Monthly Archives: January 2009

Coplas fuera

Cuplés sorpresa, cuplés café, cuplés aguardiente, cuplés surrealistas, piratas, absurdos, previstos, terroristas, cuplés sesudos… Y pasodobles, tangos, presentaciones, nervios, falsetas, divos, piratas, posturas, nervios, insultos, la gloria, María la Yerbabuena, risas, camerinos, un guiri, el ambigú, popurrís, coplas, jartibles, filósofos, un plasta, papelillos, el paraíso. Nos vamos al Falla. Sed felices, queridos. Feliz Carnaval 2009.

Los de fuera no os perdais esto. Nos vemos en el feisbu de Carnavaleros.

Metamate

“Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Arriesgándose a abrir una larguísima discusión de si Dios preocupa o tranquiliza, los ateos han decidido anunciarse en los autobuses. Su trascendente campaña incluso puede abrir un fértil camino de reivindicaciones del tipo “Lo mejor del mundo son las papas con chocos de Juan el del Adobo”, “¡Primavera y poesía, toda la vida!”, o sencillamente “Viva San Fermín”.

Lo que me desconcierta es que sean los propios ateos los que lancen un mensaje agnóstico. “Dios no existe” hubiera sido más coherente. “Probablemente Dios no existe”, dicen. ¡Nos ha jodido mayo con las flores! Eso lo dice cualquiera. De toda la vida, la clave ha estado en si existe o no. Además, asegura que probablemente puedes disfrutar de la vida y santas pascuas a correr, pero –quizás sin quererlo– sugiere que, también probablemente, te puedes pudrir en los infiernos. Con esa falta de certeza no hay nadie que disfrute, al menos a lo loco. La revelavión es, cuanto menos, pobre. Imaginen que alguien con gafas de sol y gabardina con los cuellos levantados se acerca sigiloso en la cola de la panadería y, tapándose la boca, le susurra al oído “Probablemente Dios existe”. Menudo secreto.

Sabemos que las paralelas se cortan en el infinito y no hay batablanca que determine al mismo tiempo la posición y velocidad del inquietísimo electrón. Más difícil será resolver la fórmula del anuncio metamatemático… Al menos, tal incertidumbre vaticana se dulcifica con el placer de dejarles con mi querido López y su Teometría.

Ochenta viajes de aventuras a vela

Cuando la botadura del ‘Juan Sebastián de Elcano’ nacía Mickey Mouse, Lorca escribía su ‘Romancero Gitano’, Alexander Fleming descubría el efecto antibiótico de la penicilina y Stalin mandaba arrestar a Leon Trostky. Desde el final de los años 20 ha llovido mucho pero ayer en el puerto de Cádiz, nadie hubiera dicho que el barco octogenario era una nave vieja. Distinta, sí. Mucho. Porque hubiera sido imposible imaginarse la normalidad del larguísimo abrazo con el que se despedía de su madre Patricia Peña. Nunca hubieran pensado en 1929 que una mujer como ella, a sus 33 años, menuda y de mirada angelical, iba a ser la electricista de el que probablemente sea el velero más bello del mundo. Continue reading

En papel: ¿Y el bando de los buenos?

Alguien miró un día al cielo de la justicia terrena y constató que si los hijoputas volasen no se vería el sol. El principio sociológico es claro y rotundo, aunque dada la concentración de misiles voladores es difícil saber quiénes van a pie y quiénes por el aire. El combate entre el bien y el mal se ha suspendido por retirada de uno de los contrincantes. Ahora sólo lucha el mal contra el mal, pues este siempre tuvo más ganas de bronca.
En Palestina ha sonado la campana del enésimo asalto y ni al más necio se le escapa que a Israel se le va la mano con su Ley del Talión: ojo por ojo, misiles por petardos. Muy pocos defienden la chapuza sionista, la legalidad aguachirle del caso israelí. Nadie duda a estas alturas que un estado civilizado no bombardea hospitales ni escuelas aunque en ellas imparta clase el mismísimo Satán, que no está bien estrangular a un pueblo. Ni entrar en el salón del vecino, instalarse en su sofá y poner los zapatos llenos de barro encima de la camilla. Nadie.
El problema es que, además de a los enterradores y los enfermeros esta guerra da trabajo a los amantes de los bandos: o no encuentran a un ídolo al que adorar o se equivocan de raíz. Generalmente están en lo segundo. Por eso cuesta ver a parte del planeta sacar la cara a una organización terrorista como Hamas como si lo mismo fuera Cisjordania que Gaza, Rousseau que Robespierre. Casi tan ensordecedor como los estallidos de los misiles es el grito de la parte de la izquierda. De los que enarbolan la bandera de un gobierno -tan democrático como el de Hitler- que fusiona la religión y el estado, que encierra a las mujeres, que solamente desea destruir a un país, que se cisca en la Salle du Jeu de Paume. Algún demócrata convencido debería de sonrojarse al verse defendiendo a un estado –otra cosa será el pueblo– que esgrime ante el mundo el argumento de una sábana con cinco criaturas en los brazos de Dios y que al día siguiente las educa para que estallen sus frágiles cuerpos en la parada del bus.

Here comes the sun

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24 horas para volver a trabajar, sueño, ocho horas acumuladas de retrasos en vuelos, más de un día de viaje por delante. En la otra punta del mundo, Oliver Stone hojea una revista mientras se escribe este post. Las cosas de los aeropuertos. Os dejo esta curiosa versión de ‘Here comes the sun’, será porque se puede viajar hacia el sol aunque vaya uno de Oeste a Este, del trópico al norte, de la crema solar a la gota fría. Un placer reencontraros con ñ.

Que viene el coco

Pensó que los aventureros del antiguos habrían vencido tempestades, olas gigantes, frío, escorbuto y hasta el ataque de inusitados y feroces monstruos marinos, pero nunca habían sufrido el asombro del insomnio por disritmia circadiana, vulgo Jet lag. Puso cebo en el anzuelo y volvió a lanzar por enésima vez después de una hora pescando al amanecer de los que no pegan ojo. Se sentía bien con los pies colgados del cemento del embarcadero, viendo mecerse las palmeras en el cayo. De pronto, los vecinos -acuciados probablemente por el mismo síndrome de los husos horarios-, se asomaron para desamarrar su bote de pesca. Se sintió intimidado y se levantó. A los cinco pasos, un coco del tamaño de un balón de baloncesto cayo con un ruido seco y estalló sobre el cemento en el que estaba sentado, sobre el eje de su cabeza.

Dejó la caña en la hierba, se encendió un cigarro y pensó en qué momento y porqué se acaba de librar de la muerte. O porqué se había acercado tanto a ella y de una manera tan absurda. De algo estaba seguro. Alguien le había protegido intencionadamente como en la docena de ocasiones anteriores que desfilaban por su cabeza. Un ángel, una asociación de ellos, quién sabe, tal vez tenía un ‘lobby’ de la guarda.