Monthly Archives: September 2011

Tierra prometida, tierra perdida

Son unos 12.000 en España y tienen en común una identidad perdida. Cuando Mahmud Abás se presentó la semana pasada ante la Asamblea General de la ONU para pedir un estado palestino de pleno derecho, en miles de hogares de España se vitoreaba cada frase suya. En los salones, recuerdos de una tierra perdida y el sabor de la injusticia mascado en las bocas. Cuando a mediados del siglo pasado Israel llegó a la Tierra Prometida, ellos comenzaron a llorar por una tierra perdida. Durante sesenta años de ataques, intifadas, guerras, controles de carreteras, cárceles, hojas de ruta, bombardeos, ataques suicidas, interrogatorios y palizas se perdieron las nociones de quiénes eran los buenos y los malos. Sí se supo los que sufrían: todos. Sus vidas comenzaron a vagar a la deriva en una espiral casi obsesiva en torno a la ocupación israelí. Las biografías de Marwan, Mahrus, Adnan y Eisa salieron del avispero y recalaron en Madrid porque siempre consideraron España un país suyo al cien por cien. La mayoría llegó en los ochenta para estudiar, y se hicieron españoles pese a que sigan deletreando su apellido. Hoy forman parte de una de las comunidades de extranjeros mejor integradas y que podría ser clave en la reconstrucción nacional en el caso optimista de que se calmen las cosas. Son médicos, ingenieros, libreros, profesores… y conforman una diáspora intelectual que se encuentra y se abraza en celebraciones y reuniones como náufragos que se agarran por miedo a perderse en la tormenta. Entre ellos hay un problema común: Israel, aunque abundan los puntos de vista. La asociación de la comunidad hispano-palestina, así como la misión diplomática, están controladas desde hace unos años por Al Fatah, el partido en el poder, lo que genera no pocos roces y ha provocado la marcha de activistas históricos. Según sus dirigentes, el 60% milita en el partido, mientras que un 20% apoya a Hamas, organización declarada terrorista por la Unión Europea. Cuando llegaron los israelíes en 1948, eran 800.000 refugiados. Ahora navegan por el mundo cinco millones. Estas son sus historias. Continue reading

