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Illumbe. 5+1 razones

Razones por las que acude menos gente a los toros en San Sebastián*.

1- Porque las entradas en Illumbe son caras.

2- Porque como todos los espectáculos de pago, los toros en general han visto bajar sus espectadores.

3- Porque la empresa se ha equivocado al hacer una feria torerista en lugar de darle importancia al toro como han hecho plazas vecinas que tienen los tendidos llenos.

4- Porque va menos gente a los toros en general.

5- Porque se han notado los 25 años sin toros en la ciudad.

Añado 6- Porque nadie se apunta a un espectáculo del que se dice durante meses que va a terminar en la ciudad.

 

Razones por las que el año que viene en la plaza no habrá ni mucha gente ni poca y directamente se dejarán de dar toros:

1- Porque al alcalde le sale de los cojones.

WELCOME TO THE BASQUE COUNTRY.

 

(*) No estoy de acuerdo con que a los toros en Donosti no va nadie. Va más gente que a otros espectáculos.

La foto es de Usoz, publicada en el Diario Vasco.

Donosti bat

Quizás la Marcha de San Sebastián mienta como terminan por mentir todos los himnos. No hay una sola Donosti en el mundo; es el tipo de trampa que se permiten a las buenas canciones como se le perdonan los defectos a las mujeres de bandera. Porque estuvo uno en San Sebastián en los confines del mundo. Vio el Paseo Nuevo en el Cabo de Buena Esperanza, con los ‘cuarenta rugientes’ deshaciéndose en sal y ruido contra las agujas de roca en los talones de África. En las lavas cuajadas de cuadernas rotas y barcos muertos de la Costa de los Esqueletos creyó divisar el Pico del loro, con ese viejo sueño de hacerse arrecife traicionero. Escaló las piedras de otros ‘urgules’ en el Cáucaso, soñó con los balleneros otros puertos, se emborrachó en las ‘fermín calbetón’ de Siberia, nadó las ‘ondarretas’ del Caribe, y tocó el tambor en las tardes calientes de enero de Olinda, en Brasil. Le calaron el sirimiri de Berlín, el txakolí de Stellenbosch y en un monte de Azerbaiyán se encontró una iglesia clavadita a la de San Vicente .
Donosti son todos esos universos posibles en el reino de la nostalgia, cuando todavía queda un año para volver a pasar los dedos por la cara gastada del barril de Euskal Billera a las tres, como ayer, con el Noroeste haciendo sonar los obenques de los barcos del Muelle y colándose por el cogote y esa docena y media de abrazos. Para volver a recordar la felicidad del aita en nuestra primera salida juntos, para el arranque de Diana como un enorme salto, para volver a ver a Juanillo por la ventana del Náutico, para sentir el fin del mundo en la Calle Mayor, para mirar al balcón de la Plaza de la Consti. También para cuadrarse delante de Santa María, sin gorro ni corazón ya, presintiendo que después de la templanza en la puerta de Gaztelubide y la Iriarena en las escaleras de Ollagorra mirando de reojo la madrugada sobre la Concha, se terminará la tamborrada. Quedará la certeza sobrevenida de que hay uno y muchos mundos, sí, pero de que todos los universos de uno nacieron aquí. Quizás tenga razón la ‘Marcha’.

 

Artículo publicado el 21 de enero de 2012 en el Diario Vasco.

