Monthly Archives: March 2007

Pechos para una miope

Ella fue a quitarse la miopía y le tunearon los pechos. Y la nariz, y las moyas. Pero no le quitaron las gafas. Y así salió a escena ante los focos, su culo de vaso, la misma ceguera y dos leños de silicona como los de uno del Cura del Valverde, ofensiva pero burriciega. Como aquellos de Opticas Diego (”entras tuerto y sales ciego”), el programa Cambio Radical de Antena3 ha metido la pata y ahora se enfrenta a una denuncia.

Los muckrackers de la tele de hoy no se conforman con cambiarnos la mente; también quieren cambiarnos el cuerpo. Y encima se equivocan.

Salvapantallas

Más que ser un fondo de pantalla, parece que la va a mandar al fondo todo el ordenador. Esta ola que encontré en Rebelados es lo que veo en del portátil, la foto que me pidió Cris. Un día planteamos una doble página de reportaje en el periódico sobre los salvapantallas de la gente. Aún sigo sin tener claro si fue una buena y divertida idea o una soberana estupidez. Ahora, estoy más en la primera opción. Tu turno, Fatima.
LPED

Sucedido en Cádiz


“Hija, hay que tener arte hasta para caerse”, le dijo Fátima a una compañera desmayada en los fuertes brazos de su novio. Hoy se completa la sentencia: hay que tener arte hasta para una entrega de placas, principio que ha demostrado esta mañana Quino Garat, presidente y dueño de Jacaranda, propietaria del campo de golf Las Lomas de Sancti Petri.
Mañana de sol. Se inauguran nueve hoyos. Llega la hora de la entrega de placas a los socios honoríficos. Toma la palabra Garat:
–”A ver. Esta es… ¡Anda!, con la Iglesia hemos topado. ¡Para la Banca March! Aquí está su consejero delegado (entrega). Un día le pedí 500 millones y todavía no se los he devuelto. Qué menos que este detalle… El lunes te veo y te pido otros 500“.
Arte. Eso es arte. También ha sido grandiosa la de “Esta es para… ¡A este le llamamos el Cabezón!, pero no ha venido, creo. Ya se la daremos”.

Abril traidor

¿Nos quemamos?


No. Nos reciben con agua y copa de vino por viajar en la inauguración de la ruta de Madrid a Jerez de Vueling. Precios bajos, música ‘fanqui’ en el despegue, comida barata, Friends durante el vuelo, aviones nuevos y temperaturas constantes. Recomendable.