La memoria del ruedo

Cuando mañana a la caída de la tarde el último aficionado salga de la plaza, se hará el silencio para siempre. No se escucharán los clarines, ni el revuelo de autógrafos y disparos de las cámaras en el patio de cuadrillas, ni el arrastre de pasos del púbico que salía toreando de las tardes de gloria, ni los rezos susurrados en la capilla en la que se arrodillaron los dioses del toreo. El Parlament de Cataluña terminó con todo eso cuando prohibió la fiesta de los toros. O con casi todo. José Luis Cantos, decorador, aficionado de Mataró, 43 años, confiesa que cuando la plaza de toros Monumental de Barcelona está en silencio… «cuando está calladita, si cierras los ojos aún puedes escuchar la bronca que le pegaron a Rafael El Gallo en 1914 por dejarse un toro vivo», o los olés a Gallito por su faena a ‘Mansonero’ en 1917, o la multitud llevándose en hombros a Arruza hasta Las Ramblas. Hasta los discursos de Lluís Companys.
Cantos ha imaginado aquellos sonidos cientos de veces desde que hace doce años decidiera hacerse biógrafo de una plaza de la que presentía el final. «Sabía que iba a pasar. Todo ha sido muy extraño: los políticos asimilando los toros a lo español, el empresario sin cuidar al público… Yo quería demostrar que Cataluña no es distinta al resto de España». Trabajó tres años en las hemerotecas, y entre retales de papel soñó las faenas, cornadas, triunfos y fracasos que ha recogido en su libro ‘La Monumental de Barcelona. De Joselito El Gallo a Manolete’ (Círculo Rojo), una historia que comienza en 1914 con la inauguración de la Plaza del Sport en el barrio del Ensanche y que podría terminar mañana. Torearán Juan Mora, José Tomás y Serafín Marín, y Cantos ya tiene el ‘papel’. Irá con su mujer, como cuando volvió de la ‘mili’ a los 21 y reunió las primeras perras para sus entradas.
Su historia se adentra en una plaza que nació en 1914. El célebre crítico Gregorio Corrochano habló en su crónica de la tercera plaza de Barcelona, «el pueblo más trabajador de España. Tomen nota de ello los que achacan a la fiesta de los toros nuestro desastre y nuestra ruina», dejó escrito. ¿Premonitorio? En ese momento, Barcelona era «una de las capitales taurinas de España», recuerda Cantos. A los dos años, unas lluvias fortísimas forzaron las obras de ampliación. Por entonces cabían 24.000 almas. Pronto fue la plaza de España con más corridas. En 1930 se hicieron allí 57 paseíllos, más que en Madrid, más que en Sevilla, unas cifras extraordinarias si se tiene en cuenta que en la ciudad condal ya funcionaba la Plaza de las Arenas. Llegaron a ser tres ruedos, con el de El Torín. A Cantos no le quedan dedos para contar. Paró cuando murió Manolete, pero hasta entonces (1947), en la Monumental se dieron 1.012 corridas. Algunas fueron gloriosas. Sucedió el 19 de marzo de 1917, cuando Joselito El Gallo revolucionó el toreo. «Antes el toro pasaba, pero a partir de tardes como esa, comenzó a describir círculos alrededor del matador». Joselito vestía de celeste y oro, el del hierro de Saltillo se llamaba ‘Mansonero’ y cuando lo mandó al cielo de los toros de una estocada, la multitud se tiró a la arena, tomó al torero a hombros y salió en gloriosa manifestación por el chaflán entre la Gran Vía y la Calle Marina cargando con su ídolo en un grito de tres kilómetros hasta el hotel. A Joselito le vieron lo bueno y lo malo. El torero atlético, el más poderoso tuvo dos cornadas graves en su vida: una lo mató en Talavera, la otra le hizo migas el hombro en Barcelona. Cuando después de la operación lo llevaron a atender al Hotel Oriente, los aficionados que esperaban a las puertas de la plaza se agolparon bajo su ventana y colapsaron Las Ramblas hasta el amanecer. En la enfermería de la Monumental se fueron nueve vidas incluida la de una espectadora por muerte natural. La última, la del matador portugués José Falcón en 1974.
«Manolete y dos más»
Barcelona tenía sus toreros preferidos, y los quiso como una adolescente que pierde la cabeza por sus ídolos. Cuando a Rafael El Gallo le echaron un toro al corral se tuvo que refugiar de la turba en la enfermería, pero fue muy querido, tanto que en 1914 pararon la corrida hasta que llegó el tren con el maestro en sus vagones.
Cuentan las crónicas que los tendidos crujían con Manolete, que se dejó la vida en 70 tardes en la Monumental. Tal era su idilio con el público que las corridas se improvisaban y el empresario Balañá anunciaba «Manolete y dos más». Los últimos toreros tan de Barcelona fueron también dos: Serafín Marín, de Montcada i Rexac, que quedará para la historia como el hombre que hizo el paseíllo con la barretina calada contra la prohibición, y José Tomás. La leyenda reapareció y se hizo carne el 17 de junio del 2007 en un fenómeno que tuvo bastante de cumbre mundial de aficionados y desde entonces nunca ha faltado a su cita. El próximo reencuentro, el último, será mañana. Cuando volvió el mito llenaron los tendidos ‘Sabinas’ y ‘Serrats’. Antes, otras personalidades gustaron de las corridas de la Monumental, como el mismísimo Companys, máximo representante del catalanismo, que durante la Guerra Civil promovió las corridas. Se da la paradoja que su partido (ERC) ha liderado el rechazo a la fiesta.
En Barcelona se han dado toros con guerras y sin ellas. La cosa empezó a torcerse en los 70 y los 80. «Comenzaron a programar carteles fáciles para públicos fáciles. Llegaron los turistas y se fueron muchos aficionados, aunque el día que hay entrada mala van 4.000 personas, que no son pocas si se comparan con las que van al baloncesto», cuenta Cantos. El lunes ya no irá nadie. Despedida. Mañana a la caída del sol, se escuchará fuera la alegría animalista mezclada con algún suspiro y el atragantón callado de los aficionados por una muerte anunciada. Dentro, el silencio.

El encierro es esto

En el encierro suceden cosas. Están los patas, las caídas, los toros en cabeza, las cornadas, los varetazos, los montones, los pisotones, los toros vueltos, los cabezazos contra los adoquines y otras tres mil putadas que pueden suceder… Pero ese no es el objetivo de la carrera, no es el accidente. La alquimia está en las zancadas, las líneas de hombres lanzados hacia adelante en espacios imposibles, las manos apartando el aire, los riñones empujando en una aventura colosal de pocas decenas de metros. Sucede a veces. Cuando pasa, es la locura. Emmanuel de Marichalar (Mediadour) hizo esta pieza con carreras mágicas juntando algunas de las mejores imágenes de TVE y Canal4, un trabajo sin ánimo de lucro para ilustrar una preciosa charla que dio en la Universidad de Navarra. Desde entonces ha dado la vuelta al mundo desbocando corazones ajenos desde Sevilla hasta la Universidad Federal de Siberia.
Este es, probablemente, el mejor vídeos de encierros de la historia.