Sokamuturra

No éramos más que niños en la España gris de la Transición, dibujada de  plumíferos de colores y botes de humo. Unos críos jugando a ser hombres en la sokamuturra, un juego de toros ensogados con el que comenzábamos a vivir el impulso atávico de ponerse delante de los cuernos y enfrentar los fantasmas de uno mismo. Ellas, las vacas, eran también niñas la mayor parte de las veces. Como aquella de 1982 en la plaza de Azpeitia, la primera de un servidor, toreada al alimón con el aita, aquella a la que le debo primer miedo, el primer capotazo y la primera nariz sangrando, la primera voltereta con cinco añitos y el regreso torero al ruedo llorando de rabia, la aurora de las batallas que vendrían luego en una vida que se advertía en épicas más allá de los juguetes. Luego vinieron la plaza de Zestona, en Azpeitia, en Donosti ya más mayor, en la Trini, la Consti, el muelle descalzo, sin ni siquiera unas zapatillas de deporte en las sokamuturras, arrimándonos sin la sombra del bigote a una vaca sin casi pitones. “Chapuli, hay que templar, siempre templando”, decía el aita, y mamá llorisqueando en el balcón del Ayuntamiento. Hoy el absurdo sistema le hubiera quitado la custodia, porque el sistema nunca ha sabido de toros. Nosotros nos aconsejábamos, pálidos, y repetíamos  las lecciones que llevábamos en la cabeza, aprendidas de los viejos, en el toro de fuego, ensayadas en aquellas plazas entre revolcones y codos desollados, haciendo el quite al vecino de portal, con la hazaña del héroe soñándose en la curva de la Estafeta o en Santo Domingo, en Pamplona o en la Ribera, lo que vendría después. “¡Aupa Múgica, no le pierdas la cara!” Allí andábamos gusarapos que aún bebían mosto Palacio con aceituna en el Sakon o el Borda Berri, robando un quiebro a los mayorones con un ojo en la talanquera y el otro en la chavala del balcón, sin atender a que esa lección de superación loca iba a ser lección de vida para el toro que se nos vendría encima con los años. Mediados de los ochenta, España y Euskadi toreando un futuro con más lágrimas que esperanza y nosotros allí, en la sokamuturra, sin saber nada más de lo que nos hacía falta. Porque no éramos más que unos niños jugando al toro, los mismos locos que se han aparecido hoy con sus plumíferos en este vídeo que enlaza Manolito, como fantasmas felices de otro tiempo.

El pasodoble-trikitrixa es de dos orejas y rabo, por cierto.

En papel: ‘Chillida y los mapas’

ESPAÑA-CAJAS-UNICAJA
Entre boinas caladas e independencias limitadoras, queda el gusto de doblar el mapa. Es la resistencia ante la exclusión vociferante de los que apuestan por las líneas que separan por encima de las líneas que unen. Cádiz sabe algo de esto, de hacer papiroflexia con el atlas y que coincida el Castillo de Santa Catalina con Cartagena de Indias, el Campo del Sur con La Habana, el Oratorio y Pensacola.
Unicaja ha hecho un ejercicio de universalidad con la muestra que estrena su centro cultural de San Francisco. Chillida.Reflexión-materia se llama, y trae hasta la punta sur de Europa el aliento fresco del norte. Un viaje sin aeropuertos ni peajes. Es sencillo cruzar su puerta y sentir por los pies el chorro de aire del Peine del Viento, cuando el Noroeste mete su vapor helado en grises por la Bahía de la Concha. Tan fácil como hacer una parada a la vuelta del mercado y probar una visita al mundo infinito de Eduardo Chillida, el de la búsqueda del concepto artístico en las gravitaciones de formas y luces que salen de los objetos, de la materia y la antimateria, los conceptos revisados en la sencillez de un viaje por los espacios, enormes, diminutos.
Es la esencia material de las lurrak, las tierras, el metal de Altos Hornos reflejado en óxidos y en hierros retorcidos por la fuerza de un pueblo empeñado en domesticar una naturaleza agreste, salvaje y bella. Es el sirimiri cayendo con su cadencia de razonable matemática sobre la hierba de un verde casi cartesiano. Y es Cádiz, fuera, soñando su mañana en azules límpidos y templados, al otro lado del mapa, en la calle San Francisco. Tan cerca.

Castrillo

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Isidoro de Tauste, Comodoro Sakarratxa, Castrillo o Isidro a secas. Es muy fácil a veces ser muchas personas al mismo tiempo si se es, al mismo tiempo, una sola. A Isidro le conocí cuando todavía no había echado los dientes (yo) y desde entonces capea con su nave en la misma marisma de vidas paralelas. Entre todas esas líneas de sideral maraña ponía vinos y fórmulas, advirtiendo ya antes de saberse de que las paralelas se cruzan, que las de acodarse son las mejores barras. Un papel y un plato. De ahí sacó Castrillo el logaritmo neperiano del burutxurtu, la fórmula de la piedra filosofal del rusky, cuando en el transiberiano se le reveló el chatka, cuando el chatka era aún chatka y los zocotrocos se servían entre pan y pan. En ese universo navegaba Castrillo con la Pepa, antes que el tiempo hiciese más viejo su pesquero y ya tuviese que viajar a sus mundos, de los de agua o de Juan Lobón, en los que siempre hay una aventura, una chica y en donde siempre ganan los buenos. Unos dirán que es loco, los otros que es fraile. Dirán que es ingeniero, de cuando se le pegaban puñetazos a los loros de Terrasa por animar al Atleti, que es tabernero, de cuando los chinos del jazz del Borda Berri, que tenían cara de pegar a su padre, los hijos de puta.

