Category Archives: Embarcando

En papel: La primera noche

La primera noche que vi echarse sobre África me cogió subido en un cerro de piedras en Kulala, cerca del Sossuvlei, en Namibia. Vaya por delante que no soy de los que se quedan en alfa con cualquier atardecer, y detesto a los vainas de chiringuito que aplauden cuando se pone el Sol en la playa; me resulta una gilipollez soflamante. Aquel día, el cielo se incendió en mil naranjas, rojos y amarillos mientras la pelota de fuego caía detrás de un escenario de prados ocres, ralos de hierba, salpicados de montículos de piedra que perforaban la planicie como los dientes romos de un viejo monstruo. El aire olía a salvia salvaje y a seco, a incendio por declararse. Entonces pensé que si Dios había creado el mundo, tenía que haber sido allí y que ese paisaje, extraño y absolutamente desconocido, estaba en mis ojos mucho antes que todo lo demás, como si sintiera que el hombre que soy, el urbanita de chichinabo, sofisticado mindundi del parque temático que llamamos civilización, venía de allí mismo, de aquellos cañones oscuros que arrancaban en las estribaciones del horizonte. Del jodido ombligo del big bang. «Tú eres esto; perteneces a esto», me dije en una conclusión que se me hizo tan absurda como obvia.
Creo que lloré solo y en silencio. Con esa furtiva lágrima compadecí a todos los hombres que habían nacido y muerto sin ver lo que yo tenía delante. Cuando la oscuridad se llevó los colores, tiñó de pardo el mar de hierbas de abajo y las rocas se hicieron de mercurio, abracé a Elenita y los demás sin decir nada. Entonces me serví un gintónic en una taza de metal, encendí un pitillo e hice pis por el precipicio abajo. Alivié tal necesidad mirando la escena con el cigarro rubio en la comisura, una mano en el bolsillo y otra en la taza en lo que fue, sin lugar a duda, la mejor meada de la historia. Cuando la podredumbre, la corrupción, los sobres y los eres me asaltan en el periódico, cuando Esperanza Aguirre defiende que el IVA del golf debería ser «claramente» reducido, me acuerdo de ese momento y me siento mucho mejor. Solo he tardado cuatro años en poder escribir esto.

+ Artículo publicado el 8 de febrero en La Voz de Cádiz.

Añado que cuando ya se hizo de noche y asomó la Cruz del Sur y la Vía Láctea le puso su cresta blanca a la bóveda del cielo, mi madre se cantó un huapango. Nada más que decir. Este vídeo que me mandó Charly Cabrera os dará una idea de lo que estamos hablando.

Namibian Nights from Squiver on Vimeo.

