Monthly Archives: July 2009

En papel: ‘Una sola palabra’

Un ingenio mayor que el que firma este Nadando con chocos hubiera encontrado una decena de buenas historias. El debate sobre si la libertad de Rafael Ricardi es final o principio de una vida, la pelea entre pistoleros en un túnel bajo el segundo puente sobre el río Cai, el futuro de los Georgie Dan en un mundo sin chiringuitos…
Alguien más melancólico que el que escribe podría divagar sobre el fuego de los atardeceres inmensos sobre la reserva de Grumeti, de las leyendas antiguas de los Masai, del gran cazador blanco y los exploradores de un mundo en el que no queda nada por explorar. O bien desesperarse en la miserable sensación de que ya está todo visto, dicho, inventado y conquistado, y recuperarse en la media docena de cosas que quedan por sentir.
Alguien más ingenuo podría llenar este espacio con el principio del fin de la crisis pregonado desde el altísimo estrado de Barack Obama y la recuperación de un sistema desahuciado. El clásico, con la necesidad de cuidar de la Madre Tierra, el principio o del final de las vacaciones.
El optimista hubiera retratado la fragilidad y la fuerza del nacimiento de Sofía, a punto de despertar a la vida en San Sebastián como una revolera de cigüeñas y retamas, la manera en que todo lo arregla la suave voz que acaricia el aire cuando cantas bajito, el hecho de que ya falte menos para San Fermín.
El que firma ha estudiado todas esas opciones antes de llegar a su terrible conclusión. Esta tarde un mazazo desesperado de frentes sobre un teclado acierta sólo a juntar como un retorno obsesivo, las mismas siete letras de rabia. Asesinos. Asesinos. Asesinos…

+ Artículo publicado hoy en la sección de Opinión de LA VOZ de Cádiz.

Ahora resulta que esto es “una pelea limpia”

Pues sepan que eso, las peleas “limpias” serán las que terminen con el encierro. A la carrera más increíble de la tierra ya le han puesto una buena zancadilla y nadie la ha visto. Ni se la quiere ver. Porque el fin del encierro lo han comenzado los corredores expermientados, los atletas, los de todos los días, no los guiris. No todos, sí muchos han puesto lo que llaman hambre de toro por delante del primer principio del encierro. Fue hace unos quince años cuando la sangre tomó el espacio de la solidaridad.

Les cuento de qué va esto. Para correr hn buen encierro hay que tener, además de mucho corazón y muchas piernas, mucha suerte. Esto es porque cuando los toros llegan, no siempre llegan a la espalda de uno, que está corriendo entre una estampida, con mejor o peor suerte. Es decir, que muy pocas veces en su vida se encontrará el corredor en las astas por un favorcillo de San Fermín. El resto de las ocasiones, necesita oficio para prever o presentir la altura por la que van a venir los toros de la manada, los adelantados o rezagados e intentar meterse en las astas. Â

En ese momento, el corredor se encuentra a unos cuatro metros del toro, que galopa escoltado generalmente por uno o dos tiarrones en su cabeza. Tiene varias opciones. La de toda la vida ha sido seguir corriendo a esa distancia a la espera de que a uno de los dos mulos esos les pase factura los dos paquetes de Winston de ayer y se quiten, dejando un hueco en el que entrar. Si no hay suerte, pues a los dos armarios les han dado cuerda, el corredor se aparta intentando no tirar a nadie, sin perder mucha velocidad para buscar otros huecos por los costados de la manada, en la cola o, en casos de mucha sangre fría, un toro parado o rezagado. Lo normal es que el corredor se pegue una costalada, que no encuentre el hueco, o que en el momento de encontrarlo ya no le queden piernas, resuello o corazón, la Santísima Trinidad de las ocho de la mañana. Es el momento de retirarse a un lado, tomarse un caldico y alegrarse por los dos tiacos que han pillado toro, incluso darles la enhorabuena si se los encuentra uno en el baile de la Alpargata.

