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Llamadme Ismael

“Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondria me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano.”

Herman Melville, primer capítulo de ‘Moby Dick’.

De encierros y despedidas

El del jueves fue mi último encierro en un tiempo y me he prometido no hacer una tragedia de lo que no es tristeza, sino alegría. Esta siempre ha sido la parte luminosa de mi vida y lo jodido es que te quite del encierro una enfermedad o un golpe en la carretera, no la llegada de una hija, como es el caso. Una hija siempre es bien. Me largo con gusto y a ella le brindo este pasito atrás. Dejé la melancolía en la curva de Mercaderes al colgar una llamada por teléfono que terminó en un silencio ahogado de los dos interlocutores. Hasta ahí. No quiero conmigo a la pesadumbre, ya le pueden ir dando por donde amarga el pepino. Al fin y al cabo, si fuimos hombres para entrar también lo seremos para salirnos.

Triste, no. Prefiero pensar que han sido veinte años maravillosos en los que he aprendido a sentir, a querer, a ganarme la batalla y a percibir la vida en muchas más dimensiones que las tres que me sabía cuando mi aita me dijo ‘Ey, Parramplas, levanta que vamos a correr el encierro’ y me brindó uno de sus mayores regalos. Éramos un hombre y un pibe que se cruzaban en la vida y que estaban a punto de despedirse. En ese momento me estaba enseñando muchas cosas y no sé si llegó a ser consciente de todas ellas: el compromiso, el valor, la hombría (la de verdad, que no solo es cosa de hombres), la amistad, la solidaridad, el bellísimo camino entre el arrojo y la prudencia, el cálculo preciso y la locura, la ambición y la resignación, el orgullo, la humildad, la vida regalada y una existencia que es mucho, muchísimo más que esperar a que llegue el viernes.

En estos veinte años, San Fermín me ha cuidado como a nadie. Una vez me dijeron con razón que yo estaba en su lista VIP. Ni me acuerdo de los capotes inverosímiles que me ha echado. Han sido tantos que sé -en toda la dimensión de la palabra saber- que él está ahí cuidando de mí y de los míos. También sé que andan por aquí grandísimas personas que me han hecho sentirme bien a su lado. Mis amigos de ahora son aquellos tiarrones magníficos, enormes, duros como leños secos a los que cinco minutos antes del bigbang me arrimaba sin hablar, a escucharles, casi a sentirlos respirar, a tener arcadas con el humo de sus pitillos si hacía falta, cuando no era más que un chaval con granos que jugaba a ser un hombre. Hoy almorzamos juntos y nos cascamos los gintonics de dos en dos. A muchos de ellos puedo llamarlos ‘hermano’, pero les quiero pedir perdón por las veces que les molesté, que no me quité a tiempo, que les hice tropezar o que les fastidié una carrera. Les juro que siempre fue sin querer y que mis errores de torpe siempre me pesaron toneladas por ellos más que por mí. También a todos esos a los que no conozco.

Gracias a todos. También a los que me tendieron la mano, los que me abrazaron sin decir ni Pamplona cuando había ido mal, a los que me levantaron del suelo y a todos los que me cogieron la mano mientras estaba tumbado en una camilla, a esos ángeles de rojo y a aquella médico de mirada compasiva que me secó el sudor frío de la frente cuando no me llegaba el aire a los pulmones y me temblaba el cuerpo como una sacudida de la tierra.

Si me comparo con los que comparten la calle conmigo, he sido un corredor mediocre, pero siempre digo que el encierro no está en las distancias físicas, sino en lo que pasa en la cabeza. Y ahí he disfrutado como un niño. Podría haber corrido mejor, seguro, pero juro que no podría haber corrido más de verdad, con más respeto hacia el encierro, hacia la fiesta de los toros, hacia mis compañeros y hacia la descomunal herencia de la cultura que he tenido la suerte de recibir. La he tomado con un gusto infinito, sin obligación ninguna.

He sido consciente en cada momento de lo que hacía, de lo que me estaba jugando, de que poniendo mi vida al filo también arrastraba la de los que estaban al otro lado de la televisión, en el balcón cruzando los dedos o apartándome a la gente a manotazos en el aire del salón, haciéndome el quite desde el sofá. Sé que ellos también han dado mucho por mí y en esto mi mujer y mi madre se merecen diez toneladas de besos y de admiración. Mis encierros han sido de ellas, porque nunca me dijeron “No lo hagas”. No ha sido cosa de inconsciencia. Cuando me jugaba mi disgusto sabía que me apostaba también el suyo. Ese miedo y ese riesgo se lo hice pasar a sabiendas del trago. Después del tercer cántico siempre pensé en ellas y aunque de vez en cuando torcieran el morro, nunca me lo echaron en cara. Gracias.

