Category Archives: Cádiz

Sanlúcar

A la orilla de Sanlúcar
flota una casa en la mar.
Una caricia con arena,
dos abrazos de marea
y cien mil besos de sal.
Sobre su sábana de algas,
tres caballitas sueñan
una nana en pleamar.
A la orilla de Sanlúcar
flota mi casa en la mar.

Agosto 2012

Por la mar chica del puerto

 

Por la mar chica del puerto
andan buscando los buzos
la llave de mis recuerdos.

(Se le ha borrado a la arena
la huella del pie descalzo
pero le queda la pena.

Y eso no puede borrarlo.)

Por la mar chica del puerto
el agua que era antes clara
se está cansando de serlo.

(A la sombra de una barca
me quiero tumbar un día;
echarme todo a la espalda
y soñar con la alegría.)

Por la mar chica del puerto
el agua se pone triste
con mi naufragio por dentro.

 

Manuel Alcántara

Gracias, Pablo García Mancha. No podías haber escogido otra mejor.

En papel: Pasión

Se pueden decir boberías chicas, grandes, enormes y luego está sostener que la Semana Santa representa algo caduco, de otro tiempo. No hay cosa más actual que linchar a un tipo sin que hubiera hecho nada a nadie. Moler a palos a un hombre siempre estuvo de rabiosa actualidad, ahora y siempre, desde Pekín hasta Wisconsin, desde Barakaldo hasta Trebujena, desde la Prehistoria hasta este lunes. Los cuatro puntos cardinales de este mundo han estado sembrados de gentes a las que le han dado la del pulpo sin merecerla. No hay mayor vanguardia que el sufrimiento perenne de la injusticia, que las llagas en las manos, el andar desesperado camino del patíbulo, la mirada perdida, las espaldas cargadas con maderos y las madres dolorosas tragándose en su indestructible esperanza la suerte perra que convirtió a su familia en un infierno, a su niño en ecce homo.

Ese es el éxito de la poderosa representación de la Pasión de Cristo cuando sale a la calle. Porque detrás de la música excelsa, el brillo de los oros, el poder magnífico de los hombres que lanzan el mundo al cielo, los finísimos hilos de los mantos, el mecer cadencioso de los palios besando las copas de los naranjos y las luciérnagas juguetonas de la candelería, bajo todo eso, digo, caminan y se arrastran todos los que sufren en este mundo. Allá vamos una semana al año, dejándonos los pies sobre el sangriento y florido filo de la navaja de la primavera, a pedir perdón por todos los cristos que jalonan nuestro camino y a consolar a todas sus madres. A estremecernos ante la inmortalidad del amor. Lo que te eché de menos ayer, Esperanza nuestra.

Artículo publicado hoy 6/4/2012 en La voz de Cádiz.

En papel: ‘Los locos son ellos’

Dijo Denis Diderot, el de la enciclopedia, que el primer paso hacia la filosofía es la incredulidad. Hoy se hubiera equivocado. Con este pastel, el héroe es el crédulo, el que se traga a los de los trajes en la calle y al juez sentado en el banquillo, a ese capitán que encalla y salta el primero del barco cuando se hunde, a la anciana en su noche de bodas, al conservador que sube los impuestos, al socialista que abarata el despido y al rico que visita el hospicio. Miren sin caerse de espaldas a ese país pobre que compra al país rico, a esa colonia abriendo banco en la metrópoli, al antisistema opositando a la Junta, al mendigo que presta al banco al uno por ciento mientras que el banco le presta al mendigo al seis, a la vuelta al esclavismo, al pirómano contratado de jefe de los bomberos y a la corona llevándose lo del pueblo. Eso no sorprende tanto, ya.
Aterra ver la lluvia viajando hacia el cielo, el Mercadona que van a abrir en Serrano, las olas arrasando las ciudades, el vapor que sale a flote, los aeropuertos sin aviones, las borracheras tristes, los toros de lidia adocenados, este invierno asfixiante, los caramelos amargos y el febrero desde Madrid.
Por una vez, seamos serios: tiene más sentido la Pepi, la del Selu, que la Pepa. Eso es. No hagan caso a los psiquiatras del IBEX ni a los sacrosantos sacerdotes del ‘rating’. Quítese ese  gotero que les pinchó la enfermera; no le está haciendo bien. Más bien rompa los lápices, queme los papeles y salte sobre sus calculadoras, que el Carnaval es la realidad y el resto, la chirigota. Los locos son ellos.
Artículo publicado hoy 27 de enero en La voz de Cádiz.