Eso, retirarse, es lo mejor que puede hacer uno cuando las cosas vienen torcidas. Porque al día siguiente, puede ser que San Fermín le ponga la respiración de un toro en  la espalda sin comerlo ni beberlo. Porque puede ser que lo guíe en su delirante carrera, que le dé fuerzas para templar el paso y no verse arrollado, y huevos para mantenerse en el esfuerzo más loco que pueda hacer un hombre.  Porque al corredor le gustaría que los demás se retiraran y le dejaran disfrutar de su momento, como él se retiró la víspera y no le hicieran la puñeta como se ha están haciendo en ese momento, echándole mano, ralentizando su paso a propósito para que él se quite, echándolo encima de los dos puñales que ya siente en los riñones, esperando a que se canse o caiga debajo de la manada.

Tiene narices. Él, que se queda sin toro uno y otro día, porque no quiere que se lo fastidien a él, que revienten a otro por su culpa, porque se resiste a convertirse en uno de los miles de hijos de puta que le llaman ‘hambre de toro’ y ‘lucha limpia’ a la tentativa de asesinato, a los que se han cargado el encierro.

Y no se engañen. Los que terminarán con la carrera -al menos tal y como la conocimos- no vienen de Wyoming ni de Sidney, sino de Pamplona, San Sebastián, Madrid, Levante o Andalucía. Son ellos los reyes del codazo, los culpables del desastre, y no el estudiante de Michigan, ese pobre diablo que se pone en la cara de un Miura en el callejón y le suelta una foto antes de volar. Ese no sabe lo que hace. Si matan a alguien por su culpa, que puede pasar, será un imbécil homicida. Pero los otros saben lo que hacen perfectamente, e incluso se entrenan durante todo el año para hacerlo, para ponerse delante de ese corredor y empujarlo en las astas, aunque lo esté mandando a la ambulancia o al cielo. Y eso, cuando se sabe lo que se hace se llama asesinato, más penado que el homicidio. Eso mismo que en la tele llaman “una lucha limpia”.

El brindis de Ricardi

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En el bar Merodio, en el rincón más golfo del mercado de Cádiz, un cartel amarillento de humo de aceites hizo tomar conciencia de la dimensión de su historia: “Aquí dinero para mandar tabaco a Ricardi a la cárcel”. Rafael Ricardi. “Tiene nombre de bebida para brindar en la cubierta de un yate de madera”, pensé al contraste de una historia atroz. En 1995 a un yonqui arrasado de El Puerto le colgaban el marrón de una violación y pasó de la calle a la trena en lo que dura un viaje. Era inocente, como todos los reclusos. Un poco más. Había sido otro al que no descubrieron hasta 2008. Trece años después lo ponían en la calle y ayer, un año después, le anulaban la condena. Todavía no le han pedido perdón.

Hoy aparece en portada de LA VOZ  el careto de Ricardi y su novia Tamara. Óscar Chamorro firma el reportaje fotográfico y Silvia Tubio, la historia. En el papel asoma el rostro de un hombre arañado por una vida aperreada por el destino, la droga, la desidia, los errores y 13 años sin libertad. Y también el rostro de la esperanza y la alegría. Él, con su sonrisa hendida en arrugas como un cañón del Colorado de los disgustos y su ojo mirando a otro lado, ella con su antebrazo fibroso, destrozados sobre una falda vaquera y la sonrisa aún cándida. Ricardi posa con su novia, la que pedía en la puerta de la iglesia prioral, a la que recogió en casa con la condición de que se quitase de la droga. Y en esa foto no importa que la voluble y arbitraria diosa de la fortuna lo hiciese yonqui y preso por la cara. Ni la mala suerte, ni la mierda del sistema judidicial. Solo cuenta el sofá cama en el que viven su amor de desenganche Rafael y Tamara, el mueble sobre el que posan ante la empatía de la cámara de Óscar. Como una luz enorme, desde su nido brindan con un pito y vino en vasos desparejados por las películas que salvan el final in extremis, por la increíble elasticidad del corazón de los hombres. Salud, Ricardi.

La aventura de África: ‘Cheetah’

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Mehdi estaba nervioso tras sus gafas de Prada, probablemente regaladas por algún turista que comprendió que la miopía es el peor enemigo de un guía en el Serengueti.

-Mucha gente se ha ido muy triste, porque la migración no ha llegado aún. A veces no entienden que yo no puedo ordenar a los ñus que vengan -dijo con una sonrisa agria de resignación, levantando las manos al cielo y soltando el volante-.