El sepulcro solitario

Mathias Koraseb se echó a morir en la arena de la playa más vacía de la tierra. Dejó de respirar en la orilla, harto su corazón de latir contra la marea, exhausto sobre la arena y con el rugido perpetuo de las olas como banda sonora de una heroica despedida. No sabía entonces que su tumba sería una de las menos visitadas del mundo, pero también una de las más bellas.
Sobre su lápida reposan algunas piedras, tablones de madera pulida por el salitre, una botella de vidrio, un remo partido y enormes huesos blanqueados que debieron pertenecer a la mismísima ballena de Melville. Allí arriba se expone todo lo que ha ido vomitando la marea, incluído el pobre marinero. No hay mejor sepulcro que ese para un hombre de mar.
Es tranquilo. Pasa muy poca gente por allí. Está usted en Namibia en algún sitio cercano a ninguna parte, en uno de los lugares más inhóspitos y fascinantes del planeta Tierra. Cuentan los pequeños bosquimanos de la tribu San, que cuando hizo esa parte del mundo, Dios estaba enfadado. Los marinos portugueses llamaban a aquella franja ‘Las puertas del infierno’ y ahora la pueden buscar en el mapa por Costa de los Esqueletos.
Imagine una línea que va de Madrid a Sevilla como  un continuo de arena y espuma bajo una niebla que entra desde detrás del horizonte con la fuerza de un alud. Mirando a la lápida, a la izquierda (el este) se arrodillan las últimas estribaciones del desierto del Namib. Se echa al mar un atrezzo marciano de dunas que se mueven, cañones descarnados en rocas y algún riachuelo más que humilde en cuyas riberas sobreviven por milagro leones, elefantes y gacelas en franca batalla por alimentarse y beber.
A su derecha, el Atlántico feroz se deshace en una sopa de espuma y mar de fondo y escupe en la arena un mercadillo de esqueletos de ballena, redes, maderas y barcos enteros. Eso, cuando rompe la ola. Cuando se va, arrastra guijarros y rocas del tamaño de un balón de fútbol como un chaval que juega a las canicas.
Entre las sobras que dejó el mar sobre la arena lo mismo se encuentra uno un coco llegado de vaya usted a saber dónde que el casco de un velero. Alcanzaron la orilla gracias al azar, los vendavales del sudoeste y la corriente helada de Benguela, un latigazo submarino que ha arrastrado cientos de naves que el tiempo convirtió en cáscaras de óxido y que le dieron al lugar un  nombre de repeluco: Skeleton Coast.
La noche maldita
En uno de esos hierros deshauciados viajaba Koraseb la noche del 29 de noviembre de 1942. Sonó una llamada en el puerto de Walvis Bay, al sur de la lápida. Un carguero refrigerado inglés, el ‘Dunedin Star’ había golpeado un objeto y estaba embarcando agua. El remolcador ‘Sir Charles Elliot’ salió a batirse a la tormenta de camino al naufragio. Nunca volvió a puerto. El ‘Dunedin’, que navegaba camino de Egipto cargado de pasajeros y munición para los aliados en la Segunda Guerra Mundial, quedó encallado en la playa y desembarcó a la mitad del pasaje en botes con el agua pasándoles de borda a borda. Cuando llegaron sus rescatadores, también encallaron. Ante el riesgo de que el barco se despedazase, decidieron alcanzar la costa a nado. El contramaestre Angus McIntyre nunca llegó ni vivo, ni muerto y Koraseb se dejó la vida en el intento. Al día siguiente, un avión lanzó comida y agua a los náufragos y enterraron al muerto.
Quedaría para siempre cerca de Rocky Point y de Cape Frio, un lugar en el que le acompañan solamente enormes y apestosas colonias con decenas de miles de focas y los escurridizos chacales. Casi nadie puede llegar hasta allí. De la costa de Namibia, la parte norte está protegida bajo la etiqueta de parque nacional. No pueden entrar más que los 12 huéspedes de un campamento. Allí crecen líquenes valiosísimos, pero también diamantes que solo ignoran los lagartos y las gaviotas.  «Probablemente, es la primera vez en toda su vida en que están ustedes absolutamente solos», advierte la gerente del campamento a los visitantes a los pies de una pista de aterrizaje marcada con una docena de piedras. La nada significa estar allí, plantado en una franja de 600 kilómetros que sube hasta la frontera de Angola en la que no hay nadie, si no son los guardas. Ni siquiera se puede entrar en coche, solo en avioneta.
Cuenta la leyenda que algunas noches, Koraseb se levanta de su solitaria tumba y se pasea al trasluz de un cielo coronado por la Vía Láctea como la cresta de un punki. Los guías juran que han visto su silueta caminar sobre las dunas. Dicen que busca compañía.

+ Publicado en los regionales de Vocento el 30/07/2012.

