Monthly Archives: July 2013

La chica del escaparate

Estaba plantada en la calle Estafeta ante una de esas tiendas que en sanfermines despachan camisetas manchadas con sangre de mentira y pantalones que transparentan el gayumbo. Tendría unos 20 años y a las ocho menos tres esperaba la llegada de la manada con las manos en los bolsillos de sus cortísimos pantalones manchados de vino, con el pelo rubio reliado en su pañuelo de agencia de viajes de aventura y dos chancletas de goma en los pies. Estaba relajada. Tenía, si acaso, sueño. Miraba al balcón en de enfrente con relajación, casi con hastío, como si contara las bóvedas de una iglesia durante un sermón demasiado largo.

La rubia era en sí un objeto extemporáneo en mitad de un mar de pupilas abiertas a los barrancos del miedo.  El cielo iba a estallar  de un momento a otro y ella estaba, sin embargo, tranquila. Esperaba a ver pasar el encierro con otros doce pobres desgraciados repartidos en tres rigurosas filas que compartían con ella el logo de la agencia de viaje en el pecho y esa seguridad del que sabe que ahí no iba a pasar nada. Ni se miraban, ni hablaban, ni se planteaban nada. Alguien, no se quién, se lo había dicho: ‘Bah, chica, tranquila’. A lo mejor lo leyó en un foro, a lo peor la había llevado hasta allí el agente de viajes.

Se lo habrían jurado. Porque estos ojos han visto a gentes arañar las puertas de un portal a las ocho menos cuarto y ella, en cambio,  estaba a punto de bostezar. No se le pegaba sobre la piel la brea del miedo de los que compartían la calle. Vi a otros como ella. Eran cientos en la curva, en Mercaderes, el Ayuntamiento y hasta en Santo Domingo, con sus caras de sueño. Venían del culo del mundo a ver el encierro, a plantarse en una calle para ser testigos de algo que había que hacer, se supone, no sé muy bien el qué. Porque a mí me enseñaron que el encierro, o se corre o se ve desde fuera. Probablemente fuera muy caro el balcón o había que levantarse demasiado proto en el cámping para tomar un sitio en la madera del vallado. Nunca supe qué fue de ella. Tal vez quedara como un gato de escayola en el escaparate y quizás esté escribiendo ahora en su muro de Facebook que lo mejor es ponerse en la tienda de las camisetas, que no pasa nada, que es muy cool.

Quizás entrara en pánico, que es el nocaut al que se llega cuando el miedo pega de repente. En el encierro no hay nada peor que el pánico; es el camino más corto a la caja de pino. Lo supimos de nuevo el día 13, cuando el montón de la plaza le puso el pitón en la sien a la fiesta. Minutos después del encierro, en el patio de caballos sembrado de heridos, respirábamos sin aire, andábamos sin pies y hablábamos en silencio. Casi solo nos mirábamos para no despertar a la tragedia que barruntábamos en la enfermería, arrasados por la bestia en que se convierte a veces el encierro. Una puerta mal cerrada… da igual. La carrera de Pamplona es delicada como un copo de nieve y en cualquier esquina se puede despertar al leviatán. Al fin y al cabo y por mucho que los bobos de la tele pontifiquen con que esto se está yendo de las manos, el caos es una parte sustancial de esto. El problema es que la chica del escaparate, esa pequeña chica con sus pequeños pies, no lo sabrá hasta que aparezcan sus padres en la puerta del Hospital de Navarra, recién bajados de un avión con los ojos rojos de llorar como dos heridas en medio de la cara. Y ese día, millones de tontos volverán a clamar que hay que prohibir los encierros de Pamplona.

+ Foto de Carlos Arana, el día 8 tras el paso de la manada de Dolores Aguirre.