Monthly Archives: December 2013

En el nombre de Mandela

image

Por la piedad, los abrazos entre distintos, la delantera de los Springbocks, la caridad, el perdón, la dignidad de los oprimidos, la reconciliación, las manos tendidas, los puños en alto y hasta por el olor dulzón a salvia y a fuego en los amaneceres de Ciudad del Cabo. Por todo eso hay que dar gracias a Dios y a Nelson Mandela. Pero hay obituarios que más valdría no escribir. Tiene que ser dar risa irse al cielo y ver cómo los que ejercen lo contrario de lo que tú enseñaste te ponen de ejemplo. Allá va toda una ralea de políticos con las bocas cuajadas de babas y colmillos a ensalzar el nombre de Mandela, encendiendo los fuegos artificiales de su aparataje heroico, su inspiración, dicen, mientras en toda su carrera no han hecho otra cosa que limpiarse el culo con sus discursos.

Para algunos, Mandela fue siempre un amuleto, alguien a quien recordar pegado en la carpeta de la universidad, una anécdota que contar cuando se justifica la profesión, las luchas de poder en las juventudes del partido y las puñaladas a los contrincantes, la traición al amigo y la destrucción impía del opositor, todos males necesarios para alcanzar el bien común, llegar al poder y hacer un mundo mejor. “Como Mandela”, piensan.

Cuando esos se hacen mayores, llegan a creer que manipular la opinión pública, que ponerse delante de las manifestaciones, mirar por el interés propio y no mover un dedo si no es para mantener una intención de voto o un poder económico satisfecho son mecanismos para perpetuarse en el poder con una sola intención: cambiar la historia. ¡También “como Mandela”!

Tiene narices que todos esos, todos nosotros, tal vez, en nuestra falsa modestia de falso discurso, tendemos a creernos pequeños Mandelas. Y estamos tan lejos. “Nuestra marcha hacia la libertad es irreversible. No debemos dejar que el temor se interponga en nuestro camino”. Con ese discurso de 1990, que le heló la sangre al que escribe mientras lo recordaba bajo la balaustrada del Ayuntamiento de Ciudad del Cabo, el viejo encendió una llama que nos hizo más libres y más iguales, y cambió el rumbo de la Humanidad. Veintitrés años después queda saber si también cambió a los hombres. Ojalá. Él no perdió la esperanza.