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El hombre que sabía todos los versos

 

Me dijeron ayer que se murió Perujo por quién nos preguntamos en Granada hace un mes y ya no estaba. Qué mierda y qué tarde llegamos siempre. Ahora he encontrado este obituario que certifica el viaje de un miembro de ese cuadro de hombres fantásticos que heredé de mi padre y que fluye como un manantial entre las manos perplejas. Era un tipo enorme y delicioso, que sabía un huevo de toros y de perros, que era mezcla perfecta entre Wiston Churchill y Scaramouche y que estaba impregnado de literatura hasta los cuellos de la camisa. Mientras las mujeres bonitas del metro de Madrid pasaban página de sus libros de poesía, él les seguía el poema de memoria con los ojos cerrados y voz de trueno domado. Añadan a su obituario que Perujo era el hombre que sabía todos los versos.
Un abrazo, amigo.

Vuelapluma

Mientras me desayuno un ‘Miura’ periodístico con un bocata de la máquina y una cocacola en mi asiento de la redacción, Ivan Benitez me lleva lejos. Ahora estoy en algún monte de Navarra, instalado en un puesto a pie de tierra en una cumbre rasa o quizás encaramado en las copas de un bosque de hayas incendiado en rojos y naranjas. Creo percibir el olor de los setales en el viento del norte que empuja la cola de los bandos hacia la estratosfera y que trae aromas desde los fondos oscuros del valle.

Caliento las manos en los bolsillos llenos de cartuchos de un chaquetón viejo. Agarro en la comisura un cigarro rubio que agria el ayuno y el madrugón. Cuando no me dejo los ojos en el horizonte, veo a un perro amigo, unos pies enterrados en las hojas y mi querida Sarasketa paralela apoyada entre las ramas, helada, antigua y bellísima como una Venus olvidada en un jardín de invierno. Algunos gorriones entran con el sobresalto de las flechas. Intento recordar el siseo de las alas en otras mañanas de gloria y la cercanía del almuerzo prometido. Entonces miro al frente y admiro con sorpresa la mancha de torcaces sobre las nubes, cruzando cielos lejanos y casi cósmicos, viniéndose encima como un mar de plumas. Un silbido cómplice viaja de torre en torre y avisa de la llegada de la caza. Entonces el corazón salta y se viene a la garganta el impagable espectáculo de la pasa de palomas.

(Y sigue Mazinguer en un comentario):

… y me agacho y espero, conteniendo la respiración, mirando sin ver por las rendijas que dejan las ramas que cubren el puesto. Oigo el aleteo; levanto los ojos y las tengo encima, cuatro, quince, sesenta, cien… Dejo que entren sin apenas moverme porque así me lo enseñaron los mayores. Y me quiero incorporar y encarar, pero sé que tengo que esperar un poco más, ¡todavía un poco más! Por fin, de un gran impulso, me pongo de pie y apunto… y todo es tan rápido, electrizante e intenso como un natural de Romero, Curro, en abril, oxímoron de la personal conciencia que convierte en eternidad tres o cuatro segundos de la vida, de lo trascendente de la vida.

+ La foto, de Iván benítez en su blog ‘A 33.000 pies’.