El Aquarium

De noche, el cerebro se empeña en saber las razones de lo que hacemos de día. Hace unos post quería ser Juan Sebastián de Elcano, así, de golpe sin saber porqué él y no otro de los genios que ha parido este planeta. Pues bien, en su ejercicio de aerobic vital, ese cerebro me volvió a llevar de paseo hasta el mostrador del Aquarium de Donosti, cita obligada de los mejores paseos de las mañanas de sábado de la infancia. Allí me compraban una entrada de esas de cine antiguo, con medio agujero a cada lado, después de que jugase en los cañones de la puerta, esos con los que disparaba hasta hundir los navíos de línea que osaban entrar en la bahía, esos con los que me creía un Nelson con pantalones cortos.
Billete en mano, entrábamos con el paso nervioso en aquella biblioteca de Alejandría del mar, y jugábamos a maravillarnos con lo que habíamos visto mil veces, con lo que, pese a lo cotidiano, volvía a sorprender, como la repetición una y otra vez de una mañana de reyes.
Ni siquiera los penachos de olas que asomaban por la ventana eran capaces de sacarnos de aquél camino de migas marinas. Jugábamos con reglas implícitas, como la de tocar con una palmada y la mandíbula del gigante que se adivinaba en el esqueleto de ballena de la entrada, donde siempre me imaginaba -la boca abierta como burla al animal- una barriga de carne donde cabría una persona, esa que luego supe se llamaba Jonás.
Tampoco valía saltarse la regla de las etapas. Era obligatorio observar los objetos y animales aburridos para llegar a los divertidos. Así, pasábamos fijándonos a medias en las vitrinas de las conchas, caracolas de mil colores y formas, incluso una enorme con pinchos, los cangrejos, y los terribles centollos que, pese al barniz, abrían el apetito barruntando el buey de mar que nos tenía preparado mamá en casa.
Luego llegaba la hora de la compasión con aquella foca disecada posando inerte sobre los guijarros, las blanquecinas especies abisales y un tiburón prehistórico bañado desde quién sabe cuando en el amarillento formol. “Mira, ese es el pez más viejo y se parece a los peces de hace tropecientosmil años…”
La procesión de los sábados pasaba por delante de unas escaleras de caracol que llevaban al oscuro y mundo de las peceras, modesta réplica del fondo del Pico del Loro, retratado detrás de los cristales esos tan gordos a los que no convenía acercarse si no querías terminar mareado como un pato. Allí esperaban las muxarras, salmonetes, pulpos, las morenas de amenazante dentellada, las suculentas doradas, mantas con aletas de elegantísimas ondulaciónes y aquella tortuga octogenaria que nadaba en obsesivos circuitos mil veces repetidos y que enseñaba su barriga de concha contra el cristal cuando ascendía a la superficie.
Pero esa, la mejor parte, era la que reservábamos para el final de la ceremonia, nuestros treinta metros de viaje submarino en los que nos sentíamos más aventureros que el propio capitán Nemo.
Antes había que subir a la planta alta, donde aguardaban las joyas de la historia de la navegación. Eran indispensable tocar las oxidadas puntas de los arpones balleneros de los últimos Queequeg vascos, forzudos con anillos en las orejas a los que ya creía ver persiguiendo al Leviatán frente a Ulía, con la txalupa lastrada por dos palmos de agua por los rociones del Cantábrico. También había maquetas de vapores y de navíos de línea, esos donde paisanos como Churruca y los suyos vendieron caro el pellejo en mil batallas.
En un rincón, se reconstruía una habitación del siglo XVI con las ropas y enseres de un marinero. En otra habitación, con baos en el techo, una figura de cera nos miraba con su misma cara inexpresiva, en aquella atmósfera con olor a brea. La ceremonia exigía siempre una pregunta:
-¿Quién es, aita?
-Es Juan Sebastián Elcano, Chapulin, el gran marino, el de la calle Elcano. Mira, si pulsas ese botón…
-Elcano…
Al tocar el botón, con la boca abierta y los ojos como platos, una carta náutica enorme recorría con pequeñas luces el enorme viaje del marino guipuzcoano en la primera vuelta al mundo que había completado el ser humano. Una y otra vez, el botón volvía a encender la luz de la aventura, mientras imaginaba el estrecho de Magallanes, las Molucas, Buena Esperanza… Una y otra vez durante largos minutos.
-Anda Chapulin, vamos a ver la tortuga.
-Elcano…
Un día volví al Aquarium de Donosti y allí seguían el botón, el esqueleto y la tortuga y todos aquellos regalos que descubrí por enésima vez casi con la misma ingenuidad trucada que entonces. En otras salas muy modernas se veían peces tropicales, se caminaba por un túnel bajo unos tiburones enormes con nombre muy hortera e incluso había una tienda donde se vendían llaveros de merchandising. Con todo, aquél espacio se convirtió de nuevo en el cofre del tesoro con entrada de cine antiguo, demostrando, por una vez, que no todos los paraísos son paraísos perdidos, al menos hasta que los reforman. Y hace unos días quise haber sido Elcano. Normal.

Otra de babetas

Babetas (antes verdes) arrancan un nuevo viaje como Babetas Tres Delicias, receta cocinada con la mano tenaz, talentosa, vanidosa e inconstante, siempre cierta y áspera del Terradillos. Vamos a degustar el primer plato (babetas son fideos gaditanos, véase ‘caballa con babetas’), esta vez en forma de versos:

‘Ahora’

tu novio no te vio
tú me viste y desvestiste
contacto sin tacto
gin tónico vital

ahora sólo pienso
en verte en la oscuridad