Monthly Archives: March 2010

En papel: Las Damas

CUBA - DISIDENTES

Las veo en una fotografía. Con sus camisetas blancas y sus flores en la mano. Salen de un portal de una casa con los brazos en alto, gritando, como un torrente de dignidad frágil y decidida. Como una canción frente al vocerío matón y los brazos retorcidos en las espaldas. Las veo y tienen en su gesto algo de ‘La Liberté’ de Delacroix, saltando sobre las barricadas hechas cadáveres del Antiguo Régimen, aquella figura descotada con los pechos al aire que llevaba la tricolor en la mano derecha. Ellas portan flores, como una poesía de lo nuevo.

Son las Damas de Blanco, las ‘libertés’ de Cuba, pequeñas amas de casa convertidas en escuadrones de la racionalidad del ser humano. De Ilustración. Son ellas la guerrilla contra el oscurantismo y el musgo de las cárceles de Castro en las que se pudren los Setenta y cinco que osaron hablar.

Con esas camisetas de luz cegadora, esos pechos y esos peinados de amas de casa, ellas son la cara de la Revolución Cubana, la de hoy, la que vibra contra el viejo gobierno de difuntos y flores, de dictaduras perfectas frente a las democracias imperfectas, dijo Robert Guerra.

Ha pasado mucho tiempo. Vayan al mar el pasado y las posturas y los «yo dije». Sigan aquellas lecciones de la propia Cuba. Olviden las ideologías, despejen la ecuación… En el Malecón, en el Campo del Sur y en el Boulevard de San Sebastián, el mínimo común múltiplo de nuestra sociedad es, ha sido y será la libertad.

Por eso vamos con ellas a la calle, de nuevo muriendo de pie antes que vivir de rodillas, una vez más y otra sobre las barricadas de nuestros estereotipos y de los tiranos. Vamos con una flor tras ellas  a sostenerlas en su Revolución. Otra vez la Revolución.

+Artículo publicado en la sección de Opinión de La Voz de Cádiz. La foto es de Rolando Pujol.

Delibes

La primera vez -casi la única- que tuve intención de robar un libro, fue uno de Miguel Delibes. ‘Diario de un cazador‘. Yo era un adolescente sin un duro que en su vida había escrito una línea. Ahora yo mataría porque a alguien se le pasara por la cabeza la remota idea de robar una sola palabra de lo que yo he escrito.

Quizás estas cosas haya que contarlas en vida y no ahora, como un carajote que siempre llega tarde.

Querido lector, si estás ahí, eres adolescente y no tienes un duro, no vayas a robarlo. Yo te mando el libro.

La memoria del dolor

No se conoce su nombre. Se sabe de él que era uno de los millones de españoles que asistieron desde su casa a la crónica del horror del 11 de marzo de 2004 (mañana hace seis años). Aquel lamento de camillas improvisadas con puertas rotas, de caras descompuestas, de sueros, miembros amputados, humo y ataúdes habitados por inocentes pasaría a la historia como el 11-M. El día, jueves, ocuparía un lugar de honor en el cuadro de la infamia y de la barbarie. El atentado terrorista más brutal de los que ha vivido Europa marcaba a fuego la memoria colectiva con los nombres de las 192 víctimas que viajaban en los trenes de la muerte. La lista se puede leer en la Estación de Atocha. Empieza con Eva Belén Abad y es muy larga.
Se sabe que el protagonista de la historia contempló todo eso por televisión y se vio, como millones de ciudadanos, en la zozobra que sienten las sociedades heridas. Por eso, se levantó, recogió los platos y tomó el mantel del comedor, estampado aún con las manchas de lo cotidiano. Lo quitó de la mesa con determinación, lo extendió y sobre él pintó un mensaje como un grito sereno: PAZ. Lo dobló, se acercó hasta una de las estaciones y colgó la sencilla pancarta en uno de los altares espontáneos que la solidaridad había plantado en los escenarios de la tragedia. El mantel que pedía paz se unía a decenas de miles de extraños objetos en un contexto único. El Pozo, Atocha o Santa Eugenia convertían el dolor en un santuario sembrado de abrazos. Todos ellos fueron fotografiados, recogidos, catalogados, digitalizados y estudiados exhaustivamente por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que presentó ayer sus conclusiones en Madrid.

La Memoria Del Dolor. Los santuarios espontáneos del 11-M. Grassroot sanctuarys.

En papel: Toros, sí

Por los cascabeles de las mulillas y el olor a zotal de los patios de caballos. Por los penachos de plumas de los alguacilillos, los paseíllos, la concentricidad de las rayas de los tercios. Por los pitillos de un torero viejo, por el salto al vacío. Por los areneros, el polvo, por la fría oscuridad de los chiqueros. Por el destino, por el miedo y por la luz.

Por el ruido de los capotes de paseo cuando se ciñen a los abdómenes, por el trapío de aquél burraco de Pamplona, por los tendidos apretujados, por el que vende las cocacolas. Por el capote del Paula y el de Curro, por aquella carrera hacia atrás, por el temple, por los quites, por el instante en que el tendido de sol se hace sombra. Por las varas dando los pechos, por los toros que repiten, por las galopadas viniéndose de lejos. Por los clarines de La Maestranza sembrados de azahares y el zortziko de Azpeitia bajo los nubarrones de julio. Por el albero dorado del Sur y la arena oscura del norte, los tendidos de los mil acentos, por los ruedos que fueron y los que serán. Los de aquí y los de ‘là -bas’. Por la plaza de Cádiz.

Por el becerro que ya se arranca antes de aprender a andar, por los genes de la madre que lo parió, por un pantalón vaquero echado a perder por la sangre brava de aquella vaca de Villamanrique. Por todo lo que hace levantarse a un ser humano de un asiento sin darse cuenta, por las trayectorias aleatorias de los vencejos en los días de gloria caliente. Por el café irlandés de las Irigoyen, la sangría y los tomates revolucionariamente rojos de la Ribera. Por el toreo en el salón y los encierros en las calles, la seda fina y los puntos de sutura.

Por el oficio divino de atropellar la razón, y la parte más primitiva del ser humano. Por los ancestros. Por aquella faena en la querencia, por los andares de Curro Vázquez, por el día que Antoñete me dio veinte duros, por todos los que se han ido al pitón contrario sin comprar el billete de vuelta. Por todos los que se vinieron arriba en banderillas, por aquél de Dolores muriendo en los medios, por los toros valientes y los toreros locos. Por las estocadas, los naturales, los derechazos. Por las volteretas, los torniquetes, por todos a los que la sangre valiente no se le fue por el agujero. Por las almohadillas y los pañuelos, por el cielo, el fracaso y las monedas tiradas al aire. Porque no hay vida sin muerte. Toros, sí.

+ Artículo publicado en LA VOZ de Cádiz el  5/3/2010. Foto enlazada de Toro, torero y afición. Por cierto, que una acuarela de ese toro está en mi pared gracias a un muy buen amigo.