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Si el mundo se acabara en ocho días

¿Qué harías si el mundo se acabara en ocho días? Estos dos tipos se hicieron la pregunta y decidieron hacer como si fuera a pasar. Sacaron la pasta del banco y…

Admito que lo de correr en bolas por el desierto y tatuarme Jacques Chirac en la espalda no se me había ocurrido nunca. Lo apunto.

+ Vía | Juanjo González Romero

En papel: Principios (y final)

En la calle hay dos o tres que se han sacado los ojos -los propios esta vez- y los han vendido a buen precio en Cash Converters. No se creían ver cómo los mercados, que son aquello que se llamaba antes el imperio, modificaban su santa Constitución con una llamada de teléfono. El techo de gasto deja por los suelos lo que esos tipos, que ahora llevan las cuencas vacías echando sangre, llamábamos con rimbombancia «la solidez democrática de España».
Eran los principios sacrosantos del poder que emana del pueblo y de sus valores, de la igualdad, la solidaridad, la fraternité y el resto de la chanfaina esa que enseñaron en el colegio a los que nacimos con una tele en color y que era una verdadera preciosidad.
Hoy el principio y el final son los mercados, que nadie sabe a ciencia cierta quién son, pero que se parecen demasiado a una novia celosa que a cada excusa, por lógica que sea, se enciende más y arrea los guantazos más fuertes. Lo son todo. Fuera de ellos queda cortarse las venas, tirarse al monte o esperar a que llegue un cataclismo que los lleve a todos a la mierda, opciones a cada cual más válida.
Pero hablar de principios democráticos suena hoy a una copa que se deja antes de ir a dormir como un tesoro y se reencuentra uno al día siguiente entre la resaca aguada, sin hielo y con una colilla flotando dentro. La teoría y la práctica se han dado la mano y han gritado a dos voces ¡Sálvese quien pueda! Salgamos de esta nube de pedos azules porque se acerca el invierno y hay millones de tipos bajo el cielo. Cada vez son más, hay unos pocos leones y un montón de gacelas. Unos cazan y otros escapan, pero en común tienen que todos se levantan pronto y echan a correr. Les importa un pijo el vecino. ¿La guerra? No hay tiempo. La utopía era una discoteca que terminó por cerrar.

+ Artículo publicado en la sección de Opinión de La Voz de Cádiz.