Mehdi era un pésimo conductor y un gran guía a sus 28 años. Un niño en comparación con los demás. Su sueño era casarse con su novia, una técnico en agua potable de Dar es Salaam, donde se había comprado una pequeña casa. Y pasar la luna de miel en España. Nacido en Arusha, quería ver una corrida de toros en directo. El hecho de que un hombre lidie algo parecido a un búfalo -más pequeño pero más agresivo- y lo mate a cuerpo persiguiendo el arte le resultaba una idea divertida, inusitada para los europeos, gentes aburridas que no salen de sus oficinas. Ríe a carcajadas cuando se entera de lo que cobra José Tomás. “Makende kubua sana”, dice con un suspiro mientras levanta un botellín de cerveza Kilimanjaro alrededor de una hoguera. Significa “tiene los huevos muy grandes”. “Supongo que la gente del norte no lo entenderá, pero yo sí, porque esos hombres hacen una cosa que está en el corazón de los africanos y en su manera de tratar a la naturaleza, de quererla y de medirse con ella… Es el amor en la lucha”, dice.  Le prometí una buena entrada en La Maestranza para su luna de miel.

Mehdi no parecía muy hablador esa tarde sobre las llanuras trigueñas de la reserva de Grumeti, el jardín del Edén dentro del Serengueti. “Vamos a buscar los ‘cheetah’ -guepardos-“. Sacudidos por caminos de infierno pasamos en silencio dos o tres horas, sin comentar nada sobre las huellas de los leones o las curiosas costumbres de las hienas, o de tal o cual pájaro, el tipo de conversaciones de costumbre. Cheetah, nada más. De pronto, dio un brinco. “Silence”. En la morosa luz de un atardecen que confunde todos los colores con el de la hierba reinaban dos guepardos asomando sus cabezas sobre la mata seca de gramíneas. Dos machos. Cazando. Se acercaron al coche -a veces incluso los utilizan como escondite para sorprender a sus presas-. La respiración de Elena se cortó. “Mira…”

Estaban cazando un grupo de ñus, movidos como enormes gatos a punto de salir disparados como cohetes peludos a 90 kilómetros por hora. Dice Javier Reverte (si quieren comprender algo de esta locura, deben leerle) que las fieras ignoran a los humanos en los coches. Nos encuentran demasiado aburridos como para mirarnos. Les interesa menos una persona que un árbol. Sin embargo, uno de los machos se quedó rezagado, oculto bajo la mata de hierba. Me volví a buscarlo con la cámara encarada y en ese instante asomó su potente cabeza por encima de un termitero. En ese momento, nos miró al trasluz del fuego del sol proyectado entre las acacias. Sin desdén, sin soberbia. Nos observaba, simplemente, con cierta curiosidad, posando, sin saber que me estaba regalando una de las fotos de mi vida.

Mehdi arrancó el coche y chocó contra un tronco tumbado. No volvimos a ver a los dos guepardos y sólo quedaron las pajas, el silencio y el aire impregnado del olor a pasto. Se habían ido, nadie sabe dónde por dónde.Â

-Tenéis mucha suerte, -dijo Mehdi satisfecho-. Y señaló delante del vehículo.

Unos metros más allá, descubrimos lo que buscaban los dos guepardos. El sol había llenado la escena de rojo, como un laboratorio fotográfico infinito. Desde el fondo llegaba el galope de los primeros ñus de la migración a Grumeti, una fila larguísima, interminable, de miles de bestias en formación de tres o cuatro, con un galope veloz y cadente, y sus quejosos gruñidos.

-Aquí están.Â

Las moscas tse-tse hicieron su agosto con nosotros. Tuvimos suerte.