Donosti bat

Quizás la Marcha de San Sebastián mienta como terminan por mentir todos los himnos. No hay una sola Donosti en el mundo; es el tipo de trampa que se permiten a las buenas canciones como se le perdonan los defectos a las mujeres de bandera. Porque estuvo uno en San Sebastián en los confines del mundo. Vio el Paseo Nuevo en el Cabo de Buena Esperanza, con los ‘cuarenta rugientes’ deshaciéndose en sal y ruido contra las agujas de roca en los talones de África. En las lavas cuajadas de cuadernas rotas y barcos muertos de la Costa de los Esqueletos creyó divisar el Pico del loro, con ese viejo sueño de hacerse arrecife traicionero. Escaló las piedras de otros ‘urgules’ en el Cáucaso, soñó con los balleneros otros puertos, se emborrachó en las ‘fermín calbetón’ de Siberia, nadó las ‘ondarretas’ del Caribe, y tocó el tambor en las tardes calientes de enero de Olinda, en Brasil. Le calaron el sirimiri de Berlín, el txakolí de Stellenbosch y en un monte de Azerbaiyán se encontró una iglesia clavadita a la de San Vicente .
Donosti son todos esos universos posibles en el reino de la nostalgia, cuando todavía queda un año para volver a pasar los dedos por la cara gastada del barril de Euskal Billera a las tres, como ayer, con el Noroeste haciendo sonar los obenques de los barcos del Muelle y colándose por el cogote y esa docena y media de abrazos. Para volver a recordar la felicidad del aita en nuestra primera salida juntos, para el arranque de Diana como un enorme salto, para volver a ver a Juanillo por la ventana del Náutico, para sentir el fin del mundo en la Calle Mayor, para mirar al balcón de la Plaza de la Consti. También para cuadrarse delante de Santa María, sin gorro ni corazón ya, presintiendo que después de la templanza en la puerta de Gaztelubide y la Iriarena en las escaleras de Ollagorra mirando de reojo la madrugada sobre la Concha, se terminará la tamborrada. Quedará la certeza sobrevenida de que hay uno y muchos mundos, sí, pero de que todos los universos de uno nacieron aquí. Quizás tenga razón la ‘Marcha’.

 

Artículo publicado el 21 de enero de 2012 en el Diario Vasco.

La última

De haberte dedicado a las artes plásticas te hubieras apellidado Buonarotti, aunque tus pinceles sean las piernas y el lienzo el adoquinado de la Estafeta. Y la medicina, aunque este no sea el asunto. A los que no lo sepan, les diremos que estas fotos retratan la pasión de  tu última carrera, 13 de julio de 2007, la última “oficial”, aclaras, ante un toro de Bañuelos. Desde esa mañana, tu familia y tus chavales duermen más tranquilos, pero los que de niños soñamos con ser tú, cuando todavía no te afeitabas la cabeza, sentimos cierto desconsuelo. Que sí, que la edad, que si la cordura, que si el mayor te pide que te quites, que si el adductor, que si los dolores y la gran puñeta… Que sí, pero la lógica no entiende de esto, porque que te vayas del encierro es como que se retire Mick Jagger de los escenarios, que nos deja a todos un ratito más viejos, más pesados, con menos ganas de brindar, a ver si me entiendes. Además de una ronda pendiente, a partir de ahora quedan el vídeo y las fotos, aunque te pueda encontrar el día menos pensado en la calle, lejos de tu sitio, entre la masa, soñando una veintena de zancadas como estas hechas de potencia, valor, técnica, garra, justicia, limpieza y sobre todo elegancia. Ten cuidado. Por los buenos, ratos, maestro. Gracias

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En papel: ‘Una sola palabra’

Un ingenio mayor que el que firma este Nadando con chocos hubiera encontrado una decena de buenas historias. El debate sobre si la libertad de Rafael Ricardi es final o principio de una vida, la pelea entre pistoleros en un túnel bajo el segundo puente sobre el río Cai, el futuro de los Georgie Dan en un mundo sin chiringuitos…
Alguien más melancólico que el que escribe podría divagar sobre el fuego de los atardeceres inmensos sobre la reserva de Grumeti, de las leyendas antiguas de los Masai, del gran cazador blanco y los exploradores de un mundo en el que no queda nada por explorar. O bien desesperarse en la miserable sensación de que ya está todo visto, dicho, inventado y conquistado, y recuperarse en la media docena de cosas que quedan por sentir.
Alguien más ingenuo podría llenar este espacio con el principio del fin de la crisis pregonado desde el altísimo estrado de Barack Obama y la recuperación de un sistema desahuciado. El clásico, con la necesidad de cuidar de la Madre Tierra, el principio o del final de las vacaciones.
El optimista hubiera retratado la fragilidad y la fuerza del nacimiento de Sofía, a punto de despertar a la vida en San Sebastián como una revolera de cigüeñas y retamas, la manera en que todo lo arregla la suave voz que acaricia el aire cuando cantas bajito, el hecho de que ya falte menos para San Fermín.
El que firma ha estudiado todas esas opciones antes de llegar a su terrible conclusión. Esta tarde un mazazo desesperado de frentes sobre un teclado acierta sólo a juntar como un retorno obsesivo, las mismas siete letras de rabia. Asesinos. Asesinos. Asesinos…