Nadie diría nunca que su buque es viejo, aunque lo estén carenando en estos meses. Es el mismo barco en el que recibió un mesazo de mármol en la frente en una noche de temporal del Cantábrico, ‘La reina de África’ entre el wisky y los mosquitos, la ‘Surprise’ de las noches de oporto y Bocherini, un  destructor británico en la batalla del Atlántico, el ‘Ciudad de San Sebastián’, una txalupa para pescar chipirones, la balsa de la ‘Medusa’, una trainera, el bote de Gilberto Rolando pescando perlas, su favorito. El que tiene muchas vidas se puede permitir muchos barcos. figura aquí su retrato, pues puede que se lo crucen y les salude desde la borda con su voz de bucanero de Stevenson o de Quiñones, justo en la rosa de los vientos de este Nadando con Chocos, de Donosti a Bolonia, de la Kutralla al Cañuelo, siempre de un sitio a otro.  Le cedan la preferencia de paso y le den recuerdos de mi parte.

Los muertos de El Peine de los Vientos (y la Caleta)

Conste aquí la queja que recibe la redacción de Nadando con chocos del Hermano Sakarratxa, visitador impenitente, amigo donostiarra y del Cañuelo. El hermano pide ayuda a los habitantes de la Tacita (ex de Plata) para un problema en la Bella Easo. Serán bienvenidos los de los concejales del ramo.

Dice así:

EXPONGO:
Que habiéndose presentado a los donostiarras un grave problema por la moda de lanzar en Los Peines del Viento las cenizas de los que han dejado de beber, fumar y comer, y dándose la circunstancia, que tu bien conoces, de que el viento dominante procede del N.O. y que los panteones se han puesto a 10.000 € el metro y además no hay una Consejería de la Morienda para promover P.P.O. (panteones de protección oficial), la ciudad se nos esta llenando de polvo y por otra parte dado que el aparcamiento del lugar es frecuentado por multitudes de vehículos nacionales y extranjeros que allí acuden a contemplar “el marco incomparable” parte de las cenizas quedan depositadas sobre los mismos de modo que, viajando a lugares incógnitos e ignotos, las familias no saben donde acudir a venerarlos en los aniversarios y a Dios se le va a amontonar el trabajo el día del “rendez-vous” en Josafat para reunir a la piarilla
Y teniendo conocimiento que en La Caleta se presento un problema del mismo orden y aunque ahí las cenizas acababan habitualmente casi todas en América salvo los días de Vendaval que acababan directamente en Galilea y estarán en primera fila en el Juicio, la alta densidad de urnas impedía bañarse en el lugar sin sentir escalofríos por “las presencias” de Los Otros

Y que la Señora lo solucionó creando un Cinerario Sepulcralis.

SOLICITO:

Se elabore un estudio: análisis, diagnostico, soluciones, comentarios, chirigotas, de esta magnifica realización de la que esa ciudad es pionera para que podamos participar de sus conocimientos en Donostia y seguir su ejemplo.

Es gracia que espero recibir del recto proceder de V.I. cuya vida guarde Dios muchos años.

P.S.: Aqui el escalofrío te da con el abrigo puesto, cuando compruebas que lo que te sacudes del hombro no es caspa sino ceniza, y te das cuenta que llevas un “innombrable” subido a la chepa.

+ Foto tomada de El patio de mi casa

Lo suyo

Hace más de quince años vi al mar paseando por las aceras de Donosti y, durante mucho tiempo, no me creyeron. Hasta que las cámaras del directo metieron las olas ayer en los salones de España. Entonces pregunté qué estaba pasando: “El mar siempre pide lo suyo, antes o después”. Y esta teoría es muy anterior a la del Cambio Climático.

+ La foto está en Surf30, con toda la información.