En papel. Azerbaiyán: nadan en petróleo

A la orilla del camino, un edificio alicatado en años de mayor esplendor, un sendero de cemento y lo que parecen unos rastrojos quemándose. No hay humo. Allí, entre las rocas y la gravilla, una pared de arenisca arde en una lengua de llamas. Dicen que el fuego es perpetuo y que viene de las tripas fecundas de la península de Abserón, a orillas del Caspio, hinchadas en una gigantesca burbuja de gas y petróleo. Cuentan que lleva ardiendo miles de años y que no se apaga así caigan chuzos de punta. Son los gases de la digestión de la Tierra, pero también el origen y el símbolo de un país rico y desconocido, Azerbaiyán, del que en Europa se sabe que el año pasado ganó Eurovisión. Punto. Los persas le pusieron Atropatene, que derivó hasta hoy en Azerbaiyán, a saber, ‘El guardián del fuego’. La curiosa región al oeste del Caspio ha cumplido 20 años de independencia, dueña de un pasado esdrújulo y un futuro de emirato a la europea.
En tiempos de Cristo, a la montaña del fuego llegaban peregrinos de todo el mundo. La religión imperante era el zoroastrianismo –o mazdeismo–, y los seguidores de Zaratustra veían en el fuego al creador. Aquel descampado del ‘Yanar Dagh’ estaba de caravanas como la esplanada del Rocío. Hoy aparca allí Eyyud, un chófer que podría haber rodado las escenas de acción de la serie ‘El Sheriff Lobo’, 52 años y voz gutural, que se atiborra a pipas al volante de un minubus Mercedes último modelo, asientos de cuero ‘beige’, puertas automáticas y pantalla plana con vídeos de Rihanna a todo tren. Continue reading

En papel: Siberia y Cádiz

http://www.flickr.com/photos/chapuelenita/sets/72157626560352586/

Junto a las piedras del Castillo de San Sebastián flotan las viyuelas y el Yenisei arrastra tropezones de icebergs. En La Viña, piba es una piba y en Krasnoyarsk, una cerveza. Al Sur del Sur se rozan los 40 con Levante en calma, en la estepa los 40 bajo cero. Es difícil encontrar dos tierras tan lejanas como Cádiz y Siberia. Y cómo es que tras ese abismo, dos pueblos son capaces de encontrarse y tomarse de los hombros. Obró el milagro hace unos días la Semana Cultural Española en la Universidad Federal de Siberia, con un cartel de feliz frenopático construido por el profesor y periodista gaditano Pablo Terradillos, que fuera hasta hace un tiempo parte fundamental de este periódico.
Pasó sin uno darse cuenta cuando Julia Vavílova, bailaora siberiana, levantó los brazos, cuando Karim Aljende dio a probar el gazpacho de su abuela y Olga Chistova recitó en su dulce ruso los poemas de David Eloy y José María Gómez Valero. Sonaban entre el humo Pasternac y Jardiel Poncela y el eclipse borró las distancias con los versos de Carmen Camacho y Rosario Delgado, y las teorías de Alberto Porlan. Sucedió cuando Dani Mata y Enrique Mengual se arrancaron por rumbas. Por la mañana, a Tania se le hizo un nudo en la garganta con una carrera en las astas por la calle Estafeta. Al calor de la noche, Miguel Ángel García Argüez se vino arriba por ‘Los Infieles’, Lolo Ortega componía un pasodoble ruso con una música del Noly y la Fundación de Raperos Atípicos de Cádiz conseguía que ante la propuesta de currar 25 horas más, la discoteca entera respondiera: ‘teskiarcarajoyá!’. Sin darse cuenta daban respuesta al teorema: somos humanos en Cádiz, en Siberia y en Pekín. Guárdense las alambradas y las murallas donde les quepan.

+ Artículo publicado en La Voz de Cádiz el 29/04/2011.

Once in a blue moon

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Blue moon es cuando hay una segunda luna llena en el mismo mes. Es símbolo de algo excepcional y trae buena suerte. Esta se asomó ayer más allá de las copas de las palmeras de una pequeña laguna de Key Biscayne, sobre el mar de mercurio de la Florida. Justo cuando callan los bongos y se secan los sudores del baile, con los últimos ecos de la salsa, a la bendita hora del ‘agarrao’. Sirva para desearos todo lo mejor para el 2010.

