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Zorionak, Ibon

Ibón Amatriain es un tipo que se dedica a observar el mar, lo que nos guatría a todos, vaya. La diferencia es que cuando la cosa se pone fea para los demás, él se pone en las astas de muros inmensos de agua que pueden llegar a matar. Este año vuelve a estar en el Billabong XXL (premio al que se atreve con las olas más grandes del mundo) después de lo que surfeó con Adur Letamendia el domingo en Playa Gris (Cantábrico, no Hawai). Os dejo con el vídeo. Zorionak, y dos cojones.

Surf a vela: peligroso pero muy divertido

Surf saliling es, para los mortales, pillar champas con un barco. Es lo más divertido que he hecho nunca, aunque terminase partiéndome la cabeza, el mástil y la orza en una mañana de enero en La Concha; cuestión de mala suerte. La bronca en casa fue antológica.
-Llegas tarde a comer.
–Es que estaba haciendo surf a vela y he roto el barco.
Os podéis imaginar el resto. Cuando destroza un barzo cogiendo olas de dos metros uno se siente muy imbécil, aunque en el vídeo queda claro que suele pasar. Un consejo a navegantes: asegurense de que el viento no es racheado. Si se queda uno clavado al salir de la cresta, es muy probable que le caiga toda la serie -barco incluido- encima de la jeta y termine tirado en la arena boca abajo con la nariz sangrando, un par de litros de agua salada en el estómago y pensando cómo lo va a decir en casa.

El doble

Surf en Donosti. El doble de olas, el doble de ‘pechás’ de remar, el doble de altura de caída, el doble de frio, el doble de lucha… Y el doble de disfrute.

Actualización. Sonaba así:

La poética de la caída


Tienen razón los de Surf 30 (fantásticos vídeos los viernes) en que esto demuestra la poética de la caída, sobre todo en un deporte en el que se trata de mantenerse en pie. A mí se me da de maravilla. Al fin y al cabo, antes de volver a levantarse con épica, uno tiene que caer con lírica. Personalmente, se me da de perlas (la caída, digo).

Olas

“Hola, ola. Te esperábamos”, escribió alguien a quien quise mucho. Y hemos estado esperando todo un verano para verlas de nuevo. Sentado en el pico sobre una tabla de dos metros, la ciudad a tus espaldas no es más que un mundo de tierra que pierde su sentido de habitat; es solo tramoya. Ni siquiera tiene sentido de casa la arena que roza una rodilla o un brazo en las sacudidas de la espuma, un par de metros bajo la superficie. Las masas de agua llegan ordenadas como regimientos en una batalla pausada. Tomas aire. Para el viento y una gaviota se posa indiscreta a dos metros de tí, solos los dos en miles de metros cuadrados de agua. El cielo está negro, truena y la superficie se convierte en una alfombra de millones de gotas saltando. “Llueve a mares, claro”, te dices. Sonríes. Falta alguien en la orilla pero, pese a todo, salta un pescado ante tí. Media hora después, de vuelta en la redacción, una pregunta: “¿Qué te pasa? Estás exultante”. A veces el paraíso no queda tan lejos ¿sabes?.

Que me perdonen

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Una buena compañía puede resolver casi cualquier ecuación. ¿Surf o copas? Las dos cosas y sin salir de la playa, así que espero que me perdonen por un día -como dijo aquél- los muertos de mi felicidad.

+ Foto | Iván y Elenita en El Gran Babá, El palmar (Costa de Vejer).