Y de pronto, un proyecto

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Como si, de pronto, alguien hubiera pronunciado un discurso histórico en el fragor del camarote los hermanos Marx cuando estaba ya como la Monumental de Barcelona el día de José Tomás. Así de extraño, sorprendente, casi como un UFO cultural ha sido la aparición entre los ¡Dos huevos duros! de proyectillos más o menos improvisados para conmemorar el Bicentenario de la Pepa, de un proyecto. Uno, al fin, que pasa la línea de lo fenomenal. Se trata de uno de la Universidad de Cádiz, que pretende reflotar lo que quede del Santísima Trinidad, sí, de aquel de los tres puentes, del escorial de los mares, de ese navío tan español por torpón, inmenso, irracional y valiente. El de Trafalgar, sí.
Y dicen que lo tiene localizado y que lo quieren exponer en Cádiz, tócate los cañones, ahí con toda su historia, en un monumento que valdría más para Cádiz que todas las placas, las charlas y las visitas.
Entre tanto bostezo y ruido, un proyecto valeroso, descabellado, imponente, casi utópico como el barco que quiere sacar de su tumba y que, resulta, tenía años de antigüedad y ninguna de las instituciones le había hecho caso. Ni se lo harán. Una pena.

+ Foto | Mangada del Picasa de Terremblut. No sé quien eres, pero gracias.

La aventura de África: ‘La grandeza ‘

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Existe un momento en que se llega a comprender su grandeza brutal. Tiene que ver con el aire mudado en mil formas. De la transparencia de las mañanas, al líquido vibrante de los mediodías sobre las tupidas mantas de césped rubio o la opacidad velada de los atardeceres en agresivos rosas, naranjas. Tiene algo que ver con el cielo inmenso, el más profundo de los quen cubren el mundo, en el que se advierten espacios más grandes y más ricos, con más dimensiones que tres, larguísimos, anchísimos, casi artificialmente estrellados.

Tiene que ver con las escalas del tiempo, la fragilidad de la vida y la incertidumbre de un continente por sobreponerse a un continuo instante decisivo por amenazante. Se presiente en la carrera de  lo inmediato y espontáneo sobre el camino eterno de la historia del ser humano. En un absurdo sentimiento de pertenencia a una tierra extraña, lejana y sin embargo propia. Es la paradoja de leyendas de cientos de miles de años con una caricia en un jeep y la fugaz cascada de luz que desborda 600 metros de pared sobre las pajas secas y los árboles de lerai del cráter del Ngoro Ngoro. En alguno de esos tramos de pensamiento futil, casi de idea liebre, sorprende la creencia de que uno ha comprendido sin razones lo que es África y la ha hecho suya. Que siempre buscará pasar su tiempo en ese lugar, que está ya contaminado por la droga de sentirse un humano en la Tierra y desear la vida sobre todas las cosas. Y que nunca logrará explicarse.

En papel: ‘Maneras de morir’

Desde que al filósofo Esquilo le cayó una tortuga en la cabeza, sabemos que los humanos se van al otro barrio de las maneras más originales. Al margen del pequeño grupo que por no soportar la vida, elige su muerte, hay casos para todos los gustos. Comparten, eso sí, el final: «parada cardiorrespiratoria», todos, como dejó dicho en su propio obituario Javier Ortiz.
Esta semana ha estado en Cádiz la viuda de Stieg Larsson, el genio de la trilogía Millenium, cuyo fantasma debe andar por las librerías muerto de risa después de la que lió a base de teclazos cuando aún respiraba.
Hace unos días, un toro gaditano dejó un siete en el corazón de medio mundo cuando abrió un ojal como un puño en la aorta de Daniel a la altura de la Telefónica del vallado más famoso del mundo. Una carrera en las astas, un tropezón, una caída, una fugaz mirada entre una batidora de rodillas y zapatos de deporte, un ojo a la salvación, el cañonazo y de pronto la vida saliéndosele a borbotones por el pañuelo, rodeado de un enjambre de manos de látex conteniendo lo imposible.
Así, adiós, camino del cielo iba Daniel, mecido por un mar de periódicos enrollados, alzado hasta el olimpo de los héroes que se la jugaron en broma, de los que se abrazan a la muerte para darle un morreo a la vida. Así se mueren los tíos que mueren como les da la gana. Sin barcas empujadas al mar con un levante otoñal, ni cursilerías de ese tipo. Solo va Daniel cruzando el río en mitad de una fiesta de gintonic con lagrimones, escuchando el estruendo del minuto de silencio en la plaza más ruidosa del mundo y el eco de una trompeta fúnebre. Que vengan ahora las anarrosas a contar chorradas sobre la seguridad y la lógica