Pablo en ocho escenas

 

 

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Es 28 de agosto de 1978. A la abogada Irma Robba le entran los dolores. Se llamará Pablo Echenique. En la tarde templada del invierno argentino en Rosario nadie es capaz de imaginar que los giros a veces violentos de la vida pondrán a ese bebé a prueba y lo convertirán en uno de los políticos más atípicos de la historia de España. Inesperado como un champiñón en un parque urbano, será la alternativa de la alternativa del panorama político y se la jugará con Pablo Iglesias a finales de octubre de 2014. Su padre es economista de formación y marino mercante por obligación, más tarde asesor fiscal. Viven en un apartamento igual que todos los apartamentos, suficiente y pequeño al mismo tiempo, cerca del centro. Son «una familia de clase media, lo que en España equivalía a una familia de clase media-baja». Al año de nacer, pasa algo.

El bebé no gatea
En casa, algo no va bien. «El niño no gatea», caen en la cuenta sus padres, y llevan a Pablo al médico. Sufre atrofia espinal muscular, que es como se denomina una serie de enfermedades hereditarias que afectan a las neuronas motoras y que, en función del grado, puede matar a bebés que no llegan al año o afectar a gentes que no se enteran de que la tienen hasta los 20. Él cabalga una silla de ruedas de 150 kilos de peso y necesita ayuda para la mayor parte de sus tareas diarias. Pese a todo, entrará con ella en el Parlamento Europeo y nadie le mirará «raro». O disimularán. Se terminará por llamar a sí mismo ‘un cascao’ y llegará a la conclusión de que lo importante son las necesidades de los discapacitados, no que todo el tiempo se dedique a discutir cómo se les llama.

«Enrique, el niño sabe leer»
El primer signo de que Pablo tiene entre las orejas algo más que aire llega cuando tiene tres años. Una tarde, le pregunta a su madre que si la ‘P’ suena a pé, y la ‘A’ suena a, ¿como suena la ‘P’ con la ‘A’? En una tarde, es capaz de leer mal un folleto de publicidad. Por la noche, cuando llega su padre a casa, Irma le dice algo que le deja «flipando»: «El niño sabe leer». 37 años más tarde, admite que su enfermedad «impide las actividades físicas», con lo que los que la sufren «dedican más tiempo a leer y pensar, con lo que suelen tener inteligencias mayores que la media». Pablo nunca fue vago. Siempre está haciendo cosas, lo que le interesa y siendo un colegial, todo lo que le interesa es «estar en la calle con los amigos». Hacer gamberradas. Explotar cosas. Estudiar, no. No le hace falta hasta que entra en la carrera de Física. Se le hará duro un año, hasta que vuelve a llenar de matrículas el expediente. «En el colegio estudiaba media hora antes del examen porque no necesitaba más».

Vuelo Ezeiza-Barajas
A los seis años, sus padres se separan y su papá viaja a España, donde Pablo pasa los veranos con su hermana. La vida transcurre ajena a todo lo que no sea una niñez a caballo entre dos países. A los 13 años, toma el vuelo definitivo: Aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires-Barajas, en Madrid. «Recuerdo sedar a Perla –su perra- y al gato para que hicieran el vuelo tranquilos». Odiará para siempre los aviones, pues no puede viajar en su silla y todo lo que no sea su silla, «ya sea primerísima primera clase», es una tortura para su cuerpecillo. Se instalan en Zaragoza.

Cuestión de física
Pablo es un chico como los demás, pero en secundaria comienza a volar por encima del sobresaliente. Sin ni siquiera saber lo que era una integral, se presenta a las olimpiadas de Física y gana en Aragón. Después acude a las españolas y no hace un mal papel. En esos dos días no para de charlar con un chaval, Guillermo, que después sería de sus mejores amigos. «Yo quería hacer Ingeniería en Telecomunicaciones, que es lo que está de moda, pero me intenta convencer de que estudie Física, pues es lo más interesante y lo que te permite comprender todas las demás cosas. Me convence con sus argumentos y me meto en Física». La Física le interesa y él revienta los exámenes. Al terminar la carrera, ocurre lo esperado: su tesis sobre el plegamiento de las proteínas, que es uno de los problemas sin resolver de la biología molecular, es un espectáculo. La presentación en el aula magna resulta uno de los momentos de su vida. Más que los mítines. «Estaba emocionado. Fue la culminación de muchas cosas». Y el comienzo de otras. En un centro del CSIC en el campus de Zaragoza se convierte en uno de los físicos más importantes del país. La gente en la calle lo ve como un ‘Stephen Hawking’ a la española. «No se me ha dado mal mi profesión, pero eso resulta totalmente exagerado».

