Los tontos invecibles

Es asombrosa la distancia entre el deseo y la realidad. Miley Cyrus, que tiene el cuerpo sembrado de tatuajes como la puerta del baño de un billar de los ochenta, ha querido dibujarse un planeta Júpiter en el brazo. Incluso ha llegado a mostrar en su cuenta de Instagram a su nuevo amigo al que ha bautizado como «Mi pequeño Júpiter», pero se había pintado un planeta Saturno con su anillo y todo.
A Pedro Sánchez le pasó igual cuando montó ante los medios un paseo con Pablo Iglesias por la cuesta de la Carrera de San Jerónimo, tan resbaladiza estos días, y acudió a la investidura, y dijo todas las majaderías que se le ocurrieron como si fuera un Paolo Coelho a lo baloncestista, y ahora se da cuenta de que en lugar de grabar su nombre en un despacho de Moncloa tiene que hacer otra campaña electoral. Le estaban pintando un Saturno en el brazo.
Volamos tan lejos del suelo de lo real que nos damos cada zurriagazo histórico. Yo leo las mieles de los memes de Facebook y creo que alguien tiene que decir a toda esa gente que no todo va a ir bien, que a veces es más importante no caerse que intentar levantarse, que cuando se cierra una puerta no siempre se abre una ventana y que, además, te puede pillar los dedos. Que lo importante no siempre es participar y que si los persigues, los sueños a veces se cumplen, pero otras se cumplen las pesadillas.
Cuando Dios aprieta, ahoga, pero bien. Puede uno colgar todas las bobadas del mundo en las redes sociales que al final el tiempo no pondrá a todo el mundo en su lugar. Hay que decir la verdad: las zodiacs se hunden camino de Lesbos, Otegi fue mucho más tiempo un hombre de guerra que de paz, ETA no ha entregado las armas y Vargas Llosa ya no está en edad de champán y mujeres. Yo mismo soñé un día con ser médico, y miren.
Cayó hasta Urdangarin. Estamos condenados a esperar el impacto y en ese trance no debemos ceder a la tentación anestésica de creernos invencibles. Solo los tontos se creen invencibles. Quizás lo sean. Asomarse a la atrocidad y aceptar todo lo cruel que puede ser el mundo es la única manera de estar en él, al menos de estar sin parecer un completo imbécil, sin enseñar Saturno tatuado en el brazo diciendo que es Júpiter.