L'encierro de Pampelune en musique (Mozart) por manolitomarichalar

En papel: Un vertedero en el cielo

La imagen del caos se acerca a decenas de miles de objetos inservibles girando alrededor de la Tierra. Imaginen tornillos, barras, satélites enteros, polvo metálico y trozos de aislante que tienen en común la atracción al planeta, una velocidad de vértigo y una órbita fuera de control que estrenaron cuando terminó su vida útil sin que los ingenieros de aquí abajo supieran qué hacer con ellos. Cuando los pusieron en órbita, contribuían a mejorar la ciencia, las comunicaciones, a guiar los GPS y a hacer la guerra. Hoy forman una masa dispersa que se llama basura espacial y que flota en silencioso desorden a medio millar de kilómetros de altura como el molesto testigo de la carrera por el espacio del ser humano.
Como nadie -o casi nadie- se da una vuelta por allí, el humano tiene escasa conciencia del vertedero inmenso que le sobrevuela y solo toma conciencia de ello cuando corre el peligro de que algo le caiga en la cabeza. Entonces sí, el hombre mira al cielo y se da cuenta de que lo ha dejado hecho un bebedero de patos. Ha sucedido esta semana, cuando la NASA ha advertido que el obsoleto satélite de vigilancia de la atmósfera superior (UARS) será atraído hasta el suelo en una alocada carrera. Ocurrirá alrededor del viernes. El trasto pesa 6,5 toneladas y tiene el tamaño de un autobús de línea.
Diversas instituciones de todo el mundo controlan las trayectorias de 9.000 objetos de tamaño considerable para evitar un choque cada día más probable. Pueden imaginarse coordinar 9.000 personas que caminan por una ciudad sin mirar por dónde van y hacer lo indecible para que no se choquen. De que no se toquen depende el orden y concierto de la vida en la Tierra. De momento, se han dado 18 grandes colisiones, la primera en 1991. El próximo golpe es cuestión de tiempo y la tarea de evitarlo se antoja titánica, ya que no solo se pasean por el cosmos los grandes satélites (algunos como una lavadora) sino todo tipo de basura y detritus, desde trozos de pintura hasta depósitos de combustible. Se calcula que son más de 50.000 piezas de un tamaño considerable y de las que solo el 7% son naves en uso (el 22% lo componen naves obsoletas, el 17% restos de cohetes). El peligro son las piezas más pequeñas. «Un tornillo a mil kilómetros por hora puede perforar las paredes de un módulo de la Estación Espacial Internacional». Lo advierte Fernando Jáuregui, astrofísico del Planetario de Pamplona, consciente de que la mayor amenaza es que un pedazo de chatarra espacial colisione con una misión tripulada. «Esas piezas pequeñas son imposibles de seguir y controlar». El pasado junio estuvo a punto de suceder el desastre, cuando las agencias espaciales detectaron un fragmento que se dirigía hacia la ISS. En un principio, comunicaron que no existía un peligro grave, pero los tripulantes se refugiaron en otras naves.
La basura va por barrios. Jáuregui indica que existen varias zonas calientes. «Son lugares de especial interés para los satélites». Existe una zona próxima (a su manera: entre 300 y 600 kilómetros sobre nuestras cabezas), por donde circula el mayor número de naves y las más grandes, entre ellas, la ISS, el telescopio Hubble y los artilugios que permiten las comunicaciones telefónicas y de geoposicionamiento. Tardan 90 minutos en dar la vuelta al globo. Mucho más lejos, a unos 36.000 kilómetros vuelan sistemas de comunicaciones, satélites meteorológicos, que completan una órbita en 24 horas, es decir, que no se mueven de su posición relativa con la superficie. Les dicen geoestacionarios. Las órbitas cercanas están llenas de basura que poco a poco va cayendo hacia la Tierra, como el polvo en una habitación cerrada cuando la fuerza de la gravedad hace su obstinado trabajo. Tarde o temprano, nuestro planeta va atrayendo las partes inservibles hacia la implacable atmósfera que termina, en la mayor parte de los casos, por carbonizarlo todo.
Un fogonazo de colores cruzando el cielo es el último recuerdo de muchas maravillas tecnológicas y la razón de centenares bulos sobre OVNIS. Jáuregui admite que no es la primera vez que alguien llama al Planetario de Pamplona alarmado con unas extrañas luces que han surcado el cielo de la noche. «En ocasiones hasta se puede escuchar un ruido parecido al de un caza».
La clave del ‘regreso’ de los satélites a la tierra está en que ninguno le vuele la cabeza a nadie. Los nuevos aparatos incluyen algo de combustible para poder dirigirlos a un espacio no habitado: mares, desiertos, etc. La probabilidad es traicionera, así que no es imposible que alguien resulte herido, pero caen más meteoritos que satélites. Es más probable que a uno le vuele la cabeza una piedra que una tuerca y nunca ha sucedido (que se sepa).

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Y la banda sonora:

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¡Courage!

El rugby, como el toro, te pone y te quita. A mí me quitó con la espalda desastrada en las tripas de una melé mal parida. Ahora daría más de lo que tengo por volver a jugar y a saber que la gloria o el infierno dependen de diez metros de hierba,  a desollarse porque sí, a aprender el orgullo y la humildad, a matar y morir por el de al lado y saber que él morirá y matará por ti, a probar ese extraño y delicioso sabor de sangre y tierra en la boca, a pelear con el corazón cuando el cuerpo te abandona. No hay otro deporte como este. Viva el rugby.

Sabéis que este blog va con Francia oui o oui y que se pone firme a cada Marseillesa. Que gane el mejor, pero… Con un poco de suerte y toda la ayuda de Dios, saborearemos la gloire en la batalla que se libra en Nueva Zelanda. Allez les bleus… ¡Courage!