Una nota en la ventana
Otoño 2010. Su centro del CSIC en Zaragoza se traslada en el campus y Pablo acude con su silla a echar un vistazo a su futuro despacho, pero se pierde. «Aprovecho que veo por allí una guapa señorita para preguntarle». María Alejandra Nelo, Mariale en adelante, microbióloga del CSIC, le mira desde dos ojos color miel. «Es perfecta». Aunque los discapacitados tienen «sus truquitos» para ligar, Pablo no ha sido un Casanova. Pocas novias. Con Mariale no hay más contacto, pero ella le añade como amiga en Facebook. Un año y medio después, quedan, acuden a un concierto de música clásica y cenan en un francés barato. Al poco tiempo, se casan en Puerto de la Cruz (Tenerife), un ayuntamiento en el que no hace falta lista de espera para contraer matrimonio. Pablo se pone la corbata. Ante el oficial comparecen dos testigos, dos cerebros enormes, un cuerpo y medio y una silla. En el piso de Zaragoza hay un dibujo de Superman en silla de ruedas que dice ‘SuperPablo’ y de la ventana de la habitación cuelga una nota escrita por ella. «Siempre que mires por aquí recuerda que te amo».

«Usadme»
Es capaz de recorrer una secuencia de ADN con el pensamiento, pero hay días en los que no sabe qué edad tiene. No le interesan el tiempo ni las fechas, por eso no sabe cuándo mandó el mensaje. En febrero de 2013, más o menos. Pablo Iglesias y Miguel Urbán –secretario de organización de Podemos– han presentado Podemos en un teatro de Lavapiés y hacen una gira por España. Pablo ve en ellos «una posibilidad audaz que puede funcionar» y envía un mensaje a Urbán en Twitter: «Sé algo de ciencia y de discapacidad. Estoy a vuestra disposición. Usadme». Unos meses después, le llama por teléfono Pablo Iglesias. El día de las elecciones, en la asamblea de Podemos en Zaragoza, de pronto todos callan: Pablo es el quinto eurodiputado. Nadie lo esperaba. «Me aplauden y me pongo colorado, como siempre». En Bruselas cobra 1.935 euros. En el CSIC eran 2.500. En unos meses aprende francés.

El paseíllo en Vistalegre
21 de octubre de 2014. Hace una semana. Ya hay dos ‘pablos’ en Podemos. Uno, el de siempre, Iglesias, y Echenique, alternativo a la omnipresente figura del hombre de la coleta. La asamblea está dividida entre las gentes de uno y otro. Echenique ha liderado un proyecto en el que hay ahora otra treintena de grupos para que los órganos del partido se elijan de forma más abierta y haya tres portavoces en lugar de un solo secretario general. Iglesias entra rodeado de masas y una mujer le agarra el culo. Más discreto, Echenique mueve su silla por un costado del ruedo hasta su sitio, pero no se libra de la ovación. «Siento orgullo por la gente». Todo no está roto, pero algo se ha quebrado. Iglesias le besa la frente en un gesto incierto y Juan Carlos Monedero le da un cachete en la mejilla como un gesto de regañina. «Las relaciones se han enfriado». Queda por delante una semana de votaciones entre los dos modelos que se cerrará este lunes. Muy pocos apuestan por el hombre de la silla, pero él siempre venció contra pronóstico.

La foto es de Vera Benavente. http://verabenaventetomas.tumblr.com/ Publicado en los regionales de Vocento el 25/10/2014