Monthly Archives: May 2009

Koldo Aiestarán: «Siempre hacemos lo que nos divierte a nosotros, no al cliente»

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Una buena idea sin pretensiones, «sin estudios de mercado», como el manzanazo de Newton o el baño de Arquímedes. Así decidieron en 1989 Mikel Urmeneta, Gonzalo Domínguez y Koldo Aiestarán vender sus camisetas en San Fermín, con unos curiosos monigotes gamberros que contaban la fiesta y tradiciones sin el barniz de los souvenirs de la época. Pidieron un millón de pesetas cada uno al banco y vendieron 3.000 camisetas sin un plan de preventa. Sin nada. Eureka. Veinte años después venden un millón de camisetas cada año y decenas de líneas de productos más en 20 tiendas y un millar de distribuidores autorizados. Esta mañana, Koldo Aiestarán (Pamplona, 1966) acude a Jerez a explicar el milagro del beso de la pulga (traducción del euskera Kukuxumusu) y su modelo de negocio que ha cambiado la manera de hacer souvenirs en medio mundo.
-¿Qué hacía antes de formar parte de Kukuxumusu?
-Acabé la carrera de Diseño Industrial en Barcelona y trabajé quince días en una empresa. Me echaron. Continue reading

Turistas

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Además de una notable cantidad de tiempo libre y una buena cámara de fotos, el turista tiene algo de lo que nativo carece: la capacidad de sorpresa. Por eso le conmueve a uno verlos en lo suyo, en su ciudad. De camino a la escuela, bordeando con rutina la Bahía de la Concha guardo media docena de imágenes de encuentros mágicos con forasteros. Sin conocerlos. Todos ellos tenían en común que era la primera vez que conocían el mar. A una edad. Andá, el mar, ahí está. Y así daban a luz con los ojos como platos a un nuevo mundo en el que ya nada espacial se concebiría sin la referencia constante a la distancia de uno con la inmensidad del océano. Las manos agarrando el último resquicio de tierra que era la barandilla más famosa del planeta, la mirada en la quinta puñeta, el corazón a punto de saltar por la borda de la boca y una misma frase tonta en los labios. No podían decir otra cosa. ¿Qué quieres decir, leches? “Es grande…” Pues eso.
Con cualquier excusa me paraba cerca de ellos, apoyado mirando a otro lado, observando, sin perder detalle, sin ser visto. Desde entonces tengo la costumbre -sana o no- de hacer regularmente de vampiro de las emociones de los que conocen lo mío, allí parado timpanillo avizor, esperando trincar para mí algo de esos niños viejos que van mapa en mano descubriendo el mundo. Allí me planto escudriñando a ver si redescubro yo también algo de lo mío, de lo que ya no me exalta casi nunca, a ver si sigo vivo, pues dejar de sorprenderse es una muerte, chica, pero muerte.
Estos días han llegado miles de ellos a Cádiz en sus ciudades de rascacielos flotantes y han seguido su camino, típico para muchos pero único para cada uno de ellos. Ese que empieza en el Monumento a las Cortes con la boca abierta y la docena de fotos y que se pierde por las calles donde van ellos cámara en mano, con sus gorros y sombreros y su zapato cómodo, con sus camisas color pastel y sus bermudas con calcetines. Y Cádiz se puso bonita para recibirlos, meneando los planateros de la plaza España con un noroeste que pegaba a bocajarro en la Caleta, limpiando el aire en azules límpidos con ribetes blancos y rojos sobre las torres, como estandartes de un mundo distinto. Allí me fui con ellos, a sentir sus sensaciones, que es gratis y a rebelarme contra los que les ponen las malas caras, los que aún piensan que eso no vale ná, los que dicen de los otros eso de “míralos, van como tontos”, sin saber que los tontos son ellos.

+ Esta es la versión completa del artículo publicado en LA VOZ hoy 15/5/2009. La foto es de Francis Jiménez.

L’ exploration inversée

Sabían que existían otros distintos, aunque no habían visto a muchos. Humanos con una piel diferente y costumbres remotas, pese a que dijesen que en el fondo eran iguales a ellos. Por fin aceptaron viajar al otro lado de la Tierra y volar por medio mundo para conocer a aquella tribu lejanísima: los franceses. Dos papous haciendo el tour resulta algo clarificador y conmueve por su amalgama de malicia e inocencia. Cándido e inteligente es una combinación que ya no se encuentra en occidente, pues nos la debimos cargar antes mismo que la honradez.

