Monthly Archives: November 2012

Operando

A veces la gente se abre tanto en las entrevistas y la conversación va tan lejos que llega la sensación de estar operando al tipo a corazón abierto. Es tu curro, vale y cortas por aquí y por allá, dame pinzas, bisturí, aspira aquí, sudor y tal. Lo extraño llega cuando es una de esas rondas de charlas y te dicen que la media hora se ha acabado y que te tienes que largar. Te levantas, das la mano, adios adios, un placer, cuántos minutos tienes de vídeo, mándame las fotos y todo eso. En 40 segundos te ves fuera con la desagradable sensación de que has dejado al paciente con el pericardio fuera y las tripas sin suturar. Entonces comprendes que en ese descacharre orgánico, ambos necesitais media docena larga de gintonics sin grabadoras.
En la imagen, Manuel Díaz ‘El Cordobés’ y José Ramón Ladra en el ‘despacho oval’ del Grupo Planeta, en el Paseo de Recoletos de Madrid, hace un rato.

En papel: Puntillitas

Sucedió ante uno de esos paraísos terrenos que son los puestos de pescado del Mercado de Cádiz. Ella apoyaba su cuerpo de suspiro sobre un bastón y unos zapatos ajados, deformados por los juanetes en perfiles imposibles. Debía vivir sola, pues pidió al muchacho 200 gramos de boquerones y un puñado de puntillitas. Él los empaquetó en dos pequeños cucuruchos de papel y le exigió un precio risible si se compara con esas franquicias de Tiffany’s que son las pescaderías de las grandes ciudades.
Lo miró con los ojos en panorámica y quedó quieta, con la boca entreabierta, como un ‘fotofinish’, como si en ese momento solo alcanzara a recorrer mentalmente el camino que había llevado desde niña hasta no poder pagar un puñado de pescado. Se diría que una estampida de elefantes le estaba cruzando de frente a nunca. Toda su arquitectura anciana quedó deshecha en el equilibrio frágil de la devastación, como esos barcos que aguantan a dos aguas un segundo más antes de sucumbir para siempre en un rebufo de aire y agua.
Ahí se hundió: balbuceó un ‘espera’ y echó mano de un monedero gastado en el que dormían cinco o seis monedas de cobre. Enrojeció y miró al muchacho del mostrador, que esperaba con la misma cara de espanto incómodo con el que se asiste al descarrilamiento de un tren. «No me pongas las puntillitas, amor», zanjó ella con las migas rejuntas de su deshonra. «Cóbremelas a mí», saltó alguien de la cola, que puso por delante el dinero a sabiendas de que el donativo no arreglaría las cosas. Las puntillitas le sabrían a mierda, pues el desastre había sobrevenido antes, justo cuando se puso a manosear sus monedillas de cobre fingiendo que necesitaba contarlas de nuevo, sabiendo que todos lo sabían.
Probablemente usted haya visto a uno de esos abuelos devolver las magdalenas en la cola del super. Quizás una sola escena de esas sean suficientes para volar el sistema por los aires, pero no los va a salvar quemando contenedores, susurrándole a un antidisturbios que ojalá lo mate ETA o partiendo las lunas de una cafetería que decidió no hacer huelga.