La aventura de África: Las leonas de Manze

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Entre los lagos del mítico río Rufiji se abre un laberinto de balsas de agua que regala una exhuberancia insultante, hirsuta de verdes y abundante en comida y animales. Acacias, ébanos, palmeras… En la reserva de caza del Selous -el parque más grande de África-  ruge como el motor de un Formula 1 la cadena trófica y un estallido de especies que devoran a placer a otras especies; una legión sonora de gourmands sobrealimentados, casi una antítesis ecológica de lo que es el África de los hombres.

Cerca de allí una bala alemana terminó con la figura mitológica de Frederic Selous y por aquellos arbustos se libraron las batallas de la Gran Guerra, las escaramuzas entre los ingleses de Smuts y Von Lettow. Si uno cierra los ojos fuerte puede escuchar aún el fantasma de las botas por los caminos. Por el aire dulce se presiente los cánticos de los askaris del ejército alemán, lanzando al aire su ‘Haya, haya, safari’, “vamos a la lucha tras el invencible”. Cuesta creer que el hombre viaje tan lejos de su casa para luchar.

Junto al lago, recostadas sobre la hierba nueva esperan en su terreno doce leonas con sus cachorros. Simba. Majestuosas, más que dignas, se les presume un pelo suave y un cuerpo fuerte y fibroso como la madera de un tronco joven y verde. Se mueven con la dulzura de un gran peluche, como si disfrutaran de la escena de una puesta de sol sobre un lago de millones de metros cúbicos de mercurio. Bostezan, se estiran, se desperezan con desidia ante las admiraciones calladas y las respiraciones entrecortadas de los dos viajeros que asisten al espectáculo desde el jeep rodeado de animales. Las miradas con que vigilan los calmados juegos de sus cachorros tienen mucho de tierno. En ellas se funden dos imágenes contrapuestas solamente en la superficie: el ama de casa diligente y la mejor máquina de matar que haya puesto Dios en la Tiera.

La gran bola de fuego templado de la tarde cae sobre el bosque de palmeras al otro lado de un trecho de agua infestada de cocodrilos y se  reconoce uno de esos momentos en que la energía entra por las plantas de los pies. Una de ellas trepa sobre una acacia a contemplar el espectáculo. Mira hacia el infinito y deja caer una mano sobre la rama. Está tranquila como sus hermanas, las grandes monarcas de un reino en el siguen imbatidas, como Von Lettow, y en el que nadie osa discutir su dinastía. No son doce leonas cualquiera. Son ‘Las leonas de Manze’, hembras de armas tomar.

La aventura de África: ‘Cheetah’

cheetah

Mehdi estaba nervioso tras sus gafas de Prada, probablemente regaladas por algún turista que comprendió que la miopía es el peor enemigo de un guía en el Serengueti.

-Mucha gente se ha ido muy triste, porque la migración no ha llegado aún. A veces no entienden que yo no puedo ordenar a los ñus que vengan -dijo con una sonrisa agria de resignación, levantando las manos al cielo y soltando el volante-.

Mehdi era un pésimo conductor y un gran guía a sus 28 años. Un niño en comparación con los demás. Su sueño era casarse con su novia, una técnico en agua potable de Dar es Salaam, donde se había comprado una pequeña casa. Y pasar la luna de miel en España. Nacido en Arusha, quería ver una corrida de toros en directo. El hecho de que un hombre lidie algo parecido a un búfalo -más pequeño pero más agresivo- y lo mate a cuerpo persiguiendo el arte le resultaba una idea divertida, inusitada para los europeos, gentes aburridas que no salen de sus oficinas. Ríe a carcajadas cuando se entera de lo que cobra José Tomás. “Makende kubua sana”, dice con un suspiro mientras levanta un botellín de cerveza Kilimanjaro alrededor de una hoguera. Significa “tiene los huevos muy grandes”. “Supongo que la gente del norte no lo entenderá, pero yo sí, porque esos hombres hacen una cosa que está en el corazón de los africanos y en su manera de tratar a la naturaleza, de quererla y de medirse con ella… Es el amor en la lucha”, dice.  Le prometí una buena entrada en La Maestranza para su luna de miel.

