a la madre en la cueva de los leprosos», «Uy, si todavía está en la galera»... El bueno del aita solo se incorporaba, casi de un brinco, arrebatado, siempre sorprendido, con el final, que era lo único que esperaba. Un salto: «¡Chapuli! ¡La carrera!» Y disfrutábamos de las cuádrigas y los chocazos como dos críos en la mañana de Reyes. Desde que se fue nunca he podido volver a dormir 'Ben-Hur' de aquella manera.
Ahora, uno se da el placer de sobar otras piezas, pero no está fácil, porque los documentales son cada vez más difíciles de dormir. De interesantes, desvelan. La2 ha echado unos que no se pueden sestear ni con el volumen bajito, de lo buenos que salen. Tratan de unos humanos con mucho pelo, greñas con rastas y cejas prominentes. Gruñen, aullan y se pelean entre sí. Viven en cuevas en las que se resguardan del frío y se las arreglan, a su manera, pese a no tener herramientas. Su aspecto es bastante obtuso, aunque cazan animales con piedras, corren que se las pelan por encima de las rocas y consiguen fabricar filos chocando dos piedras. Si lo ha intentado alguna vez sabrá que esto no es nada fácil. El fuego, los mamuts, esa manera tan graciosa de darse de palos con la tribu de al lado... Muy recomendables los documentales de La2 sobre el futuro.
+ Artículo publicado el 3/12/2011 en La Voz de Cádiz.

Chenel, de Madrid al cielo

Así tumbado, dormido, era un humano más, pero el cajón de madera contenía los huesos quebradizos del dios del toreo, del dios del toreo eterno, como le gritaban a su caja a la salida de la plaza. Después enterraban en el cementerio de la Almudena a Antonio Chenel ‘Antoñete’ y a los tendidos se les hacía en el pecho un socavón del tamaño del túnel de la M30, esa por la que se fue el coche fúnebre a las 16.35 dejando por el camino un atasco y seis mil heridos de bala, sentimental, se entiende. Todos esos pasaron ante un monumento al paso del tiempo, un monstruo que demostró ayer que se le ganan batallas, pero no la guerra. Ni siquiera la ganó Chenel, que ayer salió por octava y última vez por la puerta grande de Las Ventas camino del más allá después de una estocada en forma de enfisema pulmonar y más cigarros entre pecho y espalda de los que ningún cuerpo podría resistir.
Más acá, el coro desolado de aficionados que pasaron a decirle un ‘gracias’ y que circularon ante la capilla del maestro. Componía el bodegón de la tristeza un hombre muerto vestido con un traje verde de corto, un capote se paseo de lilas bordadas con la Virgen de La Paloma, menos coronas de las que merecía y el traje lila y oro de la despedida de Madrid del 98, con los alamares arrancados en aquel arrebato de gloria.
Detrás, su familia: seis hijos de su primer matrimonio y el pequeño Marco Antonio, de 12 años, nacido de su hijo con Carina Bocos, arropado en brazos de su madre y de sus hermanastros. Y los hermanos de la radio y de la tele, y los hijos del ruedo, entre ellos Curro Vázquez, heredero de su clasicismo, su ‘gallo de pelea’. «Le quería mucho». Del toro, muchos, no todos. Faltaron incomprensiblemente algunas estrellas rutilantes del escalafón como Morante, Manzanares, Castella o El Juli (sí acudió su padre). Estuvieron Cayetano, Enrique Ponce, Julio Aparicio, Palomo Linares, Javier Conde, Juan y David Mora, Uceda Leal, Ferrera, Robleño, El Soro, Rafaelillo, Antonio Ferrera, Miguel Abellán, los Campuzano, Victoriano Valencia, Javier Vázquez, Víctor Puerto, los Lozano y muchos más, entre ellos su peón de confianza, Rafael Perea, ‘El Boni’, al que había dedicado una de sus últimas bromas. «¿Sabéis por qué los toros no le cogen al Boni?», preguntó Chenel en las postrimerías de su sedación. No, respondieron. «Porque yo le enseñé a hablar con los toros».
Hubo artistas como Charo López, Caco Senante, Jaime Urrutia… También políticos, como Esperanza Aguirre, que le entregó a la familia la Gran Cruz del Dos de Mayo, máxima distinción en la Comunidad. También echaron de menos al alcalde, Alberto Ruiz Gallardón.
La media imborrable
Por los pasillos arrastraba los pies, las patillas, las gafas y la gorra campera César Palacios, arenero, pintor y testigo de los años en que el maestro vivía en la plaza con su cuñado, Paco Parejo, y allí jugaban a fútbol y al frontón. «Le recuerdo esa media verónica contenida…». Entonces, el mundo comenzaba en el Manzanares y terminaba en Las Ventas. Luego vinieron los años de Venezuela, la nada torera, el triunfo, las reapariciones, la vida en familia en la finca de Navalagamella (Madrid), las charlas sentado en una piedra con el semental ‘Romerito’ contándose las cosas y el final de una vida con cada vez más ilusión pero menos pulmones.
De todo aquello quedaban ayer recuerdos felices y nostalgias varias reunidas en un sosegado cortejo de espectros con mechón, niños de tendido ya canosos y hasta el toro blanco de Osborne hecho fantasma. Entre fotos, palmas y lagrimón, allí se coló Antoñito, con sus 79 años y el traje de cuadros de puños deshechos por el tiempo. Se cuadró delante de la caja, sacó su armónica y tocó para el maestro el pasodoble ‘Amparito Roca’.
No le pudieron dar la vuelta al ruedo porque allí estaba plantado el escenario del concierto de Coldplay, preparado para el miércoles. Como casualidad, era inevitable. Como símbolo, un ultraje. Así que lo sacaron por los pasillos, con su capote de paseo sobre la caja y la cuadrilla debajo, jaleando una vida como jalean los capitalistas. Bajo la puerta de la gloria, lucha de fotógrafos, palmas ardiendo en una tarde heladora, nudos en la garganta y una ovación larguísima y honda, como un aullido o un natural cheneliano, interrumpida solo por gritos de ‘torero, torero’, ‘gracias, maestro’ y ‘viva el toreo eterno’. De haber llevado alamares, se los hubieran arrancado de nuevo.
+ Artículo publicado en Colpisa. La foto es de Juan Pelegrín. Aquí el vídeo del momento.

28 de abril

Tú me abandonarás en primavera,
cuando sangre la dicha en los granados
y el secadero, de ojos asombrados,
presienta la cosecha venidera.

Creerá el olivo de la carretera
ya en su rama los frutos verdeados.
Verterá por maizales y sembrados
el milagro su alegre revolera.

Tú me abandonarás. Y tan labriega
clareará la tarde en el ejido,
que pensaré: Es el día lo que llega.

Tú me abandonarás sin hacer ruido,
mientras mi corazón salpica y juega
sin darse cuenta de que ya te has ido.