Monthly Archives: March 2014

Primavera y poesía ¡Toda la vida!

Con ternura,
con mis pulmones de una dulce palidez, llorada rosa
y avidez anhelante
que son casi dos niños enamorados del aire,
con asombro,
con todo lo que en mi cuerpo es aún capaz de inocencia,
pienso en los grandes animales melancólicos y mansos,
y en los pequeños, devoradores y tenaces.

También esos bueyes tuvieron
su piel lisa del tiempo de las rosas ;
pero ahora están cubiertos de una fría dureza,
de conchas y pequeños objetos milenarios.

Pienso en ellos y los amo
por el cansancio y la dulzura de su tristeza aceptada,
y los amo sobre todo
por sus ojos aplacados y su fuerza que no usan ;

pienso en las hormigas, siempre cerca de la tierra
naciendo debajo de su oscura lengua ;
pienso en los limacos resbalando
por su suave camino de seda y de saliva ;

pienso en todos los pequeños animales
y en los grandes también, que tienen algo
de tristeza de mar al mediodía ;

y pienso en los animales rubios y voraces
que, juntos, forman la alegría del domingo,
y en su pulso vivísimo que agitan
la brisa y el olor de los jazmines.

La hierba crece diminuta e irresistible
como lenta invasión de nueva vida.
Llega la primavera y las muchachas
tiemblan entre las grandes flores blancas y amarillas.

Con los pulmones abiertos respiramos el aire.
Los gritos, sin nacer, se miran extasiados.
El cerebro enternece por su muda blancura
de planta sofocada de gozos silenciosos.

Cierro los ojos para unirme con las plantas,
con todos los seres no nacidos
que, bajo tierra, siento ya que se agitan.

Cierro los ojos. Duermo. Mis pulmones
como dulces y vivos animales se estremecen ;
dentro de mí luchan sus pálidas raíces,
hacen quizá por desprenderse.

¡ Oh silencio infinito en el que siento
un escondido latir de imperceptibles gritos,
un tenaz y pequeño palpitar
de nuevas vidas hechas o nueva primavera !

¡ Oh manos diminutas moviéndose ose en la yedra !
¡ Oh primavera ! ¡ Volver ! Renunciar a lo que fui
para ser la nueva vida que crece ya bajo la tierra.

Gabriel Celaya

Corazón de Frankenstein

Empiezas por encogerte de hombros cuando te preguntan. «Pero defínete», te dicen, y sientes como si te apuntaran al pecho. Pasas el día en constante pelea contigo. En las vigilias inertes del insomnio puedes entender que ser uno ya no es posible y dejas de trazar rayas, de jugar a ser solemne. Firmemente crees una cosa y después crees firmemente otra. Hay dos o tres líneas rojas por las que quizás tengas que salir a matar algún día, pero las certezas son la llama de una vela que baila en la noche, un tiovivo de sombras cambiantes. Recuerdas con sonrisa comprensiva los lemas que pintabas en las paredes y escuchas con el oído ladino los discursos engolado de los rompehielos del pensamiento, los ‘tú hazme caso’, los ‘esto es así porque te lo digo yo’, los que todo lo tienen claro.

Al observar el mundo buscas el patrón de movimientos como si miraras durante horas un hormiguero de plástico. Comprendes que ya no eres nadie, solo el tipo que intenta descifrar esa despiadada matemática. Poseído por la fiebre de febrero, enfrentado al paredón de los mensajes rotundos del Carnaval del Falla y a la nostalgia de Macías Retes, comprendes que la culpa de este deshacerse la tiene el periodismo, haber nadado todos esos mares de carne desconocida que definió Leopoldo María Panero.

En el fondo, esa duda sencilla es más amor que cinismo. Brilla como una luz extraña y fluorescente que no reconoces, fruto probable de la radiación acumulada demasiado cerca de los núcleos atómicos de la realidad que has pisado: aquel puñetero tren, aquella bomba, aquel barco a medio hundir. Allí comprendiste la frialdad del psicópata, la soledad del huérfano, la dignidad del preso, el arrebato del héroe, la culpa del que se salva, la angustia del ahogado, el amor del que perdona y la humillación del torturado. Quisiste sentirlo todo para contarlo todo y perdiste el mapa de tu vida en el intento. Cada historia se ha llevado un pedazo de ti y te ha dejado una parte del otro, de todos aquellos otros a los que radiografiaste sin chaleco de plomo. Poco a poco, el periodismo te está dando un corazón de Frankenstein.