También soy inmensamente feliz al ver correr veinte veces mejor que yo a los que un día yo también llevé de la mano como me llevaron a mí. A los que les dije eso que aprendí: ‘Tranquilo, espera… AHORA’. Con los años, ellos han crecido mucho y son los que me dan las lecciones sin hablar. Son grandes ya, enormes. Mucho más grandes que yo. No hace falta que les pida que respeten al animal, que se comporten y defiendan la fiesta del toro y el encierro con fuego y sangre si hiciera falta. Tranquilos, si todos son como ellos, la cosa está en las mejores manos. Solo quiero que comprendan que esto es un juego en el que hay que cegarse lo justo y que tiene la importancia que tiene, ni más ni menos. Andad con cuidado. O no. Haced lo que os dé la gana, qué puñetas, pero sed siempre sinceros con lo que sentís en el fondo del pecho. No hagáis nada, no ganéis ni un solo centímetro ni una zancada de más en la cara del toro que responda a otra cosa, la que sea, que no sea vuestro corazón. Él os guiará, nadie ni nada más.

Es curioso cómo me ha ayudado a dar todo este paso un mocoso de siete años. La mañana del día 11 hacía un sol limpio, como blanqueado sobre una cuerda de tender, que calentaba la misma cuesta en la que corría el abuelo Joaquín. La subía Telmo de mi mano a todo tren y se metió en la cara de un torico de fibra de vidrio con ruedas con la facilidad de la adaptación que solo puede dar el ADN. Pasado el vallado del Mercado, ese vallado de mi vida, templó un carrerón de zancadas larguísimas, de esas tan alegres que se pegan solo cuando uno lleva pantalón corto y la vida pesa lo que un globo de helio. Iba en esas Telmo cuando casi lo agarra el toro. Lo retiré como un bonito pescado entre el tumulto, por encima de las cabezas. Se asustó de un golpe en la pierna, pero escondió la lágrima, resopló, dijo ‘aissss’ y se tragó el miedo en una preciosa victoria, quizás la primera de muchas. Sonrió y  se me colgó del cuello. “Si esto no es la vida -me dije-, es que yo no he entendido nada”. Su madre, que también sintió lo que le bullía al muete, casi me cruje. En su nerviosa carrera de hombrecillo, Telmo me enseñó el camino, me pasó de la sombra al sol y cerró un ciclo. Resulta que el que me llevaba de la mano era él.

No nos pongamos tan serios. Me retiro por un tiempo siendo absolutamente feliz y sin un pelo de remordimiento que me pese. Me daré en cuerpo y alma a los pinchos y el clarete. Me acostaré tarde, se me hará de día y saltaré haciendo la bomba en piscinas de pacharán y participaré en campeonatos de comer fritos del Roch. Me acostaré después. Cuando me pedíais ‘Quítate’ no sabíais lo que hacíais.

Solo tendré que aprender a vivir sin esto como aprendí a mantener los pies en carrera en el centro de la calle, cosa que, ojo, no es moco de pavo y que tomó su tiempo. Pido que el Santo os proteja a todos dentro y fuera del recorrido y que Macarena comprenda este juego brutal que volvió loco a su aita, a su abuelo y a tantos otros. Que entienda que un día, si Dios quiere y me respeta el toro de la vida, volveré a cruzar el vallado para asomarme de nuevo al espejo en el que nos miramos tantas veces el miedo, la fiesta y yo. Con o sin ella. Esto no es una despedida.

+ En la foto, Telmo y servidor. 11 de julio de 2012, Cuesta de Santo Domingo.

Pamplona

PAMPLONA (Gerardo Diego)

¡Madre, los toros! El río
urge y aprieta sus ondas
de tumulto y vocerío
y espumas negras, redondas.
Se va haciendo embudo el lecho.
Hay que tragar el estrecho,
zancas largas, sanfermines.
Sopla el fuelle. Allá van blusas,
jirones, aspas, esclusas.
Y están tocando a maitines.

Suerte a todos.  ¡Viva San Fermín!