Mehdi no parecía muy hablador esa tarde sobre las llanuras trigueñas de la reserva de Grumeti, el jardín del Edén dentro del Serengueti. “Vamos a buscar los ‘cheetah’ -guepardos-“. Sacudidos por caminos de infierno pasamos en silencio dos o tres horas, sin comentar nada sobre las huellas de los leones o las curiosas costumbres de las hienas, o de tal o cual pájaro, el tipo de conversaciones de costumbre. Cheetah, nada más. De pronto, dio un brinco. “Silence”. En la morosa luz de un atardecen que confunde todos los colores con el de la hierba reinaban dos guepardos asomando sus cabezas sobre la mata seca de gramíneas. Dos machos. Cazando. Se acercaron al coche -a veces incluso los utilizan como escondite para sorprender a sus presas-. La respiración de Elena se cortó. “Mira…”

Estaban cazando un grupo de ñus, movidos como enormes gatos a punto de salir disparados como cohetes peludos a 90 kilómetros por hora. Dice Javier Reverte (si quieren comprender algo de esta locura, deben leerle) que las fieras ignoran a los humanos en los coches. Nos encuentran demasiado aburridos como para mirarnos. Les interesa menos una persona que un árbol. Sin embargo, uno de los machos se quedó rezagado, oculto bajo la mata de hierba. Me volví a buscarlo con la cámara encarada y en ese instante asomó su potente cabeza por encima de un termitero. En ese momento, nos miró al trasluz del fuego del sol proyectado entre las acacias. Sin desdén, sin soberbia. Nos observaba, simplemente, con cierta curiosidad, posando, sin saber que me estaba regalando una de las fotos de mi vida.

Mehdi arrancó el coche y chocó contra un tronco tumbado. No volvimos a ver a los dos guepardos y sólo quedaron las pajas, el silencio y el aire impregnado del olor a pasto. Se habían ido, nadie sabe dónde por dónde.Â

-Tenéis mucha suerte, -dijo Mehdi satisfecho-. Y señaló delante del vehículo.

Unos metros más allá, descubrimos lo que buscaban los dos guepardos. El sol había llenado la escena de rojo, como un laboratorio fotográfico infinito. Desde el fondo llegaba el galope de los primeros ñus de la migración a Grumeti, una fila larguísima, interminable, de miles de bestias en formación de tres o cuatro, con un galope veloz y cadente, y sus quejosos gruñidos.

-Aquí están.Â

Las moscas tse-tse hicieron su agosto con nosotros. Tuvimos suerte.

La aventura de África: ‘La grandeza ‘

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Existe un momento en que se llega a comprender su grandeza brutal. Tiene que ver con el aire mudado en mil formas. De la transparencia de las mañanas, al líquido vibrante de los mediodías sobre las tupidas mantas de césped rubio o la opacidad velada de los atardeceres en agresivos rosas, naranjas. Tiene algo que ver con el cielo inmenso, el más profundo de los quen cubren el mundo, en el que se advierten espacios más grandes y más ricos, con más dimensiones que tres, larguísimos, anchísimos, casi artificialmente estrellados.

Tiene que ver con las escalas del tiempo, la fragilidad de la vida y la incertidumbre de un continente por sobreponerse a un continuo instante decisivo por amenazante. Se presiente en la carrera de  lo inmediato y espontáneo sobre el camino eterno de la historia del ser humano. En un absurdo sentimiento de pertenencia a una tierra extraña, lejana y sin embargo propia. Es la paradoja de leyendas de cientos de miles de años con una caricia en un jeep y la fugaz cascada de luz que desborda 600 metros de pared sobre las pajas secas y los árboles de lerai del cráter del Ngoro Ngoro. En alguno de esos tramos de pensamiento futil, casi de idea liebre, sorprende la creencia de que uno ha comprendido sin razones lo que es África y la ha hecho suya. Que siempre buscará pasar su tiempo en ese lugar, que está ya contaminado por la droga de sentirse un humano en la Tierra y desear la vida sobre todas las cosas. Y que nunca logrará explicarse.