Esta es una de las mejores piezas audiovisuales que la redacción de Nadando con chocos ha tenido la suerte de ver en los últimos días. Un documental de quitarse el sombrero. Se llama ‘L’ exploration inversée’ (la exploración invertida), un título sugerente, sintético y eficaz que la máquina trituradora de la traducción española ha dejado en ‘Una tribu en Francia’.  Apareció anteayer en Odisea y si los clientes de Ono se dan prisa igual lo trincan en Ojo.

En internet os dejo la primera de seis partes. Excusez moi, no hay traducción al español. No se lo pierdan.

La suite, ici.

¿Seguís ahí?

El blog tiene dos caras. Una es de piedra, como la de Sísifo, venga con la piedra p’arriba, una obligación que, como todas, se acaba por dejar para más tarde. Eso se llama procastinación, de procrastinar, que es uno -y no necesariamente el mayor- de los defectos de la redacción de Nadando con chocos. Esa cara, la de días sin publicar un post, la de la desgana, se alterna con la otra en un milisegundo. Para tomar conciencia de lo corto de ese ratito, sepan que el milisegundo es el tiempo que pasa en Sevilla desde que se pone el semáforo en verde hasta que el coche de detrás te toca la bocina. Eso, zás, y se pasa al otro estado, el de querer decir algo, de escribir algo, lo que sea, qué más da. Cualquier excusa es buena para preguntar ¿Estáis ahí?. O mejor:

¿Seguís ahí?

+ Nota de aviso | El megáfono tiene un significado de comunicación y es una fotografía tomada al azar de la red. EN NINGÚN CASO es una invitación a que La Pacharana arregle el suyo y se lo traiga de nuevo de los US a San Fermín 2009. Le rogamos que éxitos sanfermineros de altavoz como ‘Oé, oé, oé, oée, Viladecans, Viladecans’ o ‘Las minimotos, oiga, las minimotos’ queden para siempre en un lugar (destacado y venerable) del olimpo de los recuerdos.

Amigos en alta mar

El Comodoro Sakarratxa lo sabe todo y por eso manda este vídeo. ‘Master&Commander’ es una película por derecho, cosa que no quiere decir mucho viniendo de esta redacción, que sabe de cine lo que de cricket. Pero es un peliculón, de veras, que habla de los amigos, del mar, del valor y la cobardía, del compañerismo, de la guerra y de barcos. ¿Algo más? Es una película con dos cojones. Y no salen tías -Bibiana, no te me enfades-. Bueno, sí, una y vende fruta en una canoa.

Todo el que tenga en la sangre algo más que horchata ha navegado en la ‘Surprise’ y ha luchado por ella -todo “gurutal” al estilo Reguera-. Y el que ha tenido interés, se ha leído los 20 libros de POB de los que salió la película. Con ellos, la redacción de Nadando con chocos estuvo durmiendo en coy más de un año, separada de la gloria eterna por unas pocas pulgadas de madera, soñando con Valparaíso, el Cabo, los astilleros de Funchal, doble ración de grog con los de la guardia de proa, rachas de metralla y manos que empujan las cureñas las noches de tormenta. ¡Qué historia!

Hubo muchos hurras a Jack el Afortunado y a la ‘Surprise’, algunos incluso con premio. Había llegado el momento de hacer el viaje realidad. Peloto y un servidor embarcados dos años a bordo de una réplica de un galeón del XVIII rumbo al Mar de China. Al otro lado del mundo. Sin pasar por los cabos, ni violín ni violoncelo, pero dos amigos al fin y al cabo en la inmensidad con una aventura y muchos puertos por delante. Otra historia. Como no se puede navegar contra el viento con aparejo cuadrado, se deja el viaje por otra aventura, con una Sophie que no se merece pasar tantas noches a solas frente al fuego. “El barco puede ser del XVIII, pero las mujeres ya no son las del XVIII”.

Claro, que no nos quedaremos en tierra. Si todo va bien -y esta vez sin negras en el coy-, el ‘compadre’ y el que escribe zarparán quién sabe de dónde con misión aún desconocida por un par de meses, quizás más… ¿Qué no, Gorrión? Igual hasta se viene Pablo, nuestro particular Pullings en versión trash metal.

¡Toca una burda!
¡Raspa un estay!
¡Que los vientos y los dioses nos protejan!

Ideas liebre

Jonathan Littell en les Bienveillantes: Que je m’ adresse a vous ne veut pas dire que j’écris pour vous”. (“Que me dirija a ustedes no quiere decir que escriba para ustedes”).

