Monthly Archives: November 2013

El rayo en la tiniebla

El Hospital Infantil Niño Jesús de Madrid es uno de esos lugares en los que si uno entra se expone a una luz terrible, a un rayo que le puede iluminar o destruir para siempre. Sabe que nunca será el mismo, porque pisar un hospital sembrado de niños que lloran, sonríen, agonizan y juegan es comprender la extrema vulnerabilidad del ser humano, que no es otra cosa que la imagen de un crío conectado a un suero.
El primer golpe es salvaje. Te llenan los ojos todas las cosas que no deberían ser. Sabías que estaban allí de la misma manera lejana en que conoces que hay una serie de planetas que orbitan alrededor del Sol. Pero nunca habías estado en la Luna. Nunca te habías puesto un traje de astronauta. Resulta que estabas en tu casa pasando la vida camino del viernes, pensando en las miniardeces habituales, y de pronto te plantas delante de la salida de un quirófano pensando que seguro que todo está bien, pero que todo lo que tienes en la vida está en manos de unos tipos, no sabes cuántos serán, cuatro o cinco, de los que nunca has sabido absolutamente nada.
Luego todo va bien. No era ‘nada’ en el mejor de los casos y conoces a esas personas y a muchas más. Son gente extraña. Tienen un brillo especial en los ojos, como un abismo, un don, tal vez, te dices y cuando paras un segundo reconoces los biberones en su punto de temperatura, la prisa de los doctores, los diagnósticos que salvan, la minuciosidad extrema, las sonrisas y las caricias, los juegos, las pompas de jabón, el peluche del oso con el brazo enyesado y los otros dos o tres mil detalles que hicieron que ella se sintiera en casa y tú a salvo. Entonces piensas en toda esa gente que son el jodido Séptimo de Caballería, la luz en la tiniebla, y en que todos los que hablan así en general y a la ligera de la sanidad pública tendrían que lavarse antes la boca. Hay una esperanza infinita que llevas sobre la piel como una marca y que reconoces en otros padres que te cruzas. Es esa luz cegadora. Llegaste para que la curaran a ella, pero el curado eres tú.
Publicado en la sección de Opinión de La Voz de Cádiz.
http://www.lavozdigital.es/cadiz/prensa/20131123/opinion/rayo-tiniebla-20131123.html

Falces

Hay un momento en el que el mundo entero se columpia y se estremece, como si se le rasparan las cicatrices de su implacable matemática. Es el tiempo incoloro, inodoro e insípido que transita desde que el ascensor se queda colgado, clon, hasta que vuelve a andar un instante después. Una extrasístole. Entonces escuchas un silencio sin pretensiones y entre las piedras allá arriba corre una brisa que no quiere ser viento. Como mucho se oye el eco latente y sordo de una charanga lejana que probablemente ha dejado ya de sonar, como las estrellas cuyo brillo nos llega una vez muertas. En ese momento, anclado en ese suelo de piedras afiladas y jóvenes como navajas que piden carne, se perciben dieciséis o diecisiete dimensiones. Aquí al lado resoplan los amigos que todavía parecen tranquilos y las hierbas secas que se mueven en su simpática e insignificante coreografía gramínea. Más allá, la pared y el barranco, y el tobogán que baja hasta el pueblo. Hay una casa en la que deben estar haciendo café y una cama que apesta a los estragos de la noche, y la carretera, los prados mojados por el rocío que el sol comienza a secar, la gran ciudad y sus bocinazos, los índices bursátiles, tu hija, tu mujer, tu madre, tu padre, el mar de playas solitarias, los temporales y, qué carajo, también el vacío espacial, la no materia y los otros sistemas planetarios engranados unos dentro de los otros en el descomunal reloj del universo que viene a marcar las nueve de la mañana. Te tocas las palmas de las manos, inspiras el olor del pasto seco, meneas los pies en un par de saltos ridículos y te das cuenta que, pese al nudo en el estómago, nunca anduviste el mundo con tan insolente naturalidad. Realmente no sabes lo que haces, ni te importa. ¡Eres feliz en ese barranco! Vas a saltar a tumba abierta, a aterrizar como Dios mande, a reventarte las costillas, o el corazón, o la cabeza si hace falta. Tal vez seas un salvaje, pero nunca te sentiste tan vivo. Qué te quedan, ¿cuarenta años de vida? ¿Dos semanas? ¿Cuarenta segundos? No importa: nunca en tu cochina existencia olvidarás ese momento.

El resto está en este (absolutamente maravilloso) vídeo.
Vía Manolo Marichalar.