En papel: ‘Las dos de Puerto Serrano’

Dos de Puerto Serrano probaban suerte en ‘Tú sí que vales’, que es un programa ideal para meter el cerebro en el vasito de la dentadura. Traían más esfuerzo que virtud y un número flamenco con un baile de capotes toreros, vestidas de corto. «Nos gusta la cultura: el flamenco y los toros. Y queremos defenderla», dijo la más echada ‘p’alante’. En la red las pusieron como el perejil. Comenzó a bramar la selección nacional de culofinos en sonora queja contra la incultura ibérica y esa imagen de pandereta que tan mal dicen que le queda a nuestra España. Que los toros no son cultura y tal, y que la actuación – y ese acento- suponían un ataque contra el buen gusto.
Preferían sin duda que las niñas hubieran salido a escena a tronar por la Rihanna o a marcarse un aria de Genovés y Lapetra a base de pedorretas con el sobaco. Mucho mejor. Eso sí hubiera sido, para ellos, algo propio del país supuestamente desarrollado que somos, pero resulta que las dos de Puerto Serrano se han criado culturalmente jugando al toro y dando ‘pataítas’, que no es tan ‘cool’, ni tan ‘fresh’, ni tan ‘trendy’, pero resulta más cierto, más sincero y más natural. Si a uno no le gustan los toros o el flamenco, ese es otro cantar, pero no se entiende cómo tanto imbécil de miras altas se avergüenza de lo propio y se maravilla con lo ajeno. Mírenlos: allá van en manadas al otro lado del mundo a ponerse tiernos con la excelsa danza de aquella tribu, con aquel rito de iniciación en el que los chicos saltan desnudos sobre vacas. Allá van, a ciscarse en la Macarena y en la Virgen de La Palma y a revolcarse ante la deliciosa espiritualidad de los ritos del primer hechicero en taparrabos. Bobos.

Agua va

En la Gran vía llueve pesado, plomizo y frío; llueve en seco, casi como lágrimas de mercurio, como un compás estúpido de parabrisas en el atasco y al penúltimo romántico se le antoja aburrido el espectáculo. Se le cuelan a traición por debajo de la puerta de las  neuronas el helador caos del chaparrón gaditano o donostiarra, con esa levantera o ese noroeste que hacen que llueva, no de arriba a abajo, como en Francia, sino en tres o siete dimensiones, esa caótica coreografía de gotas contra la que no vale el paraguas.
Llueve sobre mojado en Madrid. A los leones del congreso se les caen ya los mocos. El suelo resbala en campaña electoral y a los zapatos de la crisis les cuesta encontrar un punto de apoyo. Caminar por este mundo es intentar un sprint en una pista de hielo en cuesta. Han caído seis litros por urna cuadrada, entre la borrasca del rápido Pepiño, las cien propuestas de Rajoy, los puñeteros mercados y ese cielo panza de burra, de los de nevada, bajo el que se mueven dos candidatos enzarzados en agarrada pelea, como una lucha de monos rabiosos de los que no se sabe quién fue el primero que dio la bofetada.
Excursionistas, en España va a hacer frío, mucho frío. Los agoreros quieren apagar el fuego de la esperanza de la paz en el norte y las reservas de esperanza están agotadas hace tiempo en el sur. A muchos no les queda ni un sombrero que agarrarse en la tormenta. En los epílogos de este otoño, quizás Juan guarde aún tras su barra un plato caliente de garbanzos con menudo y un vaso de cerveza para servir a un amigo con sed y hambre. Una chanza, un ‘mira tú por dónde’, una palmada en el hombro. Cuentan que el tipo sigue sonriendo. Cádiz ya demostró que el sol siempre termina ganando a las sombras. Sabio maestro; difícil teorema.

