Retrato de familia

La verdadera obra de arte de Antonio López ha sido tardar tanto. Ha pasado veinte años retratando a la Familia Real, una heroicidad en mitad de la sociedad de la economía de la atención, una selva hecha de impactos de información cada vez más cortos y sencillos como capítulos de Peppa Pig. Pintó a partir de una fotografía de unos sujetos que a punto estuvieron de durarle literalmente menos que el trance creador. El genio ha dicho que se lió un tanto en la definición de las distancias entre los personajes, que es el quid de cualquier familia, y más de esta donde nada es lo que parece y en la que circulan individuos como electrones de los que se conoce la posición o la velocidad, pero nunca ambas al mismo tiempo.

En casa colgaba un retrato fotográfico de la familia en un salón enorme con tres generaciones junto a un mirador al Boulevard de San Sebastián. Veinte años después, adivino en él las tensiones entre cada uno e intento recordar el tacto de los que ya no están. Mi padre y yo vestíamos pajarita y nadie sabía que a partir de esa foto saldríamos todos disparados a través de la luna del coche de la vida.

En realidad, en su obsesión por lo perfecto, Antonio López reflexiona sobre el paso del tiempo. Sobre si es posible permanecer. «Conozco bien el comienzo del trabajo. Acabar no sé en qué consiste», ha dicho el artista, que también soltó esta frase que podría tatuarme en el pecho si es que algún día me vuelvo a emborrachar: «Si lo quieres ver bien, en un árbol está el mundo entero2. Recuerdo una media verónica de Curro Romero en Sevilla por la tele. Al embarcar al toro, un tipo en la barrera se tapó la cara, echó el cuerpo hacia atrás, giró la cabeza de gozo y de dolor, volvió a mirar al torero y aún le dio tiempo a presenciar el remate del lance lentísimo, preciso, recogido, salvador, sosegado y a la vez eléctrico, como un desfibrilador. Aquel capotazo eterno fue circunstancia e infinito, que son los dos polos entre los que nos descomponemos. Tal vez ese retrato sea un canto a la esperanza y Antonio López, un dios terreno. Quizás en un instante se pueda guardar toda una vida, como las piezas desmontadas de un tiempo quebrado.retrato