+ Artículo publicado hoy en la sección de Opinión de LA VOZ de Cádiz.

En papel: ‘Pasodoble al borroka’

Pa parapapaparapapara, papapará… La gente habla mucho de Lazkao y de su kale borroka… y eso ni es calle ni es barroca. Yo que entiendo una mijita de lucha callejera porque me he llevao treinta años recogiendo pelotas de goma en la casa puerta de mi bloque… Lo de Lazkao es de aficionao.

No… que si lo ha querido hacer a cara descubierta… No… que si pilló la maza porque era lo primero que tenía a mano… No… que si estaba hasta el lauburu de ver su pueblo desfigurado por aquella bomba… ¿Desfigurado, dices?… ¿Desfigurao la cara de armario de las nekanes cuando van en las manifestaciones!

El terror callejero es un arte muy importante que solamente está al alcance de muy poquitos privilegiaos. La próxima vez léete un manual por internet de los que han escrito esos mataos. Y no te veas más esposao. Esto es una cosa muy fácil. Nada de valentías a la luz del día. Tú por la mañanita te estás en tu casita y al mediodía te vas con un coleguita a la herriko de la eskina. Tu hazme caso a mí, que esto se lo he visto yo a ellos toda la vida. Te bebes dos o tres botellas de sidra y te llevas los cascos. Luego con el morazo te vas a la gasolinera, te compras tres litros de lo más baratito con un mecherito. Te vuelves a casa, haces jirones esa camiseta que te regaló tu primo de Madrid 2012 que no te puedes poner porque te cortan el punto. Luego coges el mechero, la botellita y te ves el Mira quién baila.

Cuando todo esté tranquilo, y se haya terminado el mogollón te vas tú pa la herriko con tus cóctel molotov. Los tiras por la luna así… pumpumpum. y le soplas luego así… pumpumpum, hasta que haga su llamita.

Y no te cojas las maletas y te pires a Alicante, que te van a llevar p’alante. Tú te metes en casa, a mirar detrás de los estores y llamas al Gara pa que vengan con los extintores…

No ha nacido aún quién le encuentre el final gracioso al pasodoble.

Andanada

Amigos, abrazos, estofados, chicas yeyé, sangría, resaca, calor, hielo, cangrejos de río, cumpleaños, baile, toros, toreros, sandía, guiris, besos, magras, estocadas, babas, vasos ajenos, pellizcos, helado, faenas, pañuelos, amor, cornadas, canutillos, toallas, manos al cielo, mártires, risas, ninjas, amigos, gorros, sangre con tomate, par de banderillas. El paraíso del esquizofrénico, un coliseo cachondo, la tercera guerra mundial de las emociones, el Wall Street de la merienda.

Andanada del 10. El blog.

Karlos

Un vídeo con algunos momentos de Karlos en la tele, que no los mejores. Es un genio, aunque dirigir el tráfico en medio de una tormenta de nieve no se le da tan bien como contar los chistes más malos del mundo o cantarse la del conejo de la Loles a la hora de comer. ¡Si es que los huevos de Arguiñano tienen tres yemas!

Por cierto, ¿alguien se acuerda del anuncio legendario de Café Fortaleza que ponían antes del programa de Arguiñano? Decía algo así como agaiagaiacaféeeee.