Monthly Archives: February 2013

En papel: La primera noche

La primera noche que vi echarse sobre África me cogió subido en un cerro de piedras en Kulala, cerca del Sossuvlei, en Namibia. Vaya por delante que no soy de los que se quedan en alfa con cualquier atardecer, y detesto a los vainas de chiringuito que aplauden cuando se pone el Sol en la playa; me resulta una gilipollez soflamante. Aquel día, el cielo se incendió en mil naranjas, rojos y amarillos mientras la pelota de fuego caía detrás de un escenario de prados ocres, ralos de hierba, salpicados de montículos de piedra que perforaban la planicie como los dientes romos de un viejo monstruo. El aire olía a salvia salvaje y a seco, a incendio por declararse. Entonces pensé que si Dios había creado el mundo, tenía que haber sido allí y que ese paisaje, extraño y absolutamente desconocido, estaba en mis ojos mucho antes que todo lo demás, como si sintiera que el hombre que soy, el urbanita de chichinabo, sofisticado mindundi del parque temático que llamamos civilización, venía de allí mismo, de aquellos cañones oscuros que arrancaban en las estribaciones del horizonte. Del jodido ombligo del big bang. «Tú eres esto; perteneces a esto», me dije en una conclusión que se me hizo tan absurda como obvia.

Creo que lloré solo y en silencio. Con esa furtiva lágrima compadecí a todos los hombres que habían nacido y muerto sin ver lo que yo tenía delante. Cuando la oscuridad se llevó los colores, tiñó de pardo el mar de hierbas de abajo y las rocas se hicieron de mercurio, abracé a Elenita y los demás sin decir nada. Entonces me serví un gintónic en una taza de metal, encendí un pitillo e hice pis por el precipicio abajo. Alivié tal necesidad mirando la escena con el cigarro rubio en la comisura, una mano en el bolsillo y otra en la taza en lo que fue, sin lugar a duda, la mejor meada de la historia. Cuando la podredumbre, la corrupción, los sobres y los eres me asaltan en el periódico, cuando Esperanza Aguirre defiende que el IVA del golf debería ser «claramente» reducido, me acuerdo de ese momento y me siento mucho mejor. Solo he tardado cuatro años en poder escribir esto.

En papel: La primera noche

La primera noche que vi echarse sobre África me cogió subido en un cerro de piedras en Kulala, cerca del Sossuvlei, en Namibia. Vaya por delante que no soy de los que se quedan en alfa con cualquier atardecer, y detesto a los vainas de chiringuito que aplauden cuando se pone el Sol en la playa; me resulta una gilipollez soflamante. Aquel día, el cielo se incendió en mil naranjas, rojos y amarillos mientras la pelota de fuego caía detrás de un escenario de prados ocres, ralos de hierba, salpicados de montículos de piedra que perforaban la planicie como los dientes romos de un viejo monstruo. El aire olía a salvia salvaje y a seco, a incendio por declararse. Entonces pensé que si Dios había creado el mundo, tenía que haber sido allí y que ese paisaje, extraño y absolutamente desconocido, estaba en mis ojos mucho antes que todo lo demás, como si sintiera que el hombre que soy, el urbanita de chichinabo, sofisticado mindundi del parque temático que llamamos civilización, venía de allí mismo, de aquellos cañones oscuros que arrancaban en las estribaciones del horizonte. Del jodido ombligo del big bang. «Tú eres esto; perteneces a esto», me dije en una conclusión que se me hizo tan absurda como obvia.
Creo que lloré solo y en silencio. Con esa furtiva lágrima compadecí a todos los hombres que habían nacido y muerto sin ver lo que yo tenía delante. Cuando la oscuridad se llevó los colores, tiñó de pardo el mar de hierbas de abajo y las rocas se hicieron de mercurio, abracé a Elenita y los demás sin decir nada. Entonces me serví un gintónic en una taza de metal, encendí un pitillo e hice pis por el precipicio abajo. Alivié tal necesidad mirando la escena con el cigarro rubio en la comisura, una mano en el bolsillo y otra en la taza en lo que fue, sin lugar a duda, la mejor meada de la historia. Cuando la podredumbre, la corrupción, los sobres y los eres me asaltan en el periódico, cuando Esperanza Aguirre defiende que el IVA del golf debería ser «claramente» reducido, me acuerdo de ese momento y me siento mucho mejor. Solo he tardado cuatro años en poder escribir esto.

+ Artículo publicado el 8 de febrero en La Voz de Cádiz.

Añado que cuando ya se hizo de noche y asomó la Cruz del Sur y la Vía Láctea le puso su cresta blanca a la bóveda del cielo, mi madre se cantó un huapango. Nada más que decir. Este vídeo que me mandó Charly Cabrera os dará una idea de lo que estamos hablando.

Namibian Nights from Squiver on Vimeo.

En papel: La primera noche

La primera noche que vi echarse sobre África me cogió subido en un cerro de piedras en Kulala, cerca del Sossuvlei, en Namibia. Vaya por delante que no soy de los que se quedan en alfa con cualquier atardecer, y detesto a los vainas de chiringuito que aplauden cuando se pone el Sol en la playa; me resulta una gilipollez soflamante. Aquel día, el cielo se incendió en mil naranjas, rojos y amarillos mientras la pelota de fuego caía detrás de un escenario de prados ocres, ralos de hierba, salpicados de montículos de piedra que perforaban la planicie como los dientes romos de un viejo monstruo. El aire olía a salvia salvaje y a seco, a incendio por declararse. Entonces pensé que si Dios había creado el mundo, tenía que haber sido allí y que ese paisaje, extraño y absolutamente desconocido, estaba en mis ojos mucho antes que todo lo demás, como si sintiera que el hombre que soy, el urbanita de chichinabo, sofisticado mindundi del parque temático que llamamos civilización, venía de allí mismo, de aquellos cañones oscuros que arrancaban en las estribaciones del horizonte. Del jodido ombligo del big bang. «Tú eres esto; perteneces a esto», me dije en una conclusión que se me hizo tan absurda como obvia.
Creo que lloré solo y en silencio. Con esa furtiva lágrima compadecí a todos los hombres que habían nacido y muerto sin ver lo que yo tenía delante. Cuando la oscuridad se llevó los colores, tiñó de pardo el mar de hierbas de abajo y las rocas se hicieron de mercurio, abracé a Elenita y los demás sin decir nada. Entonces me serví un gintónic en una taza de metal, encendí un pitillo e hice pis por el precipicio abajo. Alivié tal necesidad mirando la escena con el cigarro rubio en la comisura, una mano en el bolsillo y otra en la taza en lo que fue, sin lugar a duda, la mejor meada de la historia. Cuando la podredumbre, la corrupción, los sobres y los eres me asaltan en el periódico, cuando Esperanza Aguirre defiende que el IVA del golf debería ser «claramente» reducido, me acuerdo de ese momento y me siento mucho mejor. Solo he tardado cuatro años en poder escribir esto.
+ Artículo publicado el 8 de febrero en La Voz de Cádiz.
Añado que cuando ya se hizo de noche y asomó la Cruz del Sur y la Vía Láctea le puso su cresta blanca a la bóveda del cielo, mi madre se cantó un huapango. Nada más que decir. Este vídeo que me mandó Charly Cabrera os dará una idea de lo que estamos hablando.
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