+ Publicado hoy, 4/11/2011 en La Voz de Cádiz

Y se hizo arrecife

Como a todo barco gaditano, al Adriano III le hubiera gustado ser galera romana, galeón de indias con la sentina apestando a especias de otros mundos o incluso barco pirata. O navío de línea como los que salieron de su muelle hace tiempo camino de la locura de Trafalgar con los tres puentes llenos de arena mojada esparcida para no resbalarse con la sangre, o acaso un barco científico e irse  a ver el otro lado del mundo y ponerse los horizontes por montera. O rompehielos en el Ártico, o ballenero doblando el Cabo en los Cuarenta Rugientes. Pero nació panzón, alto y con una misión menor: hacer de autobús de línea marino y bambolearse de un lado a otro de la Bahía, entre Cádiz y El Puerto. En lugar de cañones y carronadas llevaba en la cubierta banquitos en los que se sentaban gentes amables. Nada de marineros echando pestes. Nada de silbatos de contramaestre, campanas de cambio de guardia, ni tambores que tocaran a zafarrancho, ni fuegos de San Telmo en el mástil, que era con lo que él soñaba en las noches quietas junto al muelle. En los días de temporal, al bueno de Adriano ni le dejaban salir al mar a jugarse la proa y zurrarse con un levante de siete flechas, que hubiera sido su manera de saborear la gloria en las mañanas de temporal, cuando se tenía que quedar amarrado en su castigo.

Con todo, en su manera de mecerse tenía algo de todos los barcos que le gustaría haber sido y que él mismo llevaba dentro, de alguna manera, por herencia genética, como llevan  todos los barcos de ese muelle, aunque hubiera nacido en la época equivocada. Se le veían todas aquellas naves antiguas en los andares, cuando tomaba la mar de través con esa decisión, como se les ven a los toreros los remates cuando van por las aceras. Llevaba este barco dentro un algo que lo hacía grande, por eso tenía hasta mote, aunque fuera un apodo casi de peluche: le decían El Vaporcito. Por eso los hombres del mar le hacían canciones que se tarareaban acompañadas con repiqueteos de nudillos en los timones desde Matxitxako hasta Espartel, que eran sus aguas aunque no las hubiera catado su quilla más que en sueños y a través de los cuentos viejos.

Le quedaba vaya usted a saber cuánto. Menos de lo que merecía. Algún día, no muy tarde lo apartarían de su ir y venir por la Bahía y pondrían en su lugar algún engendro más moderno, más ecológico, más de hoy. Hasta la última de esas cuadernas sabían en su crujir lastimoso sobre la mar de fondo que pronto tocarían a retirada. Y antes de que le dieran la puñetera pensión, se quitó la vida. El martes se hundió en  el muelle y dejó la conciencia sentimental de un pueblo entero encallada a cuatro metros bajo las aguas, a un trís de la escalera del muelle en la que soltó a sus últimos pasajeros sanos y salvos. Porque los barcos de leyenda no se jubilan y él no pintaba nada comido por el óxido en un cementerio marino, roído por la sal en algún dique lejano en el que alguien, de vez en cuando, le dijera al pasar: “Mira, qué pena del Vaporcito”. Los barcos grandes se hunden a lo grande, por eso Adriano se hizo arrecife, al fin. No le lloren ni media lágrima, siempre prefirió las salvas de cañones.

Artículo publicado en La Voz de Cádiz hoy 1 de septiembre de 2011.