Reencuentros

Muchos dicen que cuando Dios hizo el mundo se olvidó de Namibia, del Kaokoland, tierra del vacío, uno de los lugares menos poblados del planeta. Quien no ha estado allí no sabe lo que significa la nada, lo inmenso, la soledad. Tampoco conocen que entre los arbustos, refugiados en su boma viven los Himba, con sus cuerpos embadurnados en ocre y grasa, sus cabañas hechas de estiércol, sus joyas de alhambres pulidos en diminutos aros. Son seminómadas, coquetos, amigables. Si tiene suerte los puede ver en los lechos de los ríos con su ganado y sus burros -los ferrari del Kalahari-, sus estilizadas figuras, las piernas fuertes y la mirada digna. ‘Mapenduka’ es hola (‘tuapenduka’ como respuesta), ‘Okupeha’, gracias.

En las últimas estribaciones del norte del gran Namib y a suficientemente poca distancia de la inmensidad de la Costa de los Esqueletos para que cuando sopla el oeste llegue el fresco de un mar inmisericorde y se presienta la niebla de los Cuarenta Rugientes. En el poblado están las mujeres, ellos en el campo, allí todo es campo, cuidando del ganado o comunicando con otros poblados. Viven rodeados de una pared circular de troncos pelados que recogen en el cauce lo que algún día fue un río. Si tiene la suerte de entrar en su boma (cada una o dos temporadas la mueven), sepa que les ofenderá si pasa entre el fuego sagrado y el corral. Y no les regale nada que no sea Himba. Pocas advertencias más. Adoran que les hablen, pregunten, que les toquen. Reír.

Si son de su gusto, puede ser que se arranquen a bailar. Saldrá la mujer más vieja de todas, con sus musculadas piernas, tocando las palmas hacia el centro del poblado, azotando el suelo con las plantas de los pies en un ritmo que no reconocerá en ninguno de los que guarda en su disco duro de europeo. Una a una, ellas asoman en sus minúsculas cabañas y se acercarán hasta el grupo, poco a poco, en una suerte de paseíllo torero, guasón, entre guerrero y coqueto.

Y de pronto, el cachondeo. Si olvida sus prejuicios de ubanita occidental, saltará con ellas, revoleando, sonriendo, levantando arena con los pies, llenándose los zapatos de tierra. No se preocupe si se ríen con usted. Su aspecto también es extraño para ellas.

Luego vendrán los abrazos, las palmadas en la espalda, los regalos, la alegría, los besos a los niños, la vuelta al jeep con la cara, el cuello, la camisa y las manos blancas manchadas del rojo de otro lejano, del que fue usted tal vez hace decenas de miles de años, del Himba a quien abrazó a quinientos kilómetros de la nada más cercana, donde la nada tomó su nombre.

Meses después se sorprenderá viendo la escena en la televisión con la cena en el plato. Perdidos en la tribu. De Cuatro. ¡Tras! Son ellos. Y se le volverán a descolocar las existencias.

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¡Torero, torero!

Lo tenía todo. Los amigos enfrente, mi navarra de blanco, estupenda ella, los de arriba un poquito más cerca y dos entradas de reventa más que baratitas, contrabarrera del 11. Allí, sentado en la milla de oro de la primavera, con los bencejos vencejos saltándose las leyes físicas de vuelo y aquella energía vibrando contra las tripas como una mascletá mental… Allí podía pasar de todo. Incluso que a los de El Pilar le saliensen dos toros, cada uno en su estilo. Lo que nunca podría imaginar es al Cordobés dejandose ir a un toro, a ese toro, sin pegar ni uno solo, ni mandar un mínimo. Ni Elenita, que se estrenaba en la plaza creía que iba a ver la desvergüenza del torero picasiano de adornarse después de un crimen taurino de semejante calaña, de irse al sol a pegar arreones y voces. Quién me iba a decir que iba a ver a la Maestranza, sí, sí, la Maestranza gritando ‘torrero, torero’ ante semejante indecencia.

Que veinte o treinta almohadillas fuesen la volátil protesta a cómo javier Conde asesinó en el caballo al bravo sexto, de cómo se lo dejó ir, de cómo Elenita tuvo que mirar a otro lado después del goyetazo final. Que no se abriesen los cielos y cayese una gran tromba de agua, un pedrisco, una plaga de moscas, de Gripe A, de ébola, yo que sé… Que no pasase nada.

Y yo aquí contando aquello en este vacío de lunes que congela…

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