Publicado en La Voz de Cádiz.
http://www.lavozdigital.es/cadiz/v/20140308/opinion/corazon-frankenstein-20140308.html

Selfies

Si algo bueno tiene la era que vivimos con esta cadencia ramplona y brillos ‘cool’ es lo que simplifica las cosas. Las personas se diferenciaban entre el clero, la nobleza y el tercer estado, que venía a significar no ser nadie. Después hubo anarquistas, falangistas, carlistas, republicanos, fascistas, troskistas, leninistas y centristas, etiquetas que fueron agrupándose en dos los de izquierdas y derechas con ascendencias varias que se dirimían en conversaciones entre humo de tertulia, cuando en España aún se hablaba y se fumaba. Ahora hay dos clases de personas en el mundo: los que le hacen la foto a lo que ven y los que se hacen la foto a ellos mismos.

Unos consideran que lo interesante es lo que ocurre a su alrededor y así quieren transmitirlo a sus amigos en las redes y los otros han tomado el camino de publicarse el careto en tal o cual circunstancia, pues nada tiene importancia sin ellos. Son dos formas de estar, dos posturas vitales sin punto de encuentro, como el que cree que la Tierra gira alrededor del Sol o el que piensa que todo orbita en torno a la Tierra, o el que por fin se ha dado cuenta de que todo el universo lo mueve Soraya Sáenz de Santamaría con sus manitas carnosas, recortadas e inquietantes.

Hay ‘selfies’ de funeral, de despacho oval, de adolescentes perfumadas sacando así el morro como ornitorrincos en celo, fotos en la puerta de embarque y hasta hubo un tipo que se hizo una de la jeta después de caer con su avioneta al río. Mientras los francotiradores se pican cráneos con sus chasquidos en las aceras de Kiev -‘bang-clic’, ‘bang-clic’, ‘bang-clic’- y las motocicletas pasan sembradas de ruido y muerte en Caracas, hay millones de tipos perfilando su cara de interesante pretensión y ese angulillo incierto, con una mano enfocando desde arriba, la mirada perdida en el infinito y los labios un punto adelantados como híbridos entre un actor de Hollywood y una lisa mojonera. No hay cosa que resulte más ridícula que imaginarlos, a excepción de los jubilados del público cuando bailan en los programas de la tarde y el pírrico arsenal del desarme de ETA cuando ayer intentó un ‘selfie’ con capucha.

http://www.lavozdigital.es/cadiz/v/20140222/opinion/selfies-20140222.html

Euskalándalus

Como cantaba el Chico Ocaña, si España fuera un donut, Madrid no existiría y Albacete tendría playa. Y si fuera un dobladillo, Cádiz sería la caballa y Euskadi el pimiento. Cuando por fin hagan del país un recortable y cada uno pueda diseñarse el suyo propio con unas tijeritas de colegio, la nación del que escribe comenzará en el Cantábrico y bajando al sur en un par de horas de coche estará uno en Tarifa. La sidra se podrá beber en Barbate y la Manzanilla en Hondarribia sin que se remonte. En las campas de Gernika, que quedarán arribita del Aquasherry, se celebrará un gran festival, una txistorrada popular con piriñaca de tomate de Conil. La multitud le pedirá un irrintzi al Zoleta y se harán parejas de baile de un lado y otro de la raya: Yolanda Barcina y Teófila, Karlos Arguiñano y Pepe Monforte, Mikel Erentxun y Martínez Ares, Miguel Induráin y la Uchi.

A la espera de ese Euskalándalus soñado, la presencia en la final del Falla de los Patxis es una victoria más del Carnaval de Cádiz contra el corsé de tópicos con los que España se apunta su propia sien y en los que se podría ir cayendo desde la Concha a la Caleta. El que escribe, que saca pecho de vasco en Cádiz y de gaditano en Donosti, habría apuntado un par de cosas. Que algunos vasquitos llegaron a trabajar y que Cádiz, con toda la miel de su maravilla, sus caballas, sus atardeceres y su olor a sal comenzaron siendo un Castellón en el que ganarse el pan. Y que otros no vienen más justamente por tener la mala costumbre de tener que hacer la compra en el súper y porque el diesel está más caro que la leche. Que si el tópico yerra cuando los gaditanos son unos vagos en el norte, los vascos tampoco son los explotadores que llegan de la metrópoli a llevárselo crudo y dar lecciones de vivir. Probablemente todo esto no sea más que el fruto de la cortedad de miras de uno mismo. En realidad, a la chirigota no le falta un perejil y supone un mestizo del humor, un extraño cazón en salsa verde en el que no se sabe quién se ríe de quién, un pasar página, un chiste muy serio, una heroicidad. Al final del estribillo hay un segundo de espanto y un latido después, la cerveza saliendo por la nariz. El repertorio es delicioso, pero lo mejor de todo, con permiso del Bocu, han sido los artículos en la prensa gaditana asombrados de que los vascos no nos hayamos ofendido y quejado a no sé qué embajada. Mesedez.

Publicado en La Voz de Cádiz el 1 de febrero de 2014. La foto es de Víctor López.