Tierra prometida, tierra perdida

Son unos 12.000 en España y tienen en común una identidad perdida. Cuando Mahmud Abás se presentó la semana pasada ante la Asamblea General de la ONU para pedir un estado palestino de pleno derecho, en miles de hogares de España se vitoreaba cada frase suya. En los salones, recuerdos de una tierra perdida y el sabor de la injusticia mascado en las bocas. Cuando a mediados del siglo pasado Israel llegó a la Tierra Prometida, ellos comenzaron a llorar por una tierra perdida. Durante sesenta años de ataques, intifadas, guerras, controles de carreteras, cárceles, hojas de ruta, bombardeos, ataques suicidas, interrogatorios y palizas se perdieron las nociones de quiénes eran los buenos y los malos. Sí se supo los que sufrían: todos. Sus vidas comenzaron a vagar a la deriva en una espiral casi obsesiva en torno a la ocupación israelí. Las biografías de Marwan, Mahrus, Adnan y Eisa salieron del avispero y recalaron en Madrid porque siempre consideraron España un país suyo al cien por cien. La mayoría llegó en los ochenta para estudiar, y se hicieron españoles pese a que sigan deletreando su apellido. Hoy forman parte de una de las comunidades de extranjeros mejor integradas y que podría ser clave en la reconstrucción nacional en el caso optimista de que se calmen las cosas. Son médicos, ingenieros, libreros, profesores… y conforman una diáspora intelectual que se encuentra y se abraza en celebraciones y reuniones como náufragos que se agarran por miedo a perderse en la tormenta. Entre ellos hay un problema común: Israel, aunque abundan los puntos de vista. La asociación de la comunidad hispano-palestina, así como la misión diplomática, están controladas desde hace unos años por Al Fatah, el partido en el poder, lo que genera no pocos roces y ha provocado la marcha de activistas históricos. Según sus dirigentes, el 60% milita en el partido, mientras que un 20% apoya a Hamas, organización declarada terrorista por la Unión Europea. Cuando llegaron los israelíes en 1948, eran 800.000 refugiados. Ahora navegan por el mundo cinco millones. Estas son sus historias.
«Vivíamos junto al campo de refugiados de Nablus. Los jeeps y los soldados eran el paisaje habitual. Llegaron a ser invisibles». Habla Marwan Burini, presidente de la comunidad palestina en Madrid, desde un salón en cuyas paredes se retrata la historia de su familia. Hay fotos con Arafat, paisajes de vendedores de dátiles a la salida de la mezquita en Jerusalén y pinturas de los ríos de La Mancha, la tierra de su mujer. Han hecho limpieza y no encuentra la llave de hierro de la casa que dejó en Nablus cuando su padre Ismael, un vendedor de cisternas, lo mandó a estudiar a España.
En la televisión, Al Jazeera informa sobre Palestina. «Es absurdo: Netanyahu habla de seguridad, Abás de territorios y de derechos. Hasta que no hablen el mismo idioma no se arreglarán las cosas». La conversación resbala una y otra vez hasta la ocupación. «No hablamos de los olivos y de las montañas. Todos tuvimos amigos y alguna novia e hicimos trastadas pero hemos crecido en este conflicto y no podemos salir de él. Ser palestino es a veces muy aburrido», explica.
Fútbol y pedradas
De crío, Marwan jugaba con los amigos en un campo de fútbol de arena con las porterías delimitadas por dos piedras. Otros días las piedras se tiraban a la policía. «A veces hacíamos las dos cosas». Con 18 años, salió para España. «Europa era la apertura, las chicas, el paraíso». Se encontró en Madrid sin saber una palabra de castellano. La primera fue ‘hola’, la segunda, «algún taco». Aprendió mucho desde 1980. Hoy es ingeniero de telecomunicaciones encargado de los sistemas de cajeros de bancos y comparte la vida con Dori, la chica de Tomelloso que conoció en la Universidad, madre de Sara e Ismael. Hace 30 años aprendió lo que significaba «nostalgia»: un minuto de teléfono con su madre Nur costaba mil pesetas y tenía mil duros para todo el mes. ¿Y el terrorismo? «El dolor no es patrimonio de nadie en esta historia», responde y recuerda a Nasser, su sobrino muerto de un disparo en la Segunda Intifada, a principios de 2000.
A la sombra de la mezquita de la M30 en Madrid sorprende un pequeño local con la puerta tapizada de mensajes. Entre ellos, un poema que dice «no tengas miedo de tus recuerdos». Es una librería, pero dentro venden de todo: deuvedés con lo último del Hollywood egipcio, pañuelos, tintes de hena, tomos sobre los fundamentos del sufismo, coranes recitados en cedés… En la selva del merchandising del mundo árabe recibe Adnan Al-Youbi (Ramala, 1953), exiliado dos veces. La primera fue cuando a sus padres los echaron de su casa de Lod en 1948. Ahora allí está el aeropuerto de Tel Aviv y «en casa viven unos rusos». Se crió en Ramala. Era un niño «muy despierto», una cualidad que conservó de adulto y que expresa en un torrente de palabras y razonamientos aplastantes. «Palestina es un proyecto, no es un sueño», dice y pone un ejemplo del avance continuo de los asentamientos israelíes. «Mira, esto es como si negociamos tú y yo. Yo tengo un trozo de pizza en la mano y mientras nos lo jugamos, yo me lo voy comiendo. Al final, ¿sobre qué negociamos? ¡Nada! Israel se está comiendo nuestra parte de pizza».
Tratar sobre la violencia es terreno pantanoso con más dimensiones que tres. Adnan asegura que él es «un pacifista» y que «matar a un hombre siempre es un crimen», pero también que «la violencia es un derecho legítimo cuando estás siendo aplastado». Con todo, hay espacios para tender puentes.
-También sufrirán los israelíes…
-Desde luego.
Al-Youbi asegura que su mejor amigo de sus tiempos en Radio Nacional es un judío israelí y él mismo ha sido parte activa de las negociaciones más tensas. En decenas de ocasiones él ha sido pilar de esos lazos: ha ejercido de intérprete entre Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar -«él compartía muchos puntos de vista con Arafat»-y José Luis Rodríguez Zapatero con todos los líderes palestinos.
Posa ante una camiseta en la que se pueden ver los ojos de una mujer cubierta con un pañuelo palestino tras una alambrada de espino: «Que salga, que se vea que somos pacíficos pero no cobardes, que tenemos huevos». Detrás, hay una vida ajena al conflicto. En el ordenador de la librería trabaja Pilar, su mujer de Sacedón (Guadalajara), a la que conoció en un concierto de Rafael Amor en 1977, madre de sus dos hijos, Sherezade y Basel.
Sherezade, una atractiva joven de 26 años, es músico en Palestina y forma parte de la orquesta West-Eastern Divan de Daniel Barenboim en la que tocan israelíes y palestinos. «Pese a todos, somos unos tipos alegres», admite y confiesa algunos sueños. «Que para el futuro caiga ese muro injusto que separa al niño del colegio y al labrador de su campo». La vuelta a casa ya no existe, pues su casa está en su pequeño local a la sombra de la mezquita de la M30. Volver, no. «Solo quiero el derecho a volver. No me puedo morir sin ver un estado independiente».
«Una birra bien fría»
Los palestinos llevan el nombre de su tierra atragantado en las tripas de la nostalgia, pero no todos piensan igual. Alsowei sorprende con un aldabonazo en la conversación que se extiende entre tés y cervezas en su restaurante, El Palacio de Marrakech, un local que podría ser de Damasco si no estuviera en el centro de Madrid, piedra de toque de buena parte de la diáspora intelectual de Oriente Medio: «La Autoridad Nacional Palestina es una banda de corruptos. El hijo de Abás tiene la exclusiva de los contadores de electricidad y de los taxis. No funciona ninguno, pero se los tienen que comprar a él. Es un desastre que pagan los demás. EE UU tendría que cortar el dinero a la ANP y dejar que Israel se haga responsable de un estado ocupado…».
Los negocios de exportación a Kuwait se esfumaron con la Guerra del Golfo, y ahora es coordinador en Ifema. «Yo soy de donde comen mis hijos». Tuvo dos, Salem y Zoraida, que se siente palestina y española. Fisioterapeuta, empleada en un gimnasio, quiere ir a su tierra soñada, pero en ocasiones le falta valor. «Con 15 años vi cómo sacaban a mi padre del coche y le apuntaba un soldado con un fusil en la cabeza y tengo miedo… Éste es mi país, pero también lo es aquel».
Once años fuera
María Jesús tuvo que conocer el país de su marido ella sola. Lo cuenta en el restaurante de Eisa. Todavía se emociona y se toca la nariz con la muñeca cuando no puede seguir las frases. «Me interrogaron durante una hora dándole vueltas al pasaporte, preguntando que cómo era española de Portugal, y era Portugalete… Me enamoré de Gaza y de su familia. No sabía una palabra de su idioma y me hicieron sentir muy bien. Solo le dije a mi marido: ‘Tu madre es una gran señora’».
En España esperaba Mahrus Kalaf, de 59 años, pediatra, nacido en Gaza. Diez años antes había vuelto a casa. «Era palestino y venía del extranjero… En 1977 pararon los soldados, entraron en casa y le dijeron a mi madre que me devolverían en unas horas. Pasé 46 días encadenado en una celda. Desde 2000 no hemos vuelto…». Se hace el silencio como una losa. Uno mira el móvil, el otro pregunta si se desea una ronda. Al rato, Mahrus vuelve a sonreír. «Algún día volveremos. Pronto…»
+ Artículo publicado el 30/09/11 en los diarios regionales de Vocento.

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