Monthly Archives: July 2007

Miradas

En su estreno en el encierro, Cuatro hizo cosas mal (algunos comentarios sin sentido, descoordinación, problemas técnicos…), pero también algunas maravillas como esta. Así supieron encontrar las miradas perdidas…
Enhorabuena.

Matar para coger toro

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Conste que hay de todo en la viña del Señor, pero como Orwell, aún no sé si es el pensamiento el que pervierte el lenguaje o viceversa. Revisando los encierros de este año a toro pasado, florece una pregunta sin respuesta como un cabestro perdido: ¿Porqué en los medios dicen “ansia de coger toro” cuando deberían decir “tentativa de asesinato”?

Me explico. En los últimos tiempos la última parte del encierro se ha convertido en un rosario de camisetas de colores, una suerte de Tour de Francia con toros para disfrute de las cámaras, familia y amigos. En algunos casos, QUE NO TODOS, las camisetas tuneadas han sustituido al blanco y rojo como los codazos sustituyeron a la solidaridad sobre los adoquines. Si se fijan detenidamente, lo que en los medios se llama “competencia” y “afición” se refiere a una lucha por estar en las astas todos los días. Lucha fratricida, claro, porque eso es tan imposible como que en Donosti haga bueno quince días seguidos, al menos si se tiene respeto por la vida, sobre todo por la vida de los demás.Â

Porque coger toro ya sea en Estafeta, Telefónica o Santo Domingo siempre ha consistido en una parte de habilidad  y cuarto y mitad de favores de la diosa Fortuna, esa que regala por la Navidad de Julio un toro en la espalda, el valor instantáneo, cabeza, pulmones y piernas suficientes para correrlo a placer unos metros y salir de la cara de la manera más elegante posible. La habilidad del corredor de los últimos tramos para apostar un lugar de la calle u otro, una finta, un sprint y mucho corazón eran -y siguen siendo, gracias a Dios en algunos casos sin tacha- las únicas cartas para evitar correr cabestro y llegar a las astas. Y si no, a fastidiarse tocaba, con media sonrisa de pataleta resignada y una palmada de los compañeros “hoy no ha habido suerte. Pues te jodes ¿Un caldico?”.

Salvo honrosísimas excepciones, las cosas han cambiado a este lado del río Arga, forastero. Lo que antes era una decisión sobre dónde estaba la barrera de riesgo de cada uno se ha convertido, además, en la elección de la barrera de riesgo del que se tiene al lado. Coger toro, en muchos de los casos, es ahora cuestión de fitness, de codos, de manotazos, agarrones y puñetazos en la cara de la manada. Es decir, una receta con mucha forma física y muy pocos escrúpulos.Â

Alguien ha debido decir que hay que coger toro todos los días en que se corre, cueste lo que cueste, como aquél que llegaba a Pamplona y en un solo fin de semana quería ver una buena corrida, comer en el mejor restaurante, pasar una noche mágica de copas con los amigos, beberse 24 gintónics, correr un buen encierro y además echar un polvo. “¡Pero si eso es lo que intento hacer yo en nueve días!”, le respondió uno.

Aplicado al encierro, la idea la resume una conversación. Uno de los mejores dentro del vallado de todos los tiempos, ejemplo del ‘fairplay’ y la elegancia solidaria en la Estafeta dijo en un Baile de la Alpargata que su balance de este 2007 iba por “tres sí y tres no”. “Eso está bien -le dijeron-, si hubieses cogido más toro sospecharíamos de tí”. Se reía.

El remate del esperpento del nuevo encierro es el pensamiento generalizado y promovido curiosamente por muchos de estos apostadores de la muerte -de los demás- que asegura que el problema de la carrera es la masificación y la presencia de guiris que “no saben lo que es un toro”. ¡Hasta se atreven a hacer propuestas de regulación de lo irregulable! Hierve la sangre cuando los oigo intentar gobernar con normativas y carnés de corredor ese caos maravilloso del encierro, ese universo en el que, por mucho que entrenen, que calienten, por mucha zapatilla de 140 euros que gasten, por más que brille su camiseta en la pantalla, sus derechos a jugarse la vida valen lo mismo que los de aquel chaval de Minessota que no sabe por dónde vienen los toros y que se encuentra entre las astas con su característico “¡oh, fuck!” y los ojos fuera de las órbitas. El cáncer del encierro de Pamplona no está en la masa de los que no conocen, sino en los que conocen y lo hacen mal.

Benditos guiris, porque no saben lo que hacen. Porque estos otros sí que lo saben, y bien: saben lo que duelen las cornadas, han comprobado que un Cebada puede matarte y lo que sangra una herida de asta. Y sin embargo, cargan contra el homicida involuntario de Michigan o Sidney, ese atontao que volvió un toro en la plaza mientras que ellos siguen adelante con su macabra competición plenamente medida por estar en las astas.

Porque encerrar con frialdad a alguien entre un pitón y un cabestro (para entendernos: camiseta naranja agrede a camiseta blanca y verde), agarrar del cuello a una persona en la cabeza de la manada, ralentizar la carrera  para que el que viene detrás se salga de los pitones o caiga debajo del toro; hacer todo eso sabiendo cómo suena una cabeza contra el adoquinado no es tener “ansia por coger toro”; es ser un asesino.

PUNTUALIZACIÓN: basta ya de rumores chorras. No es cierto que Julen Madina esté flanqueado por dos ‘guardaespaldas’ que le abren paso en el encierro. No se pasen.Â

+ Foto | de Sanferminencierro.com, un buen sitio a visitar y mejor para aprender. Muy recomendable.

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SF 07: ‘Carta a un PETA’

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Era el siete por la mañana (el Día de la Fiesta 777) cuando Gabriel Asenjo dio una vez más en el clavo con la última Diario de Navarra. Para los que preguntan qué se siente en el encierro en el que vuelas, he aquí una magnífica aproximación.

Carta a un PETA

(a saber, esa gente que corre el encierro en pelotas para la defensa de los derechos de los toros)

Ya vais entendiendo algo. En efecto. En el encierro uno se queda en bolas. Es la sublimación de la soledad y la desnudez. Para que lo comprendas. Debería existir un undécimo mandamiento: no tomarás el nombre del encierro en vano. Con la intención de animar el debate de si el animal siente como humano, te explico lo que el humano siente.
Todo comienza al alba. Escuchas ocho golpes de campana y un estruendo seco. Y a partir de ahí, muchacho, cada segundo, como en la vida y el amor, todo es un milagro y un misterio. Imagínate. De pronto, un eco de galopes de fieras protegidas por 12 puñales blancos avanzando a 7 metros por segundo. Hasta que te alcanza una galerna de apostadores con la muerte. Un tropel de bayonetas caladas corre calle arriba. Como cientos, huyes vestido de blanco y sangre entre aceleraciones de pavor, cuerpos que chocan, codos que se abren, muecas de horror en la cara, golpetazos en el pecho de 220 pulsaciones por minuto.
Cautivo en un laberinto de pasillos sin aire, de pisadas y pezuñas desafiando el equilibrio, en un espacio que se comprime, en cada zancada, en cada metro, calculas el peaje de un coste y un beneficio. Y, de súbito, un alarido recorre decenas de balcones. Delante, un dique infranqueable de espaldas blancas empujando el pánico; detrás, una mirada negra de toro penetra en tu espalda. Una cuchillada ardiente te abrasa la carne y una cabeza gigante de toro te arranca del suelo. Y toda tu vida a traviesa la retina en el tiempo de un latido, hasta que la bestia te arroja a una esquina con memorias de sangre.
Como carta boca arriba, yaciente en el regazo del adoquinado, te examinan, te entuban, te acarician la frente, y entre pantalones rasgados, desde la piel agujereada, dos manos enguantadas aprietan un boquete con algodones
rojos. A tu lado, cientos de ojos y de flashes enloquecidos. El aire se agota. Te hablan, respondes en vano con palabras que no llegan más allá de tu aliento. Hasta que el silencio se acuesta a dormir a tu lado. Y sientes que no sientes nada; sólo soledad y un gusano de sangre culebreando por tu barbilla hacia el pañuelo.
De buen rollo te lo digo. No viene en los libros, pero el que corre pide encarcelarse entre el eros y el deseo del disfrute junto a la desnudez de la muerte. «Soy un íbero y si embiste la muerte, yo la toreo», explicaba Gabriel Celaya, el poeta. ¿Catarsis, espanto, chorrada, cultura o pelotas? Nolo sé. Pero esto es lo que
hay. A 7 del 7 del 07.

Gabriel Asenjo

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Think in red and white: Viva San Fermín 2008

Ya lo dijo Yoli Irigoyen en la grada del 3. “Mañana, borraja”. Y en esas estamos, con la Bahía de la Concha de atrezzo y una madre de apoderado como los mejores atributos de esta ‘Buchinguer’ postsanferminera, que es la mejor  clínica para los cuellos que han perdido el pañuelo.  Â

La ropa es rara y se echan de menos esos pantalones y el polo blancos, las nike negruzcas, la blusa del Mutiko, el jersey azul de las ocho mañanas del hielo. “¿Triste? Alégrate chaval, estamos enteros. Enhorabuena”. Tenía razón mi compi de las astas, chaparro, calvo, recio, cárdeno de barba, cuando el apretón del día 14 a las 8.05, ese mismo con el que casi paso debajo de la manada por una mágica falta de coordinación. El año que viene quedamos: “hoy tu a la izquierda, yo a la derecha”. Y arreglado. Son cosas del directo. Si me lee, que sepa que siempre es un placer jugársela con tíos como él. O como el Peloto, que le ha ganado a base de valor frío, lejos de las locuras inconscientes, un metro a la anchura de la Cuesta de la Vida y este año ha llegado al vallado del mercado. Bien por tí, compadre.

El resto de los nueve días se apelotonan en las teclas con un griterío intenso de emociones, amigos y cariños, y son un encierro en el que nadie sabe por dónde vienen los toros. Por eso, no esperes, Asier un texto bien redactado esta vez. Porque han sido demasiados fogonazos de felicidad, enmarañados en colores todos juntos, límpidos, frescos, cristalinos, eso sí, si se toman de uno en uno.Â

Pero no hay blog para tanto. Por eso sólo me queda decir GRACIAS a mi enorme familia, la que me arropó el 6, a los irreductibles galos por cubrirme las espaldas de mis ansiedades en los vaivenes absurdos y las heridas de guerra por estrés, a Ricardo Julio y Claudio Alejandro -“¿quién de los dos es más ‘machou’?”- que confiaron en mi mano temblorosa para su primer encierro, a la Pacharana, que resucitó el día 8 por no darme tregua y sacarme del pozo del Pobre de Mí -“es un todo, un ciclo, teníamos que estar aquí junticos”.Â

Gracias a las ocurrencias de Dolores, cabecita según la cual Álvarito Navarrete se reencarnará algún día en cangrejo -“chico, quien dice cangrejo dice topo o Águila…”- a Elenita por los abrazos, por su mano, los besos y por ni siquiera insinuar que treinta palos y más kilos son demasiados para la Cuesta pese a los atragantones que pasa por TVE. A Bea, a Pat, a Fati, la gaditana que estalló en fiesta con el cohete y que tardó en comprender de que iba esto alrededor de 35 segundos.Â

Al Peloto por ser una vez más el notario de mis momentos más felices, por entender con serenidad las vomiteras de las 7.50, por comprender que no siempre se puede estar, por saber perdonar. A todos los del Alhambra por esas tres tardes de gloria, a Iñaki Idoate por los morros con callos, los cangrejos, y el bogavante. A los que hicieron el Pacharán, a los que hicieron el hielo, a los joteros del Alhambra que me enchufaron la energía por las plantas de los pies -“yo me tiraría al fuego si Navarra se quemara”-, a los de Santo Domingo que nos quebraron el resuello -“No sabe qué es emoción quién no ha corrido el encierro”-, a Mariano y a la familia de Marcelo por esa visita al Museo y por perdonarme el petardo que pegué. A Igor, Alfredo y a Álvaro por los reencuentros azules.

A Garibay por seguir siendo el mismo loco empeñado en reír, abrazar, llorar, gemir -“todo ese compendio”-, a los Navarrete Txikis por ser tres tíos como tres castillos, a Paco por no desfallecer, a Chocarro por el bocata, a los kilikis que me hicieron querer ser padre y niño al mismo tiempo, a los callos picantes del almuerzo, al Baile de la Alpargata, a Félix -platillos- y los suyos por dejarnos subir Chapitela en las astas de la Banda Sonora de la Gloria, a la Pamplonesa por tocarle ‘Giralda’ al Gorrión, a las que me regalaron una mirada, a los que se alegraron de verme, a la médico de Santo Domingo por sus guiños cómplices de fortuna un segundo después del sonido del cohete, a las manos anónimas y oportunas que nos sacaron de una ambulancia segura, al abrazo cómplice de Eguiluz ya sin pañuelo, a los que nos levantaron del suelo, a los que rieron, a los que lloraron, a los que cantaron, a los que bailaron, a los que fuimos felices, a los que volvimos a aprender a vivir, a los que se fueron un día pero que creímos volver a ver entre el gentío, al sol por apretar a mediodía, a San Fermín. A todos, gracias. Hasta el año que viene, si Dios quiere. ¡¡VIVA